10-12-2025, 02:31 PM
Un día más avanzando por esta terrible isla que parece sacada de mis libros de historia. Un terreno por el que parece que no ha pasado el tiempo. Hartos de caminar entre ramas y hojas, decidimos abandonar a selva para caminar por la costa. Arrastraba los pies por la arena, fina, que pretendía colarse por cada resquicio que había entre el cuero de mis botas. Salimos en busca de un poco de aire, pues la selva es tan tupida que, si te adentras lo más mínimo en ella, parece que ni el propio viento sea capaz de correr entre los árboles. Sin embargo, la isla nos tenía preparada un nuevo castigo. El sol caía sobre nosotros como el mazo de un juez dictaminando sentencia, implacable. Mi pelaje estaba más preparado para climas más fríos. Abrí un botón más de mi camisa, tal vez era el tercero ya, y le di una nueva vuelta a las mangas de mi camisa, mientras deseaba que, si salíamos con vida de aquella isla, nuestro próximo destino fuese algo más fresco.
El clima no era la única de nuestras preocupaciones. Hacía ya un par de semanas que habíamos naufragado en esta isla, pero lo salvaje del entorno convertía en ardua hasta la tarea más sencilla. Si queríamos recolectar algo de fruta de la copa de algún árbol, nos veíamos obligados a trepar una cantidad absurda de metros y rezar porque el racimo de plátanos rebotase el algunas ramas en lugar de estamparse contra el suelo. La caza era algo mucho más peligroso, pues los lagartos, gigantes y salvajes, eran unas presas que estaban acostumbrados a estar en la otra parte de la cacería. El hambre era quien guiaba mis pasos. Continuaba avanzando tras Eros, confiando en su liderazgo y en que tanto su hambre como el nuestro nos guiase hasta nuestro ansiado premio.
Kiyoshi continuaba con sus provocaciones hacia el carpintero y hacia mi. No se si ese era su verdadero «yo» que aprovechaba la falta de energía para salir al exterior, o que el hambre y el cansancio hablaban en su nombre.
—Yo también estoy cansado, doctor —dije obviando su insulto, que por lo poco que le conocía, ya empezaba a ver que era habitual en él—. Te apuesto 1000 berries a que hoy tampoco cenamos.
Oí un par de rugidos que podían confundirse con los de alguna fiera, de no ser porque mi estómago se quejaba tanto como el de mis compañeros. No se si fue un humor particular de Eros o un ofrecimiento sincero, pero Eros nos dijo que si moría podríamos usarlo de alimento. Solo pensarlo mi estómago volvió a rugir, aunque esta vez no de hambre.
—Gracias por el ofrecimiento —dije tras escuchar cómo el doctor aceptaba sin tapujos—, pero los mink no comemos animales con pelaje. No podría comerme a un topo.
Seguía pensando en la repulsiva imagen mental de Kiyoshi rebañando uno de los huesos de Eros antes de lanzarlo a su ataúd, cuando vi que el capitán se detenía y miraba al frente. Más allá, se levantaba ante nosotros la silueta de un barco, lo suficientemente grande como para permitirnos abandonar la isla y, mejor aún, como para traer una buena cantidad de provisiones.
—Espero que no sea fruto del sol. Y que tampoco sean enemigos —dije a la vez que parpadeaba un par de veces fuertemente para asegurarme de que no era algo de mi vista.
Seguí a Eros en su carrera hacia la espesura, una cobertura natural que nos protegería de la vista de los tripulantes del barco en caso de que fueran hostiles, como todo en esta isla. Salté detrás de la primera línea de vegetación, procurando quedar oculto tras esta. Miré hacia dentro de la selva para asegurarme de que no había ningún animal dispuesto a emboscarnos y tras haberme asegurado me giré de nuevo hacia la playa. Abrí el cerrojo de mi rifle e introduje una de mis balas. Cerré y apunté hacia el barco; si algún enemigo salía de él, quería tenerlo en mi mira. Entonces fue cuando lo vi. Posiblemente movido por el hambre, Kiyoshi se había lanzado en busca del barco. Observé perplejo al doctor, cómo agitaba los brazos enviando señales a los tripulantes del barco.
—¿Qué hace? ¿Está loco? —comenté hacia Eros perplejo—. ¿O es que acaso piensa servirnos de carnada?
Sea como fuese, no había vuelta atrás. Parece que íbamos a entrar en contacto con los habitantes de aquel barco. SOlo esperaba que fuesen amistosos.
El clima no era la única de nuestras preocupaciones. Hacía ya un par de semanas que habíamos naufragado en esta isla, pero lo salvaje del entorno convertía en ardua hasta la tarea más sencilla. Si queríamos recolectar algo de fruta de la copa de algún árbol, nos veíamos obligados a trepar una cantidad absurda de metros y rezar porque el racimo de plátanos rebotase el algunas ramas en lugar de estamparse contra el suelo. La caza era algo mucho más peligroso, pues los lagartos, gigantes y salvajes, eran unas presas que estaban acostumbrados a estar en la otra parte de la cacería. El hambre era quien guiaba mis pasos. Continuaba avanzando tras Eros, confiando en su liderazgo y en que tanto su hambre como el nuestro nos guiase hasta nuestro ansiado premio.
Kiyoshi continuaba con sus provocaciones hacia el carpintero y hacia mi. No se si ese era su verdadero «yo» que aprovechaba la falta de energía para salir al exterior, o que el hambre y el cansancio hablaban en su nombre.
—Yo también estoy cansado, doctor —dije obviando su insulto, que por lo poco que le conocía, ya empezaba a ver que era habitual en él—. Te apuesto 1000 berries a que hoy tampoco cenamos.
Oí un par de rugidos que podían confundirse con los de alguna fiera, de no ser porque mi estómago se quejaba tanto como el de mis compañeros. No se si fue un humor particular de Eros o un ofrecimiento sincero, pero Eros nos dijo que si moría podríamos usarlo de alimento. Solo pensarlo mi estómago volvió a rugir, aunque esta vez no de hambre.
—Gracias por el ofrecimiento —dije tras escuchar cómo el doctor aceptaba sin tapujos—, pero los mink no comemos animales con pelaje. No podría comerme a un topo.
Seguía pensando en la repulsiva imagen mental de Kiyoshi rebañando uno de los huesos de Eros antes de lanzarlo a su ataúd, cuando vi que el capitán se detenía y miraba al frente. Más allá, se levantaba ante nosotros la silueta de un barco, lo suficientemente grande como para permitirnos abandonar la isla y, mejor aún, como para traer una buena cantidad de provisiones.
—Espero que no sea fruto del sol. Y que tampoco sean enemigos —dije a la vez que parpadeaba un par de veces fuertemente para asegurarme de que no era algo de mi vista.
Seguí a Eros en su carrera hacia la espesura, una cobertura natural que nos protegería de la vista de los tripulantes del barco en caso de que fueran hostiles, como todo en esta isla. Salté detrás de la primera línea de vegetación, procurando quedar oculto tras esta. Miré hacia dentro de la selva para asegurarme de que no había ningún animal dispuesto a emboscarnos y tras haberme asegurado me giré de nuevo hacia la playa. Abrí el cerrojo de mi rifle e introduje una de mis balas. Cerré y apunté hacia el barco; si algún enemigo salía de él, quería tenerlo en mi mira. Entonces fue cuando lo vi. Posiblemente movido por el hambre, Kiyoshi se había lanzado en busca del barco. Observé perplejo al doctor, cómo agitaba los brazos enviando señales a los tripulantes del barco.
—¿Qué hace? ¿Está loco? —comenté hacia Eros perplejo—. ¿O es que acaso piensa servirnos de carnada?
Sea como fuese, no había vuelta atrás. Parece que íbamos a entrar en contacto con los habitantes de aquel barco. SOlo esperaba que fuesen amistosos.
Contenido Oculto
Info
