[Av T4 - Pr Rel] Casino Pegaso (Drum)
#19
Ubbe reacciona con velocidad que contradice su tamaño masivo, arrodillándose junto al cuerpo convulsionante de Tristan mientras sus manos, entrenadas, ejecutan movimientos precisos y veloces. Gira el cuerpo desnudo hacia un costado con firmeza para prevenir que el vómito continúe bloqueando las vías respiratorias, una mano enorme manteniendo la cabeza alineada mientras la otra despeja boca y garganta. El cuerpo de Tristan responde gradualmente. Primero un espasmo violento, luego tos profunda que expulsa contenido estomacal restante, y finalmente respiración que se estabiliza en ritmo que indica que la muerte inmediata ha sido pospuesta indefinidamente.
 
Mientras tanto, la mano de Sigurd se cierra alrededor del torso de Maximilian Pegasus con fuerza que debería hacer crujir sus costillas. Pero el dueño del casino permanece completamente inmutable; como si estar suspendido en el aire asfixiándose fuera experiencia cotidiana que no merece reacción emocional particular. El rabillo de su ojo izquierdo encuentra los de Sigurd al girar su cabeza con calma que bordea lo sobrenatural, ningún miedo visible en su expresión mientras sus labios se curvan en sonrisa pequeña – “Fascinante” – logra articular Pegasus a pesar de la presión sobre su pecho – “pero predecible.” – los guardias de seguridad que están posicionados alrededor del salón observan la escena con detenimiento – “la violencia siempre es el último recurso de quienes pierden en juegos que requieren inteligencia en lugar de fuerza bruta.” – concluye Pegasus, ajena al daño que logra ejercer Sigurd sobre él. El mercenario gyojin frente a la bóveda se ha enderezado ligeramente, músculos tensándose bajo su piel azul oscura, pero tampoco se mueve de su posición porque sus órdenes son claras: proteger el dinero, no necesariamente al dueño que aparentemente puede manejar sus propios problemas.
 
Pero mientras Sigurd mantiene su agarre triunfal sobre Pegasus, algo cambia en la atmósfera del salón que no tiene nada que ver con el secuestro dramático del propietario. Los apostadores que habían estado congregados alrededor de la mesa de ruleta, sus fortunas evaporándose con cada giro que favorecía a la casa mientras observaban cómo Pegasus dedicaba tiempo y atención personal a desafío de gigante que había osado acusarlo públicamente, sienten algo oscuro y venenoso creciendo en sus pechos como tumor emocional. Envidia. Envidia corrupta, desproporcionada, que transforma admiración en resentimiento y respeto en odio irracional. Estos hombres, que han perdido miles de berries mientras Pegasus les ignoraba completamente para enfocarse en Sigurd, deciden colectivamente que si no pueden tener la atención del dueño del casino, entonces el gigante no merece tener nada tampoco. Moviéndose simultáneamente como manada de hienas detectando debilidad en presa, sus ojos fijos no en Sigurd sino en los martillos gemelos que cuelgan de su cinturón, armas que probablemente valen más que todo lo que han perdido esta noche combinado. Se aproximan desde la espalda del gigante con las manos extendidas como garras buscando agarrar lo que no les pertenece simplemente porque la oportunidad existe y el caos circundante lo permite.
 
“Ah,” – dice Pegasus cuando nota como los envidiosos roban a Sigurd sus martillos, su sonrisa ensanchándose ligeramente – “parece que has capturado más atención de la que anticipabas.” – el grupo de envidiosos alcanzan a Sigurd simultáneamente, sus manos agarrando los martillos con desesperación de adictos buscando siguiente dosis. Sigurd puede sentir el momento exacto cuando los martillos son arrancados de su posesión por la multitud que inmediatamente comienza a pelear entre sí sobre quién se queda con qué arma. Es en este momento de frustración máxima cuando Ubbe finalmente emerge del caos atravesando el salón como meteorito humano, su rugido corta a través del ruido ambiente mientras alcanza la posición de Sigurd, sus ojos escaneando rápidamente la situación: su hermano sosteniendo a Pegasus como trofeo viviente pero claramente faltándole las armas que deberían estar en su cinturón.
 
Al mismo tiempo, desde la zona de billar elevada cerca de la pared posterior, Joe y Mai han sido fastidiados de su juego de billar por la masa de gente de la mesa cercana a dicha zona, al entrar en el salón principal su mirada se transforma en horror absoluto cuando reconocen las figuras siendo arrastradas por Kaiba con correas como si fueran mascotas domésticas. Sus amigos. Yugi y Bakura, reducidos a esta humillación pública. Joe gruñe algo inaudible entre el caos del casino agarrando una de las bolas de billar pesadas que descansa en borde de mesa, su rostro contorsionándose con furia. Mai ya tiene tres bolas en sus manos, su expresión fría y calculadora. La primera bola vuela por el aire con velocidad impresionante, girando mientras cruza distancia entre zona de billar y donde Kaiba continúa su paseo triunfal, impactando contra la masa de gente de la mesa cercana con un sonido sordo que les noquea uno a uno conforme va soltando más bolas de billar. Kaiba, quien se da cuenta de que Joe y Mai buscan intervenir en favor de sus amigos, empieza a buscar desesperadamente cobertura mientras más bolas de billar comienzan a llover sobre él, sus ojos encontrando las únicas estructuras en el salón que podrían absorber este bombardeo sin colapsar. Los cuerpos masivos de Sigurd y Ubbe que se alzan como torres gemelas de músculo y hueso cerca del centro del caos.
 
Sin dignidad ni vergüenza, Kaiba corre detrás de los gigantes, quienes quedan en medio haciendo de pared protectora a 10 metros de Joe y Mai y a otros 10 metros de Kaiba quien arrastra a sus esclavos consigo. Las bolas continúan volando pero ahora se interponen en su camino los torsos de los buccaneers. El Casino Pegaso ha completado su transformación de establecimiento elegante a zona de guerra donde múltiples conflictos ocurren simultáneamente sin resolución clara. Pegasus, aún suspendido en el aire por el agarre de Sigurd, continúa sonriendo como si todo esto fuera exactamente el entretenimiento que había esperado cuando decidió anclar su casino flotante en el puerto del Reino de Sorbet esta noche particular.
 

 
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