[Aventura T1][Presente absoluto] Caña dulce, caña amarga
#4
Las personas a mi alrededor me observaron con los ojos muy abiertos, como si de pronto un espíritu antiguo hubiese descendido entre ellos. No estaban acostumbrados a que alguien interviniera, mucho menos a que una forastera lo hiciera sin pensarlo dos veces. Pero yo jamás he sido de esas que se quedan quietas cuando la injusticia toma forma delante de mis narices, y menos aún si proviene de quien debería encarnar la justicia.
 
¿Desde cuándo la gente debe temerle a quien supuestamente los protege? ¿En qué mundo tiene sentido que la autoridad sea la sombra que oscurece en lugar de la mano que sostiene? Para mí, eso es una contradicción imposible de aceptar. La figura que protege debe ser el eje, la base firme en la que cualquiera pueda apoyarse sin miedo, la que mantenga la paz y no la que la rompa, eso todo el mundo lo sabe.
 
Así que, aun con las miradas clavándose en mi espalda, aun con el murmullo silencioso de sorpresa expandiéndose entre la gente, no di un paso atrás. Si nadie más se atrevía, entonces lo haría yo, porque alguien tenía que hacerlo, yo no salí al mar para ver como otros se aprovechan de los débiles. —Oh, señor justicia, no sabía que su labor consistía en intimidar ancianos indefensos — solté con esa suavidad mía que nunca viene sola y siempre trae un poco de veneno escondido entre las sílabas —Debería ser más paciente con él, ¿no cree? — mantuve mi sonrisa, ligera pero firme, como quien no teme en absoluto a la respuesta.
 
—Todos queremos que alguien fuerte nos proteja —continué, paseando la mirada por la gente que ahora observaba con un silencio inquieto —Pero no es precisamente ideal que tengamos que temerle a quien se supone que nos cuida, eso todo el mundo lo sabe — Mis palabras cayeron despacio, como gotas de miel, pero miel hirviendo y aunque mi tono siguió siendo amable, cada frase llevaba la intención clara de ponerlo en su sitio sin necesidad de alzar la voz.
 
Terminé de ayudar al anciano a recoger sus cosas, acomodando cada paquete y frasco sobre la mesa como si así pudiera devolverle un poco de la dignidad que aquel uniformado había intentado arrebatarle. Sentí la mirada del marino clavada en mi espalda incluso antes de girarme, y cuando lo hice, me encontré con una escena que me habría dado risa, si no fuera tan lamentable. El hombre tenía esa expresión que ponen los perritos cuando huelen comida, solo que en su caso no era precisamente comida lo que observaba, tenía los ojos fijos, descarados, en los melones que los dioses tuvieron a bien colocar en mi pecho. Eso, sinceramente, no me hirió ni un poquito, estoy acostumbrada. Lo que sí me revolvió el estómago fue lo que vi cuando levantó ligeramente las manos para gesticular.
 
Unas garras, no uñas largas, no. Garras, filosas, brillantes, cuidadas y absolutamente repugnantes. Mi piel se erizó al instante, como si el simple hecho de verlas me hubiera tocado. —¡Iughhh, no, no, no! —di un paso atrás con total y sincero rechazo —Aléjate de mí. —  No pude evitarlo. Algo en mí simplemente se encoge y se retuerce cuando veo a alguien con garras animales. Me da asco, me recuerda suciedad, falta de higiene, bestialidad, por más que quiera mantener la compostura, no puedo soportarlo y ese marine, con su uniforme impecable y sus garras brillantes, era justo el tipo de criatura que me hacía querer arrancarme los ojos.
 
Por puro instinto llevé la mano al cinturón y tomé mi látigo, desenrollándolo con un chasquido seco que dejó claro que ya no estaba para juegos. Todo el encanto, toda la suavidad que había mantenido hasta ese momento desapareció de mi rostro como si nunca hubiera existido. —No te acerques a mí con esas asquerosas garras — le advertí, y esta vez mi voz no tuvo ni una gota de dulzura, ahora era firme, cortante, casi tan afilada como esas cosas que él llevaba en las manos.
 
No tenía idea de si el marine daría un paso, quizá para intentar explicarse, quizá para imponerse, pero yo ya estaba retrocediendo, manteniendo la distancia como si su mera presencia pudiera contagiarme algo. —Las garras son sinónimo de suciedad, asquerosidad y la peor de las bestialidades — dije con una sinceridad que no dejaba espacio a dudas —Eso todo el mundo lo sabe. — Lo miré con un asco tan evidente que incluso la gente a mi alrededor empezó a apartar la vista, incómoda, mis pasos hacia atrás fueron medidos, elegantes, pero tensos como una cuerda estirada al límite, mientras mi látigo seguía preparado en mi mano, marcando muy claramente que, si el hombre daba un paso más, yo no dudaría en responder.

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RE: [Aventura T1][Presente absoluto] Caña dulce, caña amarga - por Trixxie Pappitson - 08-12-2025, 07:05 PM

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