Un sabor nuevo en una vida repetida [PASADO | Uker]
#1
Mediados de Verano, hace 7 u 8 años

Si algo aprendí en estas malditas estancias familiares es que, cuando mi padre dice “vamos a revisar la viña”, lo que está diciendo en realidad es “vas a sonreír, vas a quedarte quieta y vas a dejar que la gente piense que somos más importantes de lo que somos”. Y yo tenía esa mezcla incómoda entre orgullo y hartazgo, como si me hubieran puesto un vestido dos talles más chico: lindo de ver, horrible de usar.

La casa donde nos quedábamos era grande, vieja y con demasiadas habitaciones que jamás pisábamos. Le sobraba eco y le faltaba alma, pero mi padre la adoraba porque era terreno seguro para negociar: ahí venían socios, proveedores, amigos falsos y gente que hablaba demasiado fuerte para decir demasiado poco. Este viaje no era distinto. Él vino con sus asistentes, sus números y su agenda; yo vine porque, según él, “una futura Bel-Nadin debe aprender a acompañar”. Si fuera por mí, hubiera acompañado desde una hamaca lejos de todo, pero bueno… qué sabía yo a esa edad, si todavía creía que debía cumplir expectativas ajenas para no desarmar el mundo.

La mañana empezó con ruido de cajas moviéndose, pasos acelerados en los pasillos, voces desconocidas. Mi padre había contratado personal temporario para “mejorar la experiencia del viaje”. Traducido: quería que todo funcionara perfecto para sus negociaciones, y eso incluía un cocinero nuevo. Yo escuché el anuncio de pasada, sin mucha intención de prestarle atención. Lo único que me llamó la atención fue la forma en que los empleados comentaban que “llega hoy, temprano, porque quiere hacer inventario”. Inventario. Quién puta se entusiasma con un inventario. Gente rarísima.

Me desperté tarde, a propósito. No por rebeldía: por estética. Siempre queda mejor aparecer cuando el día ya empezó, como si no necesitaras correr detrás de nadie. Llevaba un trajecito ligero, transparente en algunas partes, porque lo había visto colgado y me pareció bonito. Y sí, también porque sabía que el sol de la isla me favorecía. Una joven diva hace lo que puede con los recursos que tiene.

Salí al corredor principal sin apuro. El piso de madera crujía bajito, como si cotilleara mis pasos. El aire olía a cajas recién abiertas, a fruta lavada y a vino joven. Los empleados iban y venían, cargando cosas, y más de uno me saludó con ese tic nerviosito de quien teme quedar mal. Yo devolví saludos con la barbilla, apenas. No por altanera —bueno, un poco sí— sino porque todavía no estaba lista para fingir simpatía.

Me asomé al comedor principal y lo encontré patas para arriba. Manteles recién planchados, vajilla alineada, un par de jarras brillando como si se hubieran pulido con desesperación. Y entre todo ese despliegue, escuché algo que no pertenecía al espacio: un sonido rítmico, firme, como de cuchillo golpeando madera. Vino de la cocina abierta que daba al patio interno.

Me acerqué sin anunciarme. Si hay algo que disfrutaba demasiado era aparecer sin aviso, como un viento que desacomoda papeles. La puerta estaba entreabierta y, desde afuera, vi parte del movimiento: brazos que iban y venían, cuchillas precisas, vegetales cortados con una prolijidad que yo jamás tendría. No sé si fue curiosidad o aburrimiento, pero empujé la puerta con la punta de los dedos.

Y ahí lo vi.

No voy a exagerar. No voy a decir que fue como ver una estrella caer o como escuchar la primera nota de una canción que te cambia la vida. A veces, por la juventud, una exagera un montón pero, por suerte, todavía tenía algo de sensatez.

Era el cocinero, claramente. Joven, concentrado, con olor a hierbas frescas. Tenía una energía que chocaba frontalmente con la de esta casa: él trabajaba como si el tiempo dependiera de su ritmo; acá, en cambio, todos se movían al compás del humor de mi padre. Lo observé mientras cortaba zanahorias con una velocidad tan limpia que daba un poco de vértigo. Mandíbula apretada. Un cuerpo acostumbrado a la práctica, no a la teoría.

Hice ruido a propósito.
Un paso mío basta para anunciarme. No por peso; por presencia.

— Así que vos sos el cocinero nuevo — dije, como quien suelta un juicio antes de permitir la defensa.

Mi voz sonó suave pero firme, teñida de ese tinte de superioridad que me salía sin esfuerzo. No maldad: postura.

Caminé un poco dentro de la cocina, observando las cosas con teatralidad, como si tuviera alguna idea del procedimiento. Toqué una tabla apenas, olfateé una hierba sin saber cuál era, revisé una olla vacía con gesto crítico. Era una actuación. A veces una actúa para otros; otras, actúa para sí misma.

— Voy avisándote —le dije con una media sonrisa torcida — acá son todos exigentes. Y yo también. Voy a ser sincera: si cocinás feo, se te va a notar. Y si cocinás rico… también se te va a notar, pero de otra manera. Es todo un tema.

No supe por qué dije eso. O sí supe, pero no lo admití en voz alta.

Miré por la ventana hacia el viñedo. Hilera tras hilera, ese laberinto verde que mi familia se empeñaba en exhibir como trofeo.

— ¿Ya te mostraron la viña? — pregunté, girando apenas el rostro hacia él — Si no, puedo llevarte. Aunque… aviso por las dudas… yo me pierdo siempre. No soy buena guía, pero soy buena compañía.

Eso sí lo supe: era una invitación envuelta en humor, descaro y juventud. Una puerta abierta que no comprometía nada.

Me apoyé en la mesada, inclinando un poco la cabeza, dejando que el sol de la ventana me diera de lleno.

— Contame — añadí, bajando la voz apenas — ¿qué estás cocinando que hace tanto ruido a promesa?

Lo pregunté sin esperar respuesta inmediata. Lo pregunté porque, en el fondo, quería quedarme un rato más ahí, en esa cocina cálida, con ese desconocido que no sabía quién era yo más allá del apellido, y ante el cual tampoco tenía por qué sentirse impresionado.


Vestimenta
  Responder


Mensajes en este tema
Un sabor nuevo en una vida repetida [PASADO | Uker] - por Asherah Bel-Nadin - 09-12-2025, 06:39 PM

Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 2 invitado(s)