10-12-2025, 03:59 PM
como si todo el peso de su vida por fin hubiera decidido caerle encima. Bastó con que me girara para encontrarme con sus ojos y ahí estaba, ese alivio tenue, frágil, el tipo de alivio que solo aparece cuando alguien ha sobrevivido demasiado. Podía leerlo en su mirada, en el temblor de sus manos. Quizás llevaba años aguantando golpes que nunca debió recibir, palabras que jamás debió escuchar, noches que ningún ser vivo debería recordar y por un instante pareció que yo le había devuelto algo, una chispa, una razón mínima para seguir respirando.
Pero en el fondo lo sabía. Yo no había regalado esperanza, solo la había arrancado de un infierno para dejarla suelta en otro mundo igual de cruel, igual de hambriento. Un mundo donde la injusticia nada libre, como un tiburón herido que huele sangre a kilómetros.
La mujer no dijo una palabra; simplemente reaccionó. Apenas procesó que ese desgraciado ya no respiraba, subió tambaleante las escaleras hacia el segundo piso, como si supiera exactamente qué buscar y cuánto tiempo tenía antes de derrumbarse otra vez. Imaginé que lo poco que guardaba en este infierno cabría en una sola bolsa como le había indicado, o en nada. Ojalá pudiera largarse y nunca volver a pisar un lugar como este. Cuando al fin bajó, traía sus cosas apretadas contra el pecho y un portafolio viejo en la mano. Me lo entregó sin mirarme, como si cargarlo le rompiera más que mantenerlo cerca. Lo abrí y pasé las hojas rápido, mordiéndome la lengua para no volver a sentir esa ira que todavía hervía.
—Así que estas son todas las mujeres que ese idiota vendió—murmuré con un asco que me arañaba la garganta. Revisé de nuevo, con más calma, buscando algún rastro, una pista, un nombre que iluminara siquiera un fragmento del camino hacia Sara. Pero nada. Ni foto, ni ubicación, ni la sombra de un dato que valiera la pena. Solo silencio, vacío y la confirmación de que esa niña será un agujero negro devorándome el alma centímetro a centímetro. Un vacío que no se llenará hasta que la encuentre, aunque para lograrlo tenga que quemar el mundo entero.
Al final de cuentas, esa niña no es solo la hija de un hermano gyojin es la última voluntad de un hombre que se entregó en cuerpo y alma para mantenerla con vida, incluso cuando ya no le quedaba nada para ofrecer. Vivió como un perro encadenado, y aun así sostuvo la esperanza de que su hija estuviera a salvo, sin saber que su propio jefe, ese mal nacido sin derecho a respirar el mismo aire que nosotros, la había vendido como si fuera mercancía barata.
Me quedé un momento quieto, sintiendo cómo la rabia se apretaba en mi pecho como un anzuelo oxidado. Ese maldito le arrebató todo, incluso la tranquilidad de morir sabiendo dónde estaba su niña y aunque el mundo entero quiera tragarse la verdad, aunque ese casino ambulante sea una sombra moviéndose en un mar de desgracia, aunque tenga que romperme los huesos o volver a ser el esclavo que una vez fui, la encontraré, cueste lo que cueste, aunque me deje medio muerto en el camino, aunque tenga que arrancar cada tabla de cada barco que ose esconderla, la encontraré. Porque un hermano gyojin confió en mí con su último aliento, y no pienso permitir que la muerte lo convierta en una mentira.
En medio de mis pensamientos algo me sacó del transe, ese beso en la mejilla, ese gesto, ese simple gesto que hizo que volviera en si, ¿me estaba agradeciendo? ¿Por qué?, no lo hice por ella, mi objetivo es salvar niños, mantener a los pequeños que no pueden protegerse, a salvo de los degenerados que han sido traídos a este mundo en contra de la voluntad de Nika.
Esperé a que la mujer se marchara, vigilando cada sombra hasta asegurarme de que nadie la siguiera. Solo entonces, cuando la noche ya había avanzado varias horas, emprendí mi rumbo de vuelta a la ciudad. Llevaba conmigo las pertenencias del maldito proxeneta, aún calientes con la sangre de su dueño. Nunca he tenido cara amable, pero esa noche mi rostro debía parecer una mala premonición. Lo notaba en la gente, bajaban la mirada, se hacían a un lado, evitaban mi sombra y, honestamente, si me hubiera visto desde afuera, también me habría evitado, llevaba trauma, rabia y cansancio grabados en cada músculo de mi cara.
Después de demasiado caminar, de recorrer calles que parecían repetirse como un mal sueño, por fin encontré el establecimiento indicado. Un mink gorila custodiaba la entrada y tan solo por un segundo consideré que tendría que partirle el cuello para pasar, pero solo me observó, notó la tormenta que llevaba encima, y se movió a un lado sin decir una sola palabra. Dentro, todo golpeó de golpe. El retumbar de la música, ese ritmo sucio que hacía vibrar el suelo, las camareras corriendo de un lado a otro, una pista de baile tan abarrotada que parecía a punto de ceder con un suspiro más, gente de todo tipo, razas mezcladas, colores, olores, risas demasiado fuertes para lo que yo tenía en el pecho. Un espectáculo que podría haber sido agradable, si no estuviera metido de cabeza en la miseria que lo sostenía.
No tardé en encontrar al marine. Estaba en una de esas zonas elevadas que usan los falsos nobles para sentirse importantes, con dos mujeres colgadas de sus hombros como adornos y como si pudiera oler mi presencia o la sangre que llevaba encima habló en cuanto me acerqué. Escuché lo que tenía que escuchar. Él cumplió. Yo cumplí y no le dije una sola palabra.
Tomé la información, me di media vuelta y salí del lugar sin mirar atrás. Ahora solo quedaba volver al campo de caña de azúcar y empezar a trazar el plan para entrar a esa maldita mansión Voldimore y esta vez si que no pienso fallar.
Pero en el fondo lo sabía. Yo no había regalado esperanza, solo la había arrancado de un infierno para dejarla suelta en otro mundo igual de cruel, igual de hambriento. Un mundo donde la injusticia nada libre, como un tiburón herido que huele sangre a kilómetros.
La mujer no dijo una palabra; simplemente reaccionó. Apenas procesó que ese desgraciado ya no respiraba, subió tambaleante las escaleras hacia el segundo piso, como si supiera exactamente qué buscar y cuánto tiempo tenía antes de derrumbarse otra vez. Imaginé que lo poco que guardaba en este infierno cabría en una sola bolsa como le había indicado, o en nada. Ojalá pudiera largarse y nunca volver a pisar un lugar como este. Cuando al fin bajó, traía sus cosas apretadas contra el pecho y un portafolio viejo en la mano. Me lo entregó sin mirarme, como si cargarlo le rompiera más que mantenerlo cerca. Lo abrí y pasé las hojas rápido, mordiéndome la lengua para no volver a sentir esa ira que todavía hervía.
—Así que estas son todas las mujeres que ese idiota vendió—murmuré con un asco que me arañaba la garganta. Revisé de nuevo, con más calma, buscando algún rastro, una pista, un nombre que iluminara siquiera un fragmento del camino hacia Sara. Pero nada. Ni foto, ni ubicación, ni la sombra de un dato que valiera la pena. Solo silencio, vacío y la confirmación de que esa niña será un agujero negro devorándome el alma centímetro a centímetro. Un vacío que no se llenará hasta que la encuentre, aunque para lograrlo tenga que quemar el mundo entero.
Al final de cuentas, esa niña no es solo la hija de un hermano gyojin es la última voluntad de un hombre que se entregó en cuerpo y alma para mantenerla con vida, incluso cuando ya no le quedaba nada para ofrecer. Vivió como un perro encadenado, y aun así sostuvo la esperanza de que su hija estuviera a salvo, sin saber que su propio jefe, ese mal nacido sin derecho a respirar el mismo aire que nosotros, la había vendido como si fuera mercancía barata.
Me quedé un momento quieto, sintiendo cómo la rabia se apretaba en mi pecho como un anzuelo oxidado. Ese maldito le arrebató todo, incluso la tranquilidad de morir sabiendo dónde estaba su niña y aunque el mundo entero quiera tragarse la verdad, aunque ese casino ambulante sea una sombra moviéndose en un mar de desgracia, aunque tenga que romperme los huesos o volver a ser el esclavo que una vez fui, la encontraré, cueste lo que cueste, aunque me deje medio muerto en el camino, aunque tenga que arrancar cada tabla de cada barco que ose esconderla, la encontraré. Porque un hermano gyojin confió en mí con su último aliento, y no pienso permitir que la muerte lo convierta en una mentira.
En medio de mis pensamientos algo me sacó del transe, ese beso en la mejilla, ese gesto, ese simple gesto que hizo que volviera en si, ¿me estaba agradeciendo? ¿Por qué?, no lo hice por ella, mi objetivo es salvar niños, mantener a los pequeños que no pueden protegerse, a salvo de los degenerados que han sido traídos a este mundo en contra de la voluntad de Nika.
Esperé a que la mujer se marchara, vigilando cada sombra hasta asegurarme de que nadie la siguiera. Solo entonces, cuando la noche ya había avanzado varias horas, emprendí mi rumbo de vuelta a la ciudad. Llevaba conmigo las pertenencias del maldito proxeneta, aún calientes con la sangre de su dueño. Nunca he tenido cara amable, pero esa noche mi rostro debía parecer una mala premonición. Lo notaba en la gente, bajaban la mirada, se hacían a un lado, evitaban mi sombra y, honestamente, si me hubiera visto desde afuera, también me habría evitado, llevaba trauma, rabia y cansancio grabados en cada músculo de mi cara.
Después de demasiado caminar, de recorrer calles que parecían repetirse como un mal sueño, por fin encontré el establecimiento indicado. Un mink gorila custodiaba la entrada y tan solo por un segundo consideré que tendría que partirle el cuello para pasar, pero solo me observó, notó la tormenta que llevaba encima, y se movió a un lado sin decir una sola palabra. Dentro, todo golpeó de golpe. El retumbar de la música, ese ritmo sucio que hacía vibrar el suelo, las camareras corriendo de un lado a otro, una pista de baile tan abarrotada que parecía a punto de ceder con un suspiro más, gente de todo tipo, razas mezcladas, colores, olores, risas demasiado fuertes para lo que yo tenía en el pecho. Un espectáculo que podría haber sido agradable, si no estuviera metido de cabeza en la miseria que lo sostenía.
No tardé en encontrar al marine. Estaba en una de esas zonas elevadas que usan los falsos nobles para sentirse importantes, con dos mujeres colgadas de sus hombros como adornos y como si pudiera oler mi presencia o la sangre que llevaba encima habló en cuanto me acerqué. Escuché lo que tenía que escuchar. Él cumplió. Yo cumplí y no le dije una sola palabra.
Tomé la información, me di media vuelta y salí del lugar sin mirar atrás. Ahora solo quedaba volver al campo de caña de azúcar y empezar a trazar el plan para entrar a esa maldita mansión Voldimore y esta vez si que no pienso fallar.
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