09-12-2025, 07:08 PM
La mujer de las cicatrices gritaba gilipolleces desde el barco. Era evidente que estaba fuera de sí, probablemente ebria, como había sospechado. Con paciencia, el joven Marine permaneció frente al barco, contemplándolos, a la espera de ver qué hacían. Sin embargo, el vello en el cuello de Stroud se erizó repentinamente cuando oyó aquella siniestra risa, amortiguada por algún tipo de eco metálico, como si saliese de detrás de una máscara, tan solo unos metros detrás de él. No sabía quién era, pero era suficiente saber que, fuera quien fuera, su presencia se le había escapado todo este tiempo, y no parecía serle un problema venir a cotillear en mitad de una situación tan tensa. Esa era información suficiente como para, en cuestión de un instante, procesar que se trataba de alguien muy imprudente o de alguien peligroso. Se giró sutilmente, sus ojos grises buscando, entornados con suspicacia, al recién llegado, pero con cuidado de mantener el Last Whisper, al menos en lo posible, dentro de su visión periférica. No podía dejarse distraer y perder el control el control de la situación, aquello hubiera supuesto caer en una trampa clásica. Tardó un instante en asimilar quién era el tipo que tenía delante, sus labios torciéndose antes de poder verbalizar nada. Incluso entre la vegetación, aquella máscara resultaba inconfundible para cualquiera que hubiese prestado atención a las noticias últimamente. Su hombro, para estupefacción de Stroud, pareció exhalar humo, al tiempo que su brazo bisbiseaba como una suerte de pequeño motor en marcha. ¿Qué hacía el director del Banco Goldreich en Little Garden? El lado más analítico de su mente no tardó en imponerse al shock que suponía ver a alguien así allí.
Cualquier otro se hubiese acobardado con facilidad, y, en parte, ceder terreno ante aquel recién llegado hubiera sido una reacción natural. Él, en cambio, optó por ceñirse al protocolo más estándar, si es que tal cosa aplicaba cuando se trataba con alguien como el viejo dirigente del Gremio Magna. El discurso de Fyodor, en cambio, le pareció poco adecuado para tratar con el Mar Cruel. Viendo cómo Kibai apretaba su puño sobre la empuñadura de su espada, efectuó un sutil gesto con la mano izquierda, indicándole que se calmase. "Sohem Burnedead," fue lo primero que salió de la boca de Stroud, con aquella voz monótona y sosegada que lo caracterizaba. Fue su forma de saludarlo, dando a entender que su identidad no pasaba desapercibida, ni siquiera entre los recién llegados al Paraíso. Reconocía su presencia. "Contramaestre de la Marina Stroud Redgrave. Asuntos oficiales de la Marina," se limitó a explicar, haciendo un ademán con la cabeza al Last Whisper. "¿Qué trae a alguien como usted por aquí?". Sabía que Sohem no era ningún imbécil, y que no era necesario decir que no se tolerarían interferencias. También fue consciente de que decirlo en alto hubiera sido ridículo.
Al momento, por detrás del siniestro enmascarado llegaba un pequeño manchurrón carmesí, furioso, impulsivo... ¿Ese era el pelirrojo de los Cabos Gemelos? Sí, esa superioridad moral que exudaba cada sílaba de su discurso era inconfundible. El tipo de pirata que se consideraba de corazón puro, un muro idealista contra la fría injusticia y las opresivas garras del Gobierno Mundial: el tipo de gilipolleces sentimentaloides e idealistas que solo los imbéciles sin suficiente contacto con la realidad podían tomarse en serio, en definitiva. No parecía mal chico, pero era el tipo de carne de cañón que los piratas de verdad adoraban por su sencillez de uso y posterior excreción. La clase de aventurero que se convertía en ejemplo de un ascenso rápido por la piratería y un descenso aún más rápido hasta el fondo del mar.
Cuando Kibai indicó que le había salido un admirador, se limitó a asentir con la cabeza. Su postura daba a entender a Kibai que su preocupación por Owen era escasa. Conocía bien aquel tipo de personalidad; se había cruzado con demasiada gente así, explosuva, idealista. Recordó el instante en que tuvo que calmarlo, tiempo atrás, antes de que perdiese la cabeza en aquel cubículo de piedra. Stroud no efectuó gesto alguno cuando el muchacho se refirió a él por su nombre y cargo. "Entiendo que eres más simple que el mecanismo de un botijo, pero, ¿por qué te iba a estar buscando a ti en específico? ¿Te gustaría?," inquirió hacia el pelirrojo con desaire. Le hizo cierta gracia, para sus adentros, contemplar aquel nivel de rabia en los ojos del muchacho pelirrojo, cómo apretaba sus puños, como un niño enfadado porque le han quitado la pelota. El único motivo por el que conocía su nombre, que recordaba a duras penas, era haberlo leído en la sección de Wanteds del periódico. Su mentón, aún alzado con orgullo, sujetaba una fría miraba de desdén, que a duras penas llegó a posarse sobre su volátil figura antes de devolver su atención al Last Whisper. Antes de ello, sin embargo, reparó en la presencia de una chica... ¿Era la mujer de Whiskey Peak? ¿Qué hacía allí, con esa gente? Dejo las incógnitas rodar por el fondo de su cabeza, mientras volvía a enfocarse en los Olvidados. Su oído, sin embargo, continuó pendiente de cualquier cambio en el extraño motorcillo que parecía potenciar el brazo de Sohem y de la zona que ocupaban él y el muchacho. No le hacía ninguna gracia darle la espalda al enmascarado. Contemplando el barco, esperaba que alguno de ellos saliese, como quien prendía fuego a un avispero y se limitaba a esperar. Finalmente, Rackham Uker cayó desde la cubierta, situándose en la arena, frente a él, incluso llevando su mano hacia la empuñadura de su espada. El pétreo semblante de Stroud se fijó en él, asintiendo ligerísimamente con la cabeza en una casi imperceptible señal de aprobación. "Al menos uno, algo es algo," afirmó con seriedad. "No tenemos a ningún tripulante tuyo en custodia... aún. Tal vez te estés adelantando a los acontecimientos."
La situación se había complicado mucho más de lo que hubiera imaginado en un principio, y las soluciones diplomáticas a aquel embrollo empezaban a volverse escasas para cualquiera de los múltiples implicados. Los cazadores, cazados. Se encontraban ahora, tácticamente hablando, en medio de una posible pinza entre dos grupos de piratas. Sohem Burnedead era, en cualquier caso, un factor prácticamente aleatorio. Decir que su presencia allí cambiaba el trascurso de los hechos hubiera supuesto quedarse corto. Fuera lo que fuese que pasase por detrás de aquella máscara agujereada, no tenía el potencial de decantar drásticamente la balanza de un lado o de otro, sino de tirar la balanza por la ventana y redefinir el significado de equilibrio. La mayor incógnita era, naturalmente, qué querría hacer. Un hombre de su riqueza no se dejaría seducir fácilmente por la posibilidad de matar a un puñado de piratas por algunos millones. Y seguramente tampoco por la idea de proteger a los indefensos e inocentes corsarios, a los que él mismo había estado cazando hasta hacía poco, del opresivo Gobierno Mundial. No, aquel tipo estaba por encima de eso. Tal vez solo tuviera sed de sangre, y esas eran tan malas noticias para los piratas como para los Marines.
Cualquier otro se hubiese acobardado con facilidad, y, en parte, ceder terreno ante aquel recién llegado hubiera sido una reacción natural. Él, en cambio, optó por ceñirse al protocolo más estándar, si es que tal cosa aplicaba cuando se trataba con alguien como el viejo dirigente del Gremio Magna. El discurso de Fyodor, en cambio, le pareció poco adecuado para tratar con el Mar Cruel. Viendo cómo Kibai apretaba su puño sobre la empuñadura de su espada, efectuó un sutil gesto con la mano izquierda, indicándole que se calmase. "Sohem Burnedead," fue lo primero que salió de la boca de Stroud, con aquella voz monótona y sosegada que lo caracterizaba. Fue su forma de saludarlo, dando a entender que su identidad no pasaba desapercibida, ni siquiera entre los recién llegados al Paraíso. Reconocía su presencia. "Contramaestre de la Marina Stroud Redgrave. Asuntos oficiales de la Marina," se limitó a explicar, haciendo un ademán con la cabeza al Last Whisper. "¿Qué trae a alguien como usted por aquí?". Sabía que Sohem no era ningún imbécil, y que no era necesario decir que no se tolerarían interferencias. También fue consciente de que decirlo en alto hubiera sido ridículo.
Al momento, por detrás del siniestro enmascarado llegaba un pequeño manchurrón carmesí, furioso, impulsivo... ¿Ese era el pelirrojo de los Cabos Gemelos? Sí, esa superioridad moral que exudaba cada sílaba de su discurso era inconfundible. El tipo de pirata que se consideraba de corazón puro, un muro idealista contra la fría injusticia y las opresivas garras del Gobierno Mundial: el tipo de gilipolleces sentimentaloides e idealistas que solo los imbéciles sin suficiente contacto con la realidad podían tomarse en serio, en definitiva. No parecía mal chico, pero era el tipo de carne de cañón que los piratas de verdad adoraban por su sencillez de uso y posterior excreción. La clase de aventurero que se convertía en ejemplo de un ascenso rápido por la piratería y un descenso aún más rápido hasta el fondo del mar.
Cuando Kibai indicó que le había salido un admirador, se limitó a asentir con la cabeza. Su postura daba a entender a Kibai que su preocupación por Owen era escasa. Conocía bien aquel tipo de personalidad; se había cruzado con demasiada gente así, explosuva, idealista. Recordó el instante en que tuvo que calmarlo, tiempo atrás, antes de que perdiese la cabeza en aquel cubículo de piedra. Stroud no efectuó gesto alguno cuando el muchacho se refirió a él por su nombre y cargo. "Entiendo que eres más simple que el mecanismo de un botijo, pero, ¿por qué te iba a estar buscando a ti en específico? ¿Te gustaría?," inquirió hacia el pelirrojo con desaire. Le hizo cierta gracia, para sus adentros, contemplar aquel nivel de rabia en los ojos del muchacho pelirrojo, cómo apretaba sus puños, como un niño enfadado porque le han quitado la pelota. El único motivo por el que conocía su nombre, que recordaba a duras penas, era haberlo leído en la sección de Wanteds del periódico. Su mentón, aún alzado con orgullo, sujetaba una fría miraba de desdén, que a duras penas llegó a posarse sobre su volátil figura antes de devolver su atención al Last Whisper. Antes de ello, sin embargo, reparó en la presencia de una chica... ¿Era la mujer de Whiskey Peak? ¿Qué hacía allí, con esa gente? Dejo las incógnitas rodar por el fondo de su cabeza, mientras volvía a enfocarse en los Olvidados. Su oído, sin embargo, continuó pendiente de cualquier cambio en el extraño motorcillo que parecía potenciar el brazo de Sohem y de la zona que ocupaban él y el muchacho. No le hacía ninguna gracia darle la espalda al enmascarado. Contemplando el barco, esperaba que alguno de ellos saliese, como quien prendía fuego a un avispero y se limitaba a esperar. Finalmente, Rackham Uker cayó desde la cubierta, situándose en la arena, frente a él, incluso llevando su mano hacia la empuñadura de su espada. El pétreo semblante de Stroud se fijó en él, asintiendo ligerísimamente con la cabeza en una casi imperceptible señal de aprobación. "Al menos uno, algo es algo," afirmó con seriedad. "No tenemos a ningún tripulante tuyo en custodia... aún. Tal vez te estés adelantando a los acontecimientos."
La situación se había complicado mucho más de lo que hubiera imaginado en un principio, y las soluciones diplomáticas a aquel embrollo empezaban a volverse escasas para cualquiera de los múltiples implicados. Los cazadores, cazados. Se encontraban ahora, tácticamente hablando, en medio de una posible pinza entre dos grupos de piratas. Sohem Burnedead era, en cualquier caso, un factor prácticamente aleatorio. Decir que su presencia allí cambiaba el trascurso de los hechos hubiera supuesto quedarse corto. Fuera lo que fuese que pasase por detrás de aquella máscara agujereada, no tenía el potencial de decantar drásticamente la balanza de un lado o de otro, sino de tirar la balanza por la ventana y redefinir el significado de equilibrio. La mayor incógnita era, naturalmente, qué querría hacer. Un hombre de su riqueza no se dejaría seducir fácilmente por la posibilidad de matar a un puñado de piratas por algunos millones. Y seguramente tampoco por la idea de proteger a los indefensos e inocentes corsarios, a los que él mismo había estado cazando hasta hacía poco, del opresivo Gobierno Mundial. No, aquel tipo estaba por encima de eso. Tal vez solo tuviera sed de sangre, y esas eran tan malas noticias para los piratas como para los Marines.
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