12-12-2025, 11:29 PM
Continué el ascenso, las botas resbalando ocasionalmente en la roca húmeda por la lluvia que ahora caía con más fuerza. Había avanzado más de 300 metros (363 para ser exactos) desde el claro donde enterré a Zhakx y Soloth, situándome a aproximadamente 1363 metros de altura sobre la base del volcán. El viento aullaba, la tormenta descargaba su furia sobre Mystoria, y yo seguía subiendo. Entonces mi haki captó algo. No era como sentir las presencias de los picuchillos o cualquier otra criatura viviente que hubiera detectado antes. Esto era diferente. Más profundo. Más intenso. Dos auras, a 137 metros de distancia, casi en el límite de mi rango de detección. La primera era azul en mi percepción mental, llameante e intensa pero profundamente triste. Sentí agonía emanando de ella como olas de calor, una pena tan profunda que revolvió algo en mi estómago. Esa aura estaba deprimida, debilitada, como si le faltara fuerza vital. Como si estuviera de luto. El rugido. Era de ahí. De esa criatura. Pero la segunda aura me hizo detenerme en seco. Negra. Opaca. Turbia. Electrizante. Golpeó mi conciencia como un maremoto, chocando contra mi voluntad con una fuerza que reconocí al instante. Lo había sentido antes: con Marcia en nuestro enfrentamiento, con Sohem dos veces, con el Vicealmirante Nanashi cuando nos conocimos, y más recientemente con Karl. Esa presencia imperial, ese peso que intentaba doblegar la voluntad ajena.
El aura negra pulsaba, irrumpiendo en mi radio de detección como azotes invisibles. Sentimientos incomprensibles fluían de ella, pero por encima de todo había una orden clara, absoluta. Ríndete. Arrodíllate. Sométete ante mi superioridad. Apreté los dientes, sintiendo la presión acumularse sobre mis hombros como si llevara el peso del océano encima. Mis rodillas temblaron por un segundo, mi respiración se volvió más pesada. Reconocí esta sensación, la había experimentado antes con Marcia, con Sohem, con el Vicealmirante Nanashi, y recientemente con Karl. Esa presencia abrumadora que algunos seres excepcionalmente poderosos podían emanar. Pero no caí. Había resistido esta fuerza gracias a Karl. No me arrodillaría ahora. Las dos auras estaban juntas, en conflicto, pero armonizadas de alguna manera extraña. La azul más pequeña, opacada por la presencia abrumadora de la negra. Di un paso hacia adelante, y el aura negra desapareció completamente de mi percepción. Como si nunca hubiera estado ahí. Di otro paso, y volvió a aparecer, pero esta vez parecía que lo que fuera que emanaba esa presencia me había detectado exactamente, sabía a qué distancia estaba, en qué dirección. Me había rastreado con un solo paso. La presión volvió, pero esta vez fue diferente. Sentí algo invisible arremolinarse alrededor de mi cuello como una cadena, apretando, sofocando. El peso de grilletes fantasmas tiraba de mis muñecas hacia abajo. Por una fracción de segundo, saboreé algo amargo y metálico en mi boca, algo que mi instinto identificó como el sabor de la esclavitud, de la dominación absoluta.
Y entonces desapareció por completo. Di diez pasos más, buscando con mi haki al máximo que me podría permitir, 140 metros. Nada. El aura negra se había esfumado como si nunca hubiera existido. Pero el aura azul seguía ahí, débil, como una brasa apagada resistiendo los últimos momentos antes de extinguirse. Dos segundos de silencio. El aura azul explotó. Sentí cómo se encendía como si alguien hubiera arrojado carbón fresco sobre ascuas moribundas, transformándose en una fogata de proporciones gigantescas. Sentí su dolor, y después su furia. Furia ardiente, abrasadora, que quemaba todo lo que tocaba. El aura azul se movía. Hacia mí. Rápido. No lo pensé. Mis piernas reaccionaron por instinto. Corrí. No hacia abajo, no alejándome. Corrí colina arriba, directamente hacia donde había detectado las dos auras. Mis botas golpeaban la roca volcánica con fuerza, salpicando agua de lluvia y ceniza con cada zancada. El terreno era empinado, traicionero, pero no me importó. Salté sobre una grieta de 2 metros de ancho, aterricé en una roca inclinada, seguí corriendo. El aura azul se acercaba. Podía sentirla en mi haki, una presencia masiva moviéndose a través del terreno. La distancia se reducía… 130 metros… 120 metros… 110 metros. El rugido resonó nuevamente, pero esta vez no era un lamento. Era un grito de guerra que hizo eco contra las paredes del volcán y se mezcló con el trueno de la tormenta. Seguí corriendo hacia arriba, hasta llegar a 1500 metros de altura, hacia la criatura agonizante y furiosa que me había encontrado. Mi corazón latía con fuerza, no de miedo sino de determinación. Fuera lo que fuera, herido o no, venía hacia mí con intenciones claras. Y yo corría directamente hacia él.
La tormenta rugía. El volcán temblaba. Y en algún lugar más arriba, oculta, la segunda criatura observaba. 100 metros. 90 metros. 80 metros.
Pronto nos encontraríamos cara a cara.
El aura negra pulsaba, irrumpiendo en mi radio de detección como azotes invisibles. Sentimientos incomprensibles fluían de ella, pero por encima de todo había una orden clara, absoluta. Ríndete. Arrodíllate. Sométete ante mi superioridad. Apreté los dientes, sintiendo la presión acumularse sobre mis hombros como si llevara el peso del océano encima. Mis rodillas temblaron por un segundo, mi respiración se volvió más pesada. Reconocí esta sensación, la había experimentado antes con Marcia, con Sohem, con el Vicealmirante Nanashi, y recientemente con Karl. Esa presencia abrumadora que algunos seres excepcionalmente poderosos podían emanar. Pero no caí. Había resistido esta fuerza gracias a Karl. No me arrodillaría ahora. Las dos auras estaban juntas, en conflicto, pero armonizadas de alguna manera extraña. La azul más pequeña, opacada por la presencia abrumadora de la negra. Di un paso hacia adelante, y el aura negra desapareció completamente de mi percepción. Como si nunca hubiera estado ahí. Di otro paso, y volvió a aparecer, pero esta vez parecía que lo que fuera que emanaba esa presencia me había detectado exactamente, sabía a qué distancia estaba, en qué dirección. Me había rastreado con un solo paso. La presión volvió, pero esta vez fue diferente. Sentí algo invisible arremolinarse alrededor de mi cuello como una cadena, apretando, sofocando. El peso de grilletes fantasmas tiraba de mis muñecas hacia abajo. Por una fracción de segundo, saboreé algo amargo y metálico en mi boca, algo que mi instinto identificó como el sabor de la esclavitud, de la dominación absoluta.
Y entonces desapareció por completo. Di diez pasos más, buscando con mi haki al máximo que me podría permitir, 140 metros. Nada. El aura negra se había esfumado como si nunca hubiera existido. Pero el aura azul seguía ahí, débil, como una brasa apagada resistiendo los últimos momentos antes de extinguirse. Dos segundos de silencio. El aura azul explotó. Sentí cómo se encendía como si alguien hubiera arrojado carbón fresco sobre ascuas moribundas, transformándose en una fogata de proporciones gigantescas. Sentí su dolor, y después su furia. Furia ardiente, abrasadora, que quemaba todo lo que tocaba. El aura azul se movía. Hacia mí. Rápido. No lo pensé. Mis piernas reaccionaron por instinto. Corrí. No hacia abajo, no alejándome. Corrí colina arriba, directamente hacia donde había detectado las dos auras. Mis botas golpeaban la roca volcánica con fuerza, salpicando agua de lluvia y ceniza con cada zancada. El terreno era empinado, traicionero, pero no me importó. Salté sobre una grieta de 2 metros de ancho, aterricé en una roca inclinada, seguí corriendo. El aura azul se acercaba. Podía sentirla en mi haki, una presencia masiva moviéndose a través del terreno. La distancia se reducía… 130 metros… 120 metros… 110 metros. El rugido resonó nuevamente, pero esta vez no era un lamento. Era un grito de guerra que hizo eco contra las paredes del volcán y se mezcló con el trueno de la tormenta. Seguí corriendo hacia arriba, hasta llegar a 1500 metros de altura, hacia la criatura agonizante y furiosa que me había encontrado. Mi corazón latía con fuerza, no de miedo sino de determinación. Fuera lo que fuera, herido o no, venía hacia mí con intenciones claras. Y yo corría directamente hacia él.
La tormenta rugía. El volcán temblaba. Y en algún lugar más arriba, oculta, la segunda criatura observaba. 100 metros. 90 metros. 80 metros.
Pronto nos encontraríamos cara a cara.
Resumen
Haki
Off

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