06-12-2025, 11:17 PM
Eran varios los días que habían pasado desde que el destino nos arrastró a esta isla y hasta el momento solo nos había arrebatado cosas. Algunas simples, sencillas, cosas del día a día, como la comodidad de sentir que tu piel no está inundada de sudor día y noche, o de dormir en una cama mullida. Otras, de mayor importancia, como lo son la seguridad que da tener una nevera llena y no tener que luchar con tu comida. Sin embargo, nos había arrebatado cosas de más valor. No solo se había llevado el Crimson Stage, nuestro barco, nuestra casa, sino que también se había llevado algunos de nuestros nakama. Ya no teníamos cocinera, ni alguien que pudiese negociar buenos precios para otro barco o algunas nuevas armas. Aunque el vacío más grande lo había dejado Rosse, no solo por su forma de ser, tan teatral, que había llenado los ratos en el barco, sino también porque nos había dejado sin un líder, sin un rumbo que seguir. Yo no quería asumir ese rol, nunca había sido mi intención ser cabeza de cartel, por lo que agradecí mucho cuando Eros dio un paso al frente. El carpintero se había cargado con esa responsabilidad y ahora nos guiaba y nos daba un objetivo a seguir; se había convertido en el escudo que nos cubría y en quien nos mantenía unidos.
Nos encontrábamos siguiéndole a través de la selva, apartando las grandes hojas de los árboles que se cerraban sobre nosotros como un verde y espeso manto. Habíamos emprendido la misión de encontrar un refugio, lejos de la playa, algo que fuera difícil de detectar y donde poder hacer acopio de recursos hasta que pudiésemos abandonar la isla. Continuamos nuestro camino a través de las ramas y saltando sobre las enormes raíces de los arboles hasta que vimos una formación rocosa cubierta de vegetación. Nos aproximamos hacia ella, con la esperanza de que pudiese servirnos de refugio, con la cautela de que no fuese ya de alguien más. Eros iba en cabeza y rápido investigó la vegetación en busca de alguna entrada. Apartó las ramas de un helecho y nos comunicó que había una cueva.
—Parece que hay una cueva —dije para continuar la cadena comenzada por Eros—. Vayamos con cuidado. Me apuesto 1000 berries a qué es la madriguera de alguna bestia —contesté con sigilo.
No había dado un paso para entrar en la cueva cuando un olor acre inundó mi nariz como una bofetada húmeda, espesa. Un olor espeso, algo que casi me hacía sentir que podía verlo; extendía sus dedos pegajosos hasta mi hocico impregnándolo. Era el hedor inequívoco de la muerte. No una muerte romántica como la de las obras de arte. Está era algo real, crudo, un olor a carne hinchada, a putrefacción. Cubrí mi nariz con un trozo de tela rasgada, pues el perfume era tan potente que creí que sería capaz de tumbar a un gigante. Me sentí avergonzado al pensar que aquello no era digno de alguien que pertenecía a los piratas de la sepultura. Volví de mis pensamientos justo a tiempo para ver el gesto de nuestro nuevo capitán que nos ordenaba detenernos. Llevé el peso de mi cuerpo a las puntas de mis pies y zarandeé mis brazos para equilibrarme y no golpear con mi pecho la espalda de Eros. Lo conseguí y asomé la mirada por encima del hombro del carpintero. Había huesos de un tamaño anómalo, de varias especies, algo que dejaba claro que allí no había habido una cacería, sino una matanza.
—Solo un animal caza así...
Eros se volvió para hacernos una serie de gestos. El primero, para rogarnos que mantuviésemos el silencio. Los siguientes para indicarnos su plan. Se convirtió en un topo usando el poder de su fruta y comenzó a excavar. Pretendía avanzar bajo tierra para investigar qué había pasado más allá. Yo asentí ante sus gestos y eché mano a mí rifle. Me aseguré de haberlo cargado y avancé hasta colocarme en un lateral de la cavidad, en la zona más sombría, donde mi figura se fundiría con las sombras que habitaban la cueva. Y apunté al frente. Quería estar preparado para lo que pudiese venir de allí dentro.
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