09-12-2025, 11:30 PM
Me quedé quieta, tan quieta que por un momento pensé que si alguien me miraba demasiado tiempo descubriría que no sabía qué demonios hacer. El marine de blanco seguía ahí, clavado en la costa como si nos hubiese estado esperando desde siempre. Su voz todavía resonaba en mi cabeza, fría, segura, anunciando nuestra muerte como si fuera un simple trámite. Sentí un vuelco en el pecho, no por miedo, sino por la certeza de que ya no había vuelta atrás.
Miré a mis compañeros. Algunos ya estaban tensando los músculos, acomodándose las armas, preparándose como si la decisión estuviera tomada desde hacía horas. Otros parecían tan sorprendidos como yo, aunque intentaban disimularlo. Me pregunté qué esperarían que hiciera, si había algo en mi cara que delatara las dudas que me estaban apretando la garganta. No quería moverme. No quería ser la primera en reaccionar. Pero tampoco quería quedarme rezagada cuando todo estallara.
Intenté ordenar mis pensamientos, pero solo conseguí que se atropellaran más. ¿Luchar? ¿Retroceder? ¿Hablar? Nada parecía una opción sensata con ese hombre mirándonos como si ya hubiese contado nuestros cuerpos. Y lo peor era esa sensación de que el aire había cambiado, de que todo estaba suspendido en un hilo que podía romperse con una sola chispa.
Volví a mirar al marine. La serenidad que llevaba encima era casi insultante. Era evidente que esperaba que cayéramos sobre él como animales acorralados. Y tal vez tenía razón. Tal vez eso era exactamente lo que iba a pasar.
Respiré hondo, pero no me moví. No todavía. Sabía que, en cuanto uno de los nuestros diera un paso adelante, yo también tendría que hacerlo. Aunque no estuviera preparada. Aunque cada parte de mí gritara que no era el momento.
Por ahora, lo único que podía hacer era mirar, tragar mis dudas y esperar ese segundo en que todo se rompería.
Miré a mis compañeros. Algunos ya estaban tensando los músculos, acomodándose las armas, preparándose como si la decisión estuviera tomada desde hacía horas. Otros parecían tan sorprendidos como yo, aunque intentaban disimularlo. Me pregunté qué esperarían que hiciera, si había algo en mi cara que delatara las dudas que me estaban apretando la garganta. No quería moverme. No quería ser la primera en reaccionar. Pero tampoco quería quedarme rezagada cuando todo estallara.
Intenté ordenar mis pensamientos, pero solo conseguí que se atropellaran más. ¿Luchar? ¿Retroceder? ¿Hablar? Nada parecía una opción sensata con ese hombre mirándonos como si ya hubiese contado nuestros cuerpos. Y lo peor era esa sensación de que el aire había cambiado, de que todo estaba suspendido en un hilo que podía romperse con una sola chispa.
Volví a mirar al marine. La serenidad que llevaba encima era casi insultante. Era evidente que esperaba que cayéramos sobre él como animales acorralados. Y tal vez tenía razón. Tal vez eso era exactamente lo que iba a pasar.
Respiré hondo, pero no me moví. No todavía. Sabía que, en cuanto uno de los nuestros diera un paso adelante, yo también tendría que hacerlo. Aunque no estuviera preparada. Aunque cada parte de mí gritara que no era el momento.
Por ahora, lo único que podía hacer era mirar, tragar mis dudas y esperar ese segundo en que todo se rompería.
