10-12-2025, 11:41 PM
—Ja, eres una corrida de pájaro.
—¡Yo no tengo la culpa! ¡El puñetero universo se empeña en hacerme la puñeta y cambiar los sitios de lugar para que me pierda! ¡Puff! —le gritó Lampedusa, de mala ostia.
Sin embargo, se le quitó en cuanto vio toda la comida y comenzó a zampar. Ya llena, hecha una bola como el pastelero, aunque el otro era más por la bebida que se había tomado el cabrón, rodó de lado a lado para bajar toda la comida que se había zampado. Segunda vez en lo que iba de día que estaba llena. Ya no le cabría ni una uva.
—Realmente tienes un puto problema con eso de las direcciones, a este paso no sé cómo no has encontrado ya el one piece.
—¡Cállate ya, hijo de la gran…!
Pero sus palabras fueron silenciadas por un saco de harina que le untó todo el pelo. Lampedusa estaba a punto de reventar a ese cabrón de una vez por todas, pero las siguientes palabras del pastelero provocaron que su ira pasara a ser sorpresa.
—OYE. ¿Quieres ser mi navegante? Así a lo mejor soy capaz de convertirme en rey de los piratas y todo.
Esas palabras eran las mismas que había usado él, años atrás…
«—Chica, déjalo, no tienes ni puta idea de mapas.
—¿Cómo que no? ¡Puedo llevar a toda la tripulación hasta el tesoro que está señalado aquí!
—Sí, claro, ¡y yo soy el alférez de mi puto barco! Marahahahaha.
—¡Capullo! ¡Puedo hacerlo, mejor que tú!
—Tú no lograrías encontrar ni una ballena en un pajar, Marahahahaha.
—¡Puto cardo borriquero! Que si puedo, ¡jolín! ¡Puff!
—Oye. ¿Quieres ser mi navegante? Así a lo mejor soy capaz de convertirme en rey de los piratas y todo. Marahahahaha.
—¡Deja de burlarte de mí!»
Esa risa despertó en Lampedusa una sonrisa sincera, una de las primeras en mucho tiempo. En vez de contestarle la puya queriendo pegarle una buena ostia, se cruzó de brazos y sonrió con fiereza, con una decisión tomada.
—No, creo que el mundo me haría la puñeta demasiadas veces. ¿Pero sabes qué? Que no estaría mal que nos uniéramos y la liáramos parda por ahí. ¿Qué me dices? —Agarró una fruta rara del suelo, dispuesta a comérsela—. Tú tienes más cara que yo de capitán, a mí me gusta más ser una segunda o tercera al mando. Así que, si no tienes pegas, unámonos bajo la vieja bandera pirata, ¡y naveguemos por ahí hasta reventar a todo el…! Me cago en todo, tú, ¡que asco de fruta! —Tiró la bazofia, que sabía cómo la mierda de un perro, a un lado. Aun así tragó lo que había comido ya, porque no le gustaba tirar la comida—. Pues eso. ¿Qué te parece? ¿Nos unimos y nos cagamos a piñas con todo gilipuertas que se cruce en nuestro camino?
La pregunta voló como lo hacía la comida de emergencia, también llamada mascota, pajarraco, ave o como quiera que lo llamara el pastelero. Solo que el recuerdo de Merza volaba más alto todavía. Lampedusa había tenido una corazonada, y no se arrepentía de haber dicho esas palabras.
—¡Yo no tengo la culpa! ¡El puñetero universo se empeña en hacerme la puñeta y cambiar los sitios de lugar para que me pierda! ¡Puff! —le gritó Lampedusa, de mala ostia.
Sin embargo, se le quitó en cuanto vio toda la comida y comenzó a zampar. Ya llena, hecha una bola como el pastelero, aunque el otro era más por la bebida que se había tomado el cabrón, rodó de lado a lado para bajar toda la comida que se había zampado. Segunda vez en lo que iba de día que estaba llena. Ya no le cabría ni una uva.
—Realmente tienes un puto problema con eso de las direcciones, a este paso no sé cómo no has encontrado ya el one piece.
—¡Cállate ya, hijo de la gran…!
Pero sus palabras fueron silenciadas por un saco de harina que le untó todo el pelo. Lampedusa estaba a punto de reventar a ese cabrón de una vez por todas, pero las siguientes palabras del pastelero provocaron que su ira pasara a ser sorpresa.
—OYE. ¿Quieres ser mi navegante? Así a lo mejor soy capaz de convertirme en rey de los piratas y todo.
Esas palabras eran las mismas que había usado él, años atrás…
«—Chica, déjalo, no tienes ni puta idea de mapas.
—¿Cómo que no? ¡Puedo llevar a toda la tripulación hasta el tesoro que está señalado aquí!
—Sí, claro, ¡y yo soy el alférez de mi puto barco! Marahahahaha.
—¡Capullo! ¡Puedo hacerlo, mejor que tú!
—Tú no lograrías encontrar ni una ballena en un pajar, Marahahahaha.
—¡Puto cardo borriquero! Que si puedo, ¡jolín! ¡Puff!
—Oye. ¿Quieres ser mi navegante? Así a lo mejor soy capaz de convertirme en rey de los piratas y todo. Marahahahaha.
—¡Deja de burlarte de mí!»
Esa risa despertó en Lampedusa una sonrisa sincera, una de las primeras en mucho tiempo. En vez de contestarle la puya queriendo pegarle una buena ostia, se cruzó de brazos y sonrió con fiereza, con una decisión tomada.
—No, creo que el mundo me haría la puñeta demasiadas veces. ¿Pero sabes qué? Que no estaría mal que nos uniéramos y la liáramos parda por ahí. ¿Qué me dices? —Agarró una fruta rara del suelo, dispuesta a comérsela—. Tú tienes más cara que yo de capitán, a mí me gusta más ser una segunda o tercera al mando. Así que, si no tienes pegas, unámonos bajo la vieja bandera pirata, ¡y naveguemos por ahí hasta reventar a todo el…! Me cago en todo, tú, ¡que asco de fruta! —Tiró la bazofia, que sabía cómo la mierda de un perro, a un lado. Aun así tragó lo que había comido ya, porque no le gustaba tirar la comida—. Pues eso. ¿Qué te parece? ¿Nos unimos y nos cagamos a piñas con todo gilipuertas que se cruce en nuestro camino?
La pregunta voló como lo hacía la comida de emergencia, también llamada mascota, pajarraco, ave o como quiera que lo llamara el pastelero. Solo que el recuerdo de Merza volaba más alto todavía. Lampedusa había tenido una corazonada, y no se arrepentía de haber dicho esas palabras.
cosos
