12-12-2025, 04:32 PM
Tan pronto como hubo terminado, Bai pasó la parte aún húmeda de la toalla por sus manos. La mezcla que había preparado hacía apenas minutos seguía pegándose a sus dedos, espesa y tibia, como si se resistiera a abandonarla o se tratara de pegamento.
—Vamos... —murmuró entre dientes frotándose también las uñas y repasándolas con gran precisión. Pues, si algo había aprendido era que no debía volver a tocar a un herido con restos de nada que pudiera infectar heridas.
Y después, aún murmurando algo sobre lo difícil que era limpiarse con aquella toalla vieja, se dispuso a reunir las gasas y vendas que le quedaban.
Aunque, a decir verdad, para tener conocimientos básicos de medicina apenas tenía nada que pudiera ayudarla en dicha empresa. Al fin y al cabo era una profesión que obviaba en su currículum a no ser que tuviera que asistir a algun herido —como era el caso de Dong— o hacer alguna de las suyas.
Así que acercándose al zurrón que había encontrado tras caer del barco, cuyo interior conservaba una pequeña caja de madera con material médico, extrajo lo que necesitaba para después cerrarlo. Hecho esto, tomó la caja y la abrió obligándola a escupir un crujido leve más parecido a un suspiro viejo que a una queja.
Y ahí estaban: un puñado de gasas nuevas y una venda más.
Ahora sólo tenía que empapalas con los restos de aloe sobrantes.
Vertió con cuidado los restos del ungüento sobre ellas; el aroma fresco se elevó entre sus dedos como un pequeño bálsamo. Después regresó a Dong, inclinándose sobre él con una suavidad que casi no parecía venir de ella.
—Voy a necesitar que me ayudes —Le habló en un intento por mantenerlo despierto.
Y, mientras lo hacía, con cuidado de no mancharse demasiado, se las colocó por encima buscando mantener aquella mezcla pegada a su piel.
—Espero tengas energía para eso... —Añadió al tiempo que movía su mirada hacia el rostro ajeno y comprovaba, una vez más, que no se quejara por sus cuidados.
Después, con el mismo cuidado que había tenido anteriormente, se puso a vendarlo con movimientos lentos mientras le daba pequeños toques de atención para que intentara levantar la espalda y no tener así ella que moverlo o causarle dolor.
—Perfecto—. Hizo una pausa–. Está perfecto —le informó cuando por fin terminó.
Y, de golpe, el peso del cansancio le bajó por los hombros como una manta húmeda y pesada.
–No te muevas —añadió para luego darle la espalda y acercar tanto la silla como el libro —.Bueno, tampoco es como que pudieras hacerlo... —continuó intentándo guardarse una risa burlesca para sí.
Luego, se dejó caer con un suspiro largo, tomó el libro con la izquierda, encontró la pluma que hacía de marcador y retomó la lectura mientras que, con la diestra, le tomaba de la mano tal y como Dong había hecho antes.
Sí, deseaba volver a sumergirse en aquel extraño romance entre las dos protagonistas, pero no por ello iba a abandonarlo.
—Vamos... —murmuró entre dientes frotándose también las uñas y repasándolas con gran precisión. Pues, si algo había aprendido era que no debía volver a tocar a un herido con restos de nada que pudiera infectar heridas.
Y después, aún murmurando algo sobre lo difícil que era limpiarse con aquella toalla vieja, se dispuso a reunir las gasas y vendas que le quedaban.
Aunque, a decir verdad, para tener conocimientos básicos de medicina apenas tenía nada que pudiera ayudarla en dicha empresa. Al fin y al cabo era una profesión que obviaba en su currículum a no ser que tuviera que asistir a algun herido —como era el caso de Dong— o hacer alguna de las suyas.
Así que acercándose al zurrón que había encontrado tras caer del barco, cuyo interior conservaba una pequeña caja de madera con material médico, extrajo lo que necesitaba para después cerrarlo. Hecho esto, tomó la caja y la abrió obligándola a escupir un crujido leve más parecido a un suspiro viejo que a una queja.
Y ahí estaban: un puñado de gasas nuevas y una venda más.
Ahora sólo tenía que empapalas con los restos de aloe sobrantes.
Vertió con cuidado los restos del ungüento sobre ellas; el aroma fresco se elevó entre sus dedos como un pequeño bálsamo. Después regresó a Dong, inclinándose sobre él con una suavidad que casi no parecía venir de ella.
—Voy a necesitar que me ayudes —Le habló en un intento por mantenerlo despierto.
Y, mientras lo hacía, con cuidado de no mancharse demasiado, se las colocó por encima buscando mantener aquella mezcla pegada a su piel.
—Espero tengas energía para eso... —Añadió al tiempo que movía su mirada hacia el rostro ajeno y comprovaba, una vez más, que no se quejara por sus cuidados.
Después, con el mismo cuidado que había tenido anteriormente, se puso a vendarlo con movimientos lentos mientras le daba pequeños toques de atención para que intentara levantar la espalda y no tener así ella que moverlo o causarle dolor.
—Perfecto—. Hizo una pausa–. Está perfecto —le informó cuando por fin terminó.
Y, de golpe, el peso del cansancio le bajó por los hombros como una manta húmeda y pesada.
–No te muevas —añadió para luego darle la espalda y acercar tanto la silla como el libro —.Bueno, tampoco es como que pudieras hacerlo... —continuó intentándo guardarse una risa burlesca para sí.
Luego, se dejó caer con un suspiro largo, tomó el libro con la izquierda, encontró la pluma que hacía de marcador y retomó la lectura mientras que, con la diestra, le tomaba de la mano tal y como Dong había hecho antes.
Sí, deseaba volver a sumergirse en aquel extraño romance entre las dos protagonistas, pero no por ello iba a abandonarlo.
