12-12-2025, 10:20 PM
—Todos están hablando de eso. No hay un solo alma que no quiera saber qué es esa reliquia que trajo el más joven de los Legrand —comentó un hombre de gran estómago, vestido con ropas elegantes y luciendo un monóculo que brillaba con la luz del atardecer.
—Dicen que costó una fortuna. Si pudiera ponerle las manos encima, yo mismo evaluaría su verdadero valor —añadió un anciano igualmente bien ataviado. Su bigote extravagante, acompañado de una barba perfectamente uniforme, le daba un aire de excéntrico coleccionista.
El tercero de los presentes, apoyado con elegancia frente a la mesa del buffet, sonrió con una confianza casi insultante. Era joven, de poco más de veinte años, rostro casi perfecto y una delgada cicatriz en la mejilla izquierda que, lejos de restarle atractivo, parecía acentuarlo. —Pues yo sí me pondré manos a la obra. Esa reliquia será de la familia Gundalf, tarde o temprano. Ya lo verán y lo mejor de todo es que no tendré que mover ni un dedo —dijo con una seguridad que hacía evidente que tenía un plan o, al menos, creía tenerlo.
Es en ese momento cuando tú entras en escena. Vestido con atuendos propios de un noble menor suficientemente elegantes para pasar desapercibido entre la élite, pero sin el prestigio que ostentan las grandes familias, te mezclas con el grupo como si fueses uno más. Desde esa posición privilegiada, alcanzas a captar cada palabra de la conversación. Todos han dicho algo relevante, cada cual, con sus propias teorías y deseos, pero hay algo que llama especialmente tu atención. El más joven del trío, el de la familia Gundalf, no solo hablaba con seguridad, sus ojos reflejaban la intención clara de alguien que ya tiene un plan trazado. No expresaba simples deseos o fantasías de poder; lo suyo sonaba a certeza. Mientras los demás especulan, él parece dispuesto a tomar la reliquia y, lo que es peor, sin mover un solo dedo.
—Hohoho—El anciano del bigote excéntrico soltó una risa profunda, casi musical, ante el comentario del más joven. Su bigote se arqueó con elegancia cuando alzó el mentón para mirarlo desde arriba —Guillermo, sobrevaloras demasiado a esos ladronzuelos de poca monta que emplea la familia Gundalf. — Lo dijo con brevedad, sí, pero cada una de sus palabras cayó con la precisión cortante de una hoja bien afilada.
—¡YAGAGAGAGA! —El hombre de la prominente panza estalló en carcajadas, como si las palabras del anciano hubieran golpeado directamente la caja de resonancia de su humor. Su risa reverberó entre los presentes antes de que recuperara el aliento para hablar—Antes de que uno de tus ladronzuelos ponga un pie frente a la mansión Legrand, ya estaría hecho trizas por sus guardias. — Había una seguridad aplastante en su tono. No era una exageración ni un simple rumor, ambos parecían estar plenamente al tanto del férreo sistema de protección que rodeaba la mansión Legrand.
Entonces comprendes que este es el momento perfecto para intervenir, permanecer demasiado tiempo de pie, escuchando tan de cerca, sería una torpeza imperdonable, estos nobles orgullosos, desconfiados y tan rápidos para juzgar como para condenar, no dudarían en señalarte como un intruso si notaran algo fuera de lugar y aquí, en el corazón del Norte de Sorbet, un solo paso en falso podría significar tu arresto o tu muerte.
—Dicen que costó una fortuna. Si pudiera ponerle las manos encima, yo mismo evaluaría su verdadero valor —añadió un anciano igualmente bien ataviado. Su bigote extravagante, acompañado de una barba perfectamente uniforme, le daba un aire de excéntrico coleccionista.
El tercero de los presentes, apoyado con elegancia frente a la mesa del buffet, sonrió con una confianza casi insultante. Era joven, de poco más de veinte años, rostro casi perfecto y una delgada cicatriz en la mejilla izquierda que, lejos de restarle atractivo, parecía acentuarlo. —Pues yo sí me pondré manos a la obra. Esa reliquia será de la familia Gundalf, tarde o temprano. Ya lo verán y lo mejor de todo es que no tendré que mover ni un dedo —dijo con una seguridad que hacía evidente que tenía un plan o, al menos, creía tenerlo.
Es en ese momento cuando tú entras en escena. Vestido con atuendos propios de un noble menor suficientemente elegantes para pasar desapercibido entre la élite, pero sin el prestigio que ostentan las grandes familias, te mezclas con el grupo como si fueses uno más. Desde esa posición privilegiada, alcanzas a captar cada palabra de la conversación. Todos han dicho algo relevante, cada cual, con sus propias teorías y deseos, pero hay algo que llama especialmente tu atención. El más joven del trío, el de la familia Gundalf, no solo hablaba con seguridad, sus ojos reflejaban la intención clara de alguien que ya tiene un plan trazado. No expresaba simples deseos o fantasías de poder; lo suyo sonaba a certeza. Mientras los demás especulan, él parece dispuesto a tomar la reliquia y, lo que es peor, sin mover un solo dedo.
—Hohoho—El anciano del bigote excéntrico soltó una risa profunda, casi musical, ante el comentario del más joven. Su bigote se arqueó con elegancia cuando alzó el mentón para mirarlo desde arriba —Guillermo, sobrevaloras demasiado a esos ladronzuelos de poca monta que emplea la familia Gundalf. — Lo dijo con brevedad, sí, pero cada una de sus palabras cayó con la precisión cortante de una hoja bien afilada.
—¡YAGAGAGAGA! —El hombre de la prominente panza estalló en carcajadas, como si las palabras del anciano hubieran golpeado directamente la caja de resonancia de su humor. Su risa reverberó entre los presentes antes de que recuperara el aliento para hablar—Antes de que uno de tus ladronzuelos ponga un pie frente a la mansión Legrand, ya estaría hecho trizas por sus guardias. — Había una seguridad aplastante en su tono. No era una exageración ni un simple rumor, ambos parecían estar plenamente al tanto del férreo sistema de protección que rodeaba la mansión Legrand.
Hombres hablando
Entonces comprendes que este es el momento perfecto para intervenir, permanecer demasiado tiempo de pie, escuchando tan de cerca, sería una torpeza imperdonable, estos nobles orgullosos, desconfiados y tan rápidos para juzgar como para condenar, no dudarían en señalarte como un intruso si notaran algo fuera de lugar y aquí, en el corazón del Norte de Sorbet, un solo paso en falso podría significar tu arresto o tu muerte.
Infobox
