12-12-2025, 06:34 PM
(Última modificación: 12-12-2025, 06:37 PM por Tensui Marlin.)
En cuanto Xiang Qi te propinó el primer golpe, retrocedió un paso y adoptó una postura defensiva. El chico, lejos de ser un idiota, evaluó la situación al instante, no vio ninguna arma en tu poder, así que asumió que tu siguiente movimiento sería un simple puñetazo. Por eso alzó los brazos para cubrirse, usando los antebrazos como escudo. Lo que no esperaba, era lo que vino después. Cuando tu puño impactó contra su guardia, el sonido no fue el de un golpe común. Hubo un estallido sordo, acompañado de un destello de color y una sustancia extraña que parecía exudar de tus manos y el golpe fue tan fuerte que incluso uno de sus guantes, con el que te había atacado salió volando. Xiang Qi abrió los ojos con sorpresa, demasiado tarde para reaccionar.
Incluso a través de su defensa, el daño fue claro. Una oleada de calor abrasador le recorrió los brazos, subiendo hasta el pecho, como si una llama invisible lo estuviera sofocando desde dentro. La boca del joven se tensó en un gesto de dolor involuntario mientras retrocedía con torpeza y entendió que ese calor que lo estaba quemando por dentro, venía de tu golpe, un golpe que no era, de ninguna manera, el de un simple soldado raso.
—¿¡ACASO HAS VISTO QUE TENGO UN ARMA!? ¡ESE VIEJO SE MURIÓ SOLO! — gritó Xiang Qi, respondiendo a tus palabras con una mezcla de furia y burla. La sonrisa que se abrió en su rostro fue amplia, grotesca, casi orgullosa. Sí, tu golpe le dolió, eso era evidente por el temblor en sus brazos y la forma en que intentaba recuperar el aliento, pero el ver que la muerte del anciano te afectó, eso, para él, era una victoria personal, un triunfo retorcido de un joven que parece haber sido consumido por el mal.
Era como si la tragedia del viejo fuera un trofeo que colgaba en su ego, una demostración de que podía sacudir tus emociones, arrastrarte a su terreno, quebrar esa imagen de control que la marina tanto presume y mientras sonríe, jadeando, con los antebrazos aun ardiendo por tu golpe, queda claro que Xiang Qi no está luchando solo por su hermano, también está luchando por el placer de verte perder la calma.
En cuanto tu espalda chocó contra el árbol, Xiang Qi reaccionó al instante. Su cuerpo se impulsó con una agilidad casi animal, saltando cinco metros en dirección al guante que había perdido, cayó de rodillas, lo agarró con rapidez y se lo colocó de un tirón, como si el mero acto de equiparlo le devolviera parte de su confianza y entonces lo hizo otra vez, levantó la mano, ese mismo gesto de antes, exacto, idéntico al que realizó antes del primer disparo y apenas un suspiro después, ni siquiera un segundo completo, otro disparo cortó el aire.
El estruendo rebotó entre las paredes blancas del pueblo, clavándose en los oídos de todos los presentes. Inmediatamente, las personas comenzaron a mirar hacia todos los rincones, hacia los tejados, hacia el faro, buscando con desesperación a la nueva víctima, al siguiente cuerpo que caería sin que nadie pudiera evitarlo y mientras el caos se reanudaba, la sonrisa de Xiang Qi se hacía más grande y caminó tres metros despacio hacia adelante. Su rostro pintaba una sonrisa que no tenía nada de humana, una sonrisa que delataba que él sabía exactamente dónde estaba la persona que disparaba, una sonrisa que revelaba que esto no era un accidente.
—¿Qué me acerque yo? Creo que no entiendes que el que está en desventaja eres tú, mono flaco. — El disparo sonó justo después de sus palabras. Esta vez la bala alcanzó a un chico joven, no a un anciano agotado por los años, sino a un adolescente que no debía ser mucho mayor, si acaso que el propio Xiang Qi. Al tirador parecía no importarle en lo absoluto, no había patrón, no había intención visible, no sabías si elegía a sus víctimas o simplemente disparaba al azar. Lo único claro era el resultado, el proyectil entró por el hombro del muchacho y salió limpiamente, dejando un chorro de sangre antes de incrustarse en una pared a quince metros de donde estabas. El chico cayó de inmediato, gritando entre dientes, mientras la multitud retrocedía presa del pánico.
El muchacho cayó de rodillas sosteniéndose el hombro, gritando entre dientes mientras la sangre corría entre sus dedos. El eco del disparo todavía vibraba entre las casas y los árboles, y por un instante todo el mundo se congeló. No había llanto, no había súplicas, sólo esa variedad de terror que se transforma en silencio porque nadie quiere ser el próximo. Xiang Qi, por su parte, parecía alimentarse de ese mismo silencio. Su sonrisa, amplísima y torcida, brillaba como una herida nueva en su cara. Le temblaba la mano del puro gusto de ver cómo todos miraban a su alrededor buscando un tirador que no tenía rostro. Él sabía exactamente dónde estaba, o al menos sabía cómo provocarlo y eso le bastaba.
—¿Viste eso, mono flaco? —dijo sin apartar la vista del adolescente herido, como si la víctima fuera un trofeo recién obtenido —Tú no eres el que decide quién cae. Ella lo hace. Yo sólo le digo cuándo. — El gesto con la mano seguía allí, suspendido, como si estuviera conectado a la respiración de alguien que observaba desde las sombras. —Mátame y ella dejará de disparar. — Enji podía sentir cómo el ambiente cambiaba, la gente retrocedía, algunos se escondían detrás de piedras, muros, postes, lo que fuera, pero nadie corría.
Incluso a través de su defensa, el daño fue claro. Una oleada de calor abrasador le recorrió los brazos, subiendo hasta el pecho, como si una llama invisible lo estuviera sofocando desde dentro. La boca del joven se tensó en un gesto de dolor involuntario mientras retrocedía con torpeza y entendió que ese calor que lo estaba quemando por dentro, venía de tu golpe, un golpe que no era, de ninguna manera, el de un simple soldado raso.
—¿¡ACASO HAS VISTO QUE TENGO UN ARMA!? ¡ESE VIEJO SE MURIÓ SOLO! — gritó Xiang Qi, respondiendo a tus palabras con una mezcla de furia y burla. La sonrisa que se abrió en su rostro fue amplia, grotesca, casi orgullosa. Sí, tu golpe le dolió, eso era evidente por el temblor en sus brazos y la forma en que intentaba recuperar el aliento, pero el ver que la muerte del anciano te afectó, eso, para él, era una victoria personal, un triunfo retorcido de un joven que parece haber sido consumido por el mal.
Era como si la tragedia del viejo fuera un trofeo que colgaba en su ego, una demostración de que podía sacudir tus emociones, arrastrarte a su terreno, quebrar esa imagen de control que la marina tanto presume y mientras sonríe, jadeando, con los antebrazos aun ardiendo por tu golpe, queda claro que Xiang Qi no está luchando solo por su hermano, también está luchando por el placer de verte perder la calma.
En cuanto tu espalda chocó contra el árbol, Xiang Qi reaccionó al instante. Su cuerpo se impulsó con una agilidad casi animal, saltando cinco metros en dirección al guante que había perdido, cayó de rodillas, lo agarró con rapidez y se lo colocó de un tirón, como si el mero acto de equiparlo le devolviera parte de su confianza y entonces lo hizo otra vez, levantó la mano, ese mismo gesto de antes, exacto, idéntico al que realizó antes del primer disparo y apenas un suspiro después, ni siquiera un segundo completo, otro disparo cortó el aire.
Pose de Xiang Qi antes de cada disparo
El estruendo rebotó entre las paredes blancas del pueblo, clavándose en los oídos de todos los presentes. Inmediatamente, las personas comenzaron a mirar hacia todos los rincones, hacia los tejados, hacia el faro, buscando con desesperación a la nueva víctima, al siguiente cuerpo que caería sin que nadie pudiera evitarlo y mientras el caos se reanudaba, la sonrisa de Xiang Qi se hacía más grande y caminó tres metros despacio hacia adelante. Su rostro pintaba una sonrisa que no tenía nada de humana, una sonrisa que delataba que él sabía exactamente dónde estaba la persona que disparaba, una sonrisa que revelaba que esto no era un accidente.
—¿Qué me acerque yo? Creo que no entiendes que el que está en desventaja eres tú, mono flaco. — El disparo sonó justo después de sus palabras. Esta vez la bala alcanzó a un chico joven, no a un anciano agotado por los años, sino a un adolescente que no debía ser mucho mayor, si acaso que el propio Xiang Qi. Al tirador parecía no importarle en lo absoluto, no había patrón, no había intención visible, no sabías si elegía a sus víctimas o simplemente disparaba al azar. Lo único claro era el resultado, el proyectil entró por el hombro del muchacho y salió limpiamente, dejando un chorro de sangre antes de incrustarse en una pared a quince metros de donde estabas. El chico cayó de inmediato, gritando entre dientes, mientras la multitud retrocedía presa del pánico.
El muchacho cayó de rodillas sosteniéndose el hombro, gritando entre dientes mientras la sangre corría entre sus dedos. El eco del disparo todavía vibraba entre las casas y los árboles, y por un instante todo el mundo se congeló. No había llanto, no había súplicas, sólo esa variedad de terror que se transforma en silencio porque nadie quiere ser el próximo. Xiang Qi, por su parte, parecía alimentarse de ese mismo silencio. Su sonrisa, amplísima y torcida, brillaba como una herida nueva en su cara. Le temblaba la mano del puro gusto de ver cómo todos miraban a su alrededor buscando un tirador que no tenía rostro. Él sabía exactamente dónde estaba, o al menos sabía cómo provocarlo y eso le bastaba.
—¿Viste eso, mono flaco? —dijo sin apartar la vista del adolescente herido, como si la víctima fuera un trofeo recién obtenido —Tú no eres el que decide quién cae. Ella lo hace. Yo sólo le digo cuándo. — El gesto con la mano seguía allí, suspendido, como si estuviera conectado a la respiración de alguien que observaba desde las sombras. —Mátame y ella dejará de disparar. — Enji podía sentir cómo el ambiente cambiaba, la gente retrocedía, algunos se escondían detrás de piedras, muros, postes, lo que fuera, pero nadie corría.
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