Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji]
#3
El momento en que escuché ese “¡Oi!” fue como si a la escena le hubieran cambiado de soundtrack: del tambor tribal y ominoso a una trompetita desafinada de circo. Y yo, con el corazón a mil, el pelo pegado a la frente y un asesino ancestral frente a mí, giré apenas la cabeza y lo vi.

Salido de entre los yuyos, como un espíritu del descontrol pero con cero mística, apareció un flaco alto… mh, no tan alto como yo, pero en la escala humana respetable. Trigueño, con ese tono de piel que pide litros de crema hidratante y un cabello blanco que gritaba “me quemo con lavandina porque así me siento especial”. Me dio un poco de ternura, no voy a mentir.

Lo mejor: estaba en bolas. No en bolas metafóricas. En bolas bíblicas. Un Adán olvidado por el diseño inteligente.

Mi primer reflejo fue mirar hacia abajo, por curiosidad antropológica. No soy santa.
Mi segundo reflejo fue pensar:

“¿Esta isla tiene algo contra la ropa o simplemente atrae a gente que no usa conceptualmente el pudor?”

Los otros a mi alrededor quedaron tiesos, más de lo que estaban. El viejo gigante ladeó el rostro, confundido, como si este espécimen nuevo hubiera interrumpido el ritual del sacrificio.

Y él… él se movía alrededor mío con la alegría de un colibrí con déficit de atención. Saltitos, giritos, una “danza de apareamiento” que parecía improvisada por un ex alumno expulsado de zumba.

Su pregunta fue dicha como si estuviéramos en la cola de un bar y un borracho pesado me estuviera acosando, no como si un asesino marcialista estuviera a punto de reventarme la caja torácica contra el piso.

Yo lo miré, completamente ajeno a que estábamos a minutos de convertirnos en puré. Sus ojos bermellón —rojos, pero no de demonio, sino de resaca existencial— brillaban con un entusiasmo tan inadecuado que casi me enamora por responsabilidad social.

El viejo bufó. Fue un sonido gutural, como si la palabra “respeto” le masticara los pulmones desde adentro.
Él no hablaba, pero sus músculos sí: Interrupción. Desprecio. Eliminación.

Yo vi la escena en retrospectiva, como cuando estás a punto de chocar y el cerebro decide ponerse creativo.
Tenía dos opciones:

1. Salir corriendo, lo cual era tentador pero poco glamoroso.
2. Usar la única arma que siempre me sirvió, incluso cuando me desarmaron el alma: mi encanto.

Decidí apostar por lo segundo, aunque fuera como ponerse perfume antes de ser atropellada.

Me acomodé la musculosa —que ya estaba un asco pero aún así debía parecer “intencionalmente sexy”— y bajé la mirada hacia mi pretendiente espontáneo.

No porque me pareciera fuerte. No porque me pareciera sensato. Sino porque, entre un loco que quiere romperme los huesos y un loco que quiere seducirme, siempre es preferible el segundo: te puede dar trabajo, pero no trauma físico.

— Querido — dije con una sonrisa que hubiera convencido a un marine a traicionar bandera — el señor acá está emperrado de que yo, porque soy linda y no peleo, me tengo que arrodillar.

Era como un perrito con libido y cero instinto de supervivencia, debía de aprovechar.

— Y yo no pienso arrodillarme — continué — a menos que sea para divertirme. Pero este salame no entiende de diversión. Solo de romper cosas.

Me agaché, inclinándome hacia él, dejando que el sudor marcara curvas, que el perfume salado y cálido de mi piel hiciera lo suyo; y lo atrapé en un aleteo desde los cachetes —los del rostro, claro.

— Si me ayudás a salir de esta… te consigo alcohol, una cama, o algo mejor...

No fue un pedido; fue una invitación. Un trato tácito.
Una promesa envuelta en terciopelo, directo a sus ojos mientras el borde de mis uñas aquamarina le bordeaban el labio.

Los flacos que observaban, esos payasos adorables, estaban petrificados. No entendían por qué yo, que evitaba pelear, había encontrado en un desconocido desnudo una posible salvación.

Yo sí lo entendía.
Era simple: La fuerza no me sirve. La lealtad tampoco.
Pero el deseo… ese mueve montañas.
Y este hombre estaba, claramente, dispuesto a mover lo que fuera, con tal de seguir orbitando alrededor de mí.

Me enderecé soltándolo con delicadeza, volviendo a enfrentar al viejo con la barbilla en alto.

— ¿Sabés qué? No me voy a arrodillar. Ni para vos, ni para nadie que no lo merezca.

Eso lo dije con intención. No para provocar al viejo —aunque lo hizo seguramente— sino para tejer sentido en la mente del recién llegado.
Hacerle entender, sin explicarlo, que yo no peleo.
Que necesito ayuda.
Que él puede brillar si decide hacerlo.

No supliqué.
Jamás suplico.
Pero seduzco estrategia como quien respira.

— Hermoso — le dije al desnudo, sin despegar la vista del monstruo — ayudame a salir de esta y nos vamos para estar solos... vos sí lo mereces mucho más que él...

Mi corazón retumbó, no por valentía, sino por esa adrenalina dulce que mezcla miedo, deseo y comedia.

El viejo exhaló.Un sonido pesado, denso.
Y entonces, habló:— Entonces, él caerá contigo.
Flexionó rodillas. El suelo tembló.Las hojas vibraron.

Los otros marcialistas retrocedieron, sabiendo que se venía el infierno.
La isla volvió a contener la respiración.
Los pájaros guardaron silencio.

Y yo recé a cualquier dios disponible que el tipo con cicatrices y sonrisa idiota fuera lo suficientemente funcional para no dejarme morir hoy.


KARMAS
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RE: Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji] - por Asherah Bel-Nadin - 07-12-2025, 05:29 PM

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