08-12-2025, 09:13 AM
Curiosidad.
La curiosidad mueve a cualquier amante de las ciencias sin importar el área de especialización.
Preguntar el motivo que impulsaba al cocinero a buscar algo tan inalcanzable como la inmortalidad fue un acto de curiosidad.
Creyó que sería como él, que tras la fachada de chico guapo y buena gente habría una pasión por el conocimiento que no había mostrado.
No pudo estar más equivocado.
El brillo que apareció en sus ojos cuando hizo la pregunta se fue borrando poco a modo a medida que escuchaba la historia.
No había interés científico, no había amor por el conocimiento, lo único que encontró en las palabras del otro hombre fue la nostalgia de alguien que mira al pasado con deseo de devolver sus huellas hasta el punto en donde la felicidad aun primaba y, luego, quedarse ahí, inamovible, sin que el tiempo y el espacio pudieran intervenir en sus acciones.
Un imposible.
Una razón que no podía entender.
Una causa con la que no podía empatizar.
La palabra familia se le hacía desconocida.
No sabía si había tenido un padre o una madre, aunque, por reflejo, sus ojos se desviaron hacia la botica que habían dejado atrás, como si aquel sitio de venta de remedios estuviera a punto de desbloquear una memoria enterrada en su subconsciente, pero, nada pasó, la indiferencia al pasado siguió tan presente en su cerebro que era también fácil de notar en su rostro que, aunque sereno, se notaba apático: piel pálida, la boca formada en una línea recta, ojos vacíos, sin expresión.
Cualquiera pensaría que solo estaba prestando atención y, bueno, sí, en parte lo hacía, pero más por educación que por interés genuino.
Aunque, de todos modos, una parte logró despertar algo de esa curiosidad que se había apagado: las akuma no mi.
¿Cómo sería tener una en las manos?, ¿podría estudiarlas?, ¿serían como el resto de las plantas? Dentro de todo, había visto a personas con habilidades extraordinarias, habilidades que les costaban su capacidad de nadar y ningún poder, solo uno que una vez leyó en un libro sobre esas frutas, podría hacerlo cambiar de opinión; sin embargo, ahora que el cocinero mencionaba la posibilidad de que alguna de esas frutas pudiera servir como fuente de inmortalidad, se preguntaba si acaso podría replicarla…si algo así existiera…¿Sería posible que más de una persona pudiera gozar de eterna juventud?
Mientras el muchacho frente a él seguía hablando, el médico sacó su libreta, esa misma en donde anotó la lista de plantas y semillas necesarias para poder crear antídotos, medicinas y esencias, y un lápiz que no tardó en colocar sobre el papel para empezar a anotar palabras sueltas que, en orden, podrían leerse como:
“Cocinero…
Busca inmortalidad.
¿Medusas?
¿Fuente de la juventud?
¿Cómo evitar el envejecimiento?
¿Akuma no mi? ¿Habrá alguna que sirva para esto?
INVESTIGAR.”
Bien, podía ser que la razón del cocinero no le resultara fascinante, pero eso no quería decir que la investigación en si no lo fuera, por eso, cuando estuvo satisfecho con sus escuetas notas, levantó la cabeza y miró al sujeto de mechón blanco para dedicarle una sonrisa que mostraba que el interés en “ayudarlo” seguía intacto, aunque, la disculpa que le siguió a aquel gesto no fue algo que se esperara.
Lo confundió.
¿Por qué se disculpaba ahora?
Ah…por su respuesta.
Entonces hizo bien en decir “lo siento”.
—¿Simple? No —. Aquí es donde cualquier otra persona en su sano juicio y con algo de empatía diría “está bien, puedes hablar de eso”, pero alguien que pecaba con, de vez en cuando, decir en voz alta lo que pensaba, a veces a propósito, a veces sin querer…aunque está vez, si que quería expresar su opinión. Lo sentía mucho si no era la respuesta que se esperaba el cocinero. —Más bien, esperaba algo más lógico y menos…sentimental, sí…eso —. Sus hombros encogiéndose y su mirada seria dejaban en claro que sus palabras no eran una broma de mal gusto, si no un pensamiento real. —Sin ánimos de ofender, claro está —. A pesar de todo, no dejaba de ser “educado”.
—Jmmm…Quieres que sea sincero? —Más. —No, la razón por la que buscas la inmortalidad no es suficiente para llamar mi atención —dijo con voz monótona, sin ningún dejo de burla —, no me malentiendas, es solo que no puedo comprenderlo…ya sabes…los lazos, la familia, el extrañar a alguien —. Alzó su cabeza y miró el cielo, las nubes blancas lo entretuvieron, le hicieron pensar en cuan acostumbrado estaba a ellas y que, tal vez, solo tal vez, las extrañaría si algún día, por arte de magia o por una tragedia, desaparecieran…pero… ¿Hasta cuándo las extrañaría? ¿Cuánto duraría ese luto? Cuando sus parejas “morían” en circunstancias desafortunadas los extrañaba por un tiempo hasta que alguien más los reemplazara y me brindara ese subidón de serotonina que necesitaba cada cierto tiempo…todo y todos eran reemplazables, por eso no entendía el apego. Tal vez era culpa de su mala memoria, de su incapacidad para recordar más allá de ciertos eventos.
—No puedo recordar el haber estar tan apegado a alguien como para querer pasar toda mi vida y más a su lado, mucho menos para cargar sus memorias y transferirlos a otros…lo siento…no lo entiendo, quizá algún día lo haga, pero ese día no es hoy —. Dejó de mirar las nubes y ahora miró directo a los ojos del cocinero, como si intentara memorizar su rostro…una lástima que sería inútil. —Me pregunto que se sentirá…poder recordar a tu familia…o recordar…a secas —. Giró su cabeza un poco, de nuevo miró a la tienda del boticario y, de repente, sintió una presión en su pecho y se arrepintió de mirar en esa dirección, de hecho, se arrepintió de haberse sentado afuera.
Se levantó como si lo hubieran pinchado con un alfiler, esta vez quedando a un lado del cocinero que, supuestamente, pertenecía a su misma tripulación.
—Deberíamos avanzar hacia el barco… ¿En qué dirección esta? ¿Puedes guiarme? —preguntó demasiado rápido al mismo tiempo que sus acciones lo contradecían, pues había empezado a caminar hacia un lugar “x” de la calle, esperando que el cocinero lo siguiera y, cuando estuvo a su lado, ya fuera para regresarlo a al dirección correcta o para seguir en esa misma…no podría saberlo, sintió un dejo de culpa por haber hablado de esa manera.
Suspiró.
—¿Sabes? No quiero que pienses mal, no me burlo de tu sueño…solo no puedo comprenderlo, aunque…si te sirve de algo, quizá tu razón no llame mi atención, pero la investigación misma si lo hace —. La libreta que aun llevaba en sus manos seguía abierta en la página en donde anotó sus “instrucciones” para la búsqueda de la “inmortalidad”, así que se detuvo en seco y, como al inicio, le puso el papel casi que en la cara al pobre hombre que tenía la mala suerte de acompañarlo. —¿Lo ves? Lo anoté para no olvidarlo…me interesa…la idea de una juventud eterna me interesa…así que…aunque no entienda tus razones, voy a ayudarte por las mías.
A fin de cuentas, la idea de experimentar en varios sujetos de prueba era algo que llegaba a emocionarlo más de lo que podía permitirse mostrar en plena vía pública.
—¡Ah! Y no te preocupes, no le contaré a nadie de la tripulación lo que me dijiste…tampoco es que lo vaya a recordar de aquí a mañana…no sé si era un secreto, pero, sea como sea, está a salvo conmigo —. Soltó una risa para alivianar el ambiente y para burlarse de su propia condición amnésica antes de que alguien más lo hiciera.
