07-12-2025, 09:19 PM
La gravedad perdió dominio sobre su cuerpo cuando ese par de manos, suaves como una manta de terciopelo, se apoderaron de sus mejillas. Enji se sintió levitar, los ojos prendidos a la mirada celeste, más celeste que el cielo, del ángel que tenía enfrente. Y su voz, música prohibida, reservada para seres de un plano superior, invadió su mente y derritió sus defensas. El sentido común se perdió. La lógica, desdoblada en una silueta perjura, pedía a gritos un poco de compasión. ¿Quién era ese ser divino y cómo podía pedir algo y no ordenarlo? Pues esa debía de ser su potestad: ordenar, mientras el resto de mortales obedecen.
El corazón que formaban sus pupilas quería romper la línea divisoria de sus cuencas y crecer, como dos almohadones rosados con la romántica forma.
—¿Por qué una diosa como tú debería pelear? —dijo. ¿O lo pensó? La línea se volvía difusa cuando acariciabas el cielo con las manos. O el cielo te acariciaba a ti la cara—. Eso déjaselo a los mortales, hijos del barro. Estas manos bendicen.
El delirio estaba empeorando, cuesta abajo y sin frenos. Caldeado, además, por las acciones de la mujer; su locura sólo podía alcanzar nuevos tópicos. Una sinuosa sonrisa cruzaba su rostro de punta a punta, como un río de ambrosía. Los labios juntos y pegados, el único motivo por el que no babeaba activamente, sintieron la caricia de su uña. El tentador filo de una navaja corriendo por su cuello.
Enji flotó.
Y luego, cayó.
Cayó despojado de ese suave tacto y se sintió maldito, pero encomendado, a la vez, por una voluntad superior. Sabía lo que tenía que hacer para poder ganarse el derecho a lo divino.
Una brújula bien calibrada que marcaba el norte.
—Benedicta tu in mulieribus,
et benedictus fructus ventris tui,
Iesus.
Sancta María,
Mater Dei,
ora pro nobis peccatoribus,
nunc,
et in hora mortis nostrae.
El corazón en sus ojos se partió y el diablo, empapado de brea, asomó desde el músculo podrido y sanguinolento. Del cielo cayó para emerger del averno, ahora convertido en el odio, la gula y la venganza hechos hombre. Petrificado primero, su cuello se movió y crujió, rotando lo justo para apuntar, por el rabillo del ojo, al adalid de todas sus desgracias y mártir de su futuro paraíso. El rojo de sus iris se convirtió en un río de sangre y fuego.
—Shi… —masculló, contuvo la carcajada, pero esta acabó por escapar—: ¡SHIHAHAHAHAHA!
El cuerpo siguió a la cabeza y se encaró al anciano, la mirada desorbitada, ahogada en el delirio divino donde acababa de sumergirse.
—¿Caer? ¡Shihahaha! ¿Es que no te enteraste, dolape? ¡Vengo de ahí abajo y te está llamando tu madre, dice que es para que vayas a tomar la leche! ¡SHIHAHAHAHA! —Loco, desencadenado, Enji reía a carcajadas mientras sus pies golpeaban el suelo con fuertes pisadas. Al callar, se relamió los labios—. ¡Deja que te lleve con ella!
Y, dicho eso, se giró apenas un segundo para mirar por encima del hombro a la enorme mujer alada y le guiñó el ojo.
El corazón que formaban sus pupilas quería romper la línea divisoria de sus cuencas y crecer, como dos almohadones rosados con la romántica forma.
—¿Por qué una diosa como tú debería pelear? —dijo. ¿O lo pensó? La línea se volvía difusa cuando acariciabas el cielo con las manos. O el cielo te acariciaba a ti la cara—. Eso déjaselo a los mortales, hijos del barro. Estas manos bendicen.
El delirio estaba empeorando, cuesta abajo y sin frenos. Caldeado, además, por las acciones de la mujer; su locura sólo podía alcanzar nuevos tópicos. Una sinuosa sonrisa cruzaba su rostro de punta a punta, como un río de ambrosía. Los labios juntos y pegados, el único motivo por el que no babeaba activamente, sintieron la caricia de su uña. El tentador filo de una navaja corriendo por su cuello.
Enji flotó.
Y luego, cayó.
Cayó despojado de ese suave tacto y se sintió maldito, pero encomendado, a la vez, por una voluntad superior. Sabía lo que tenía que hacer para poder ganarse el derecho a lo divino.
Una brújula bien calibrada que marcaba el norte.
—Benedicta tu in mulieribus,
et benedictus fructus ventris tui,
Iesus.
Sancta María,
Mater Dei,
ora pro nobis peccatoribus,
nunc,
et in hora mortis nostrae.
El corazón en sus ojos se partió y el diablo, empapado de brea, asomó desde el músculo podrido y sanguinolento. Del cielo cayó para emerger del averno, ahora convertido en el odio, la gula y la venganza hechos hombre. Petrificado primero, su cuello se movió y crujió, rotando lo justo para apuntar, por el rabillo del ojo, al adalid de todas sus desgracias y mártir de su futuro paraíso. El rojo de sus iris se convirtió en un río de sangre y fuego.
—Shi… —masculló, contuvo la carcajada, pero esta acabó por escapar—: ¡SHIHAHAHAHAHA!
El cuerpo siguió a la cabeza y se encaró al anciano, la mirada desorbitada, ahogada en el delirio divino donde acababa de sumergirse.
—¿Caer? ¡Shihahaha! ¿Es que no te enteraste, dolape? ¡Vengo de ahí abajo y te está llamando tu madre, dice que es para que vayas a tomar la leche! ¡SHIHAHAHAHA! —Loco, desencadenado, Enji reía a carcajadas mientras sus pies golpeaban el suelo con fuertes pisadas. Al callar, se relamió los labios—. ¡Deja que te lleve con ella!
Y, dicho eso, se giró apenas un segundo para mirar por encima del hombro a la enorme mujer alada y le guiñó el ojo.
