13-12-2025, 11:18 AM
La escuché con esa media sonrisa que me sale sola cuando Kay intenta hacerse la dura y la responsable a la vez. Era tierna. Tierna de una forma que jamás le admitiría a la cara, porque seguramente intentaría morderme para compensar, o congelarme tal vez un mechón del pelo, que la conozco, y tiene de tierna lo mismo que de mala hostia. Gélida y cálida a partes iguales; si bien tenía la intuición de que era más cálida que gélida, ¡y ya es decir! Pues si es capaz de construir una mini-casa para alguien recién llegado, ¿qué no será capaz de hacer por alguien a quien verdaderamente ama? Se me ponían los pelos de punta con solo pensarlo.
— ¿Tú? ¿Inquieta? Qué va, mujer… si solo te he visto dar vueltas por todo el barco como si te persiguiera un puma hambriento, ¡y mira que no hay muchas posibilidades de que aquí te persiga un puma hambriento! —comenté, llevándome una mano al pecho en gesto dramático mientras avanzaba hacia mi pequeña casita.
El aire olía a madera recién cortada, al musgo húmedo que Kay había dejado en los bordes para “que encaje con la isla”, y al leve rastro helado que siempre la seguía sin que ella fuese consciente. Me giré hacia ella, ladeando un poco la cabeza.
— Pero oye… que me dediques cinco minutos de atención ya es un lujo, como entenderás valoro cada pequeño detalle —añadí, guiñándole un ojo.
Cuando mencionó lo de preocuparse demasiado, dejé caer los hombros en un gesto suave—. Mira, Kay… que te preocupes mucho no es malo. Malo es que no lo hagas. Y créeme, peor es sentir que no le importas a nadie. Tú eres todo lo contrario —dije con voz más bajita, mientras abandonaba la pequeña casa para ir junto a ella a por esa bebida fría—. Eres intensa, quizás. Protectora, también. ¿Agobiante? Bueno… depende de si nos gusta que nos quieran —le di un toquecito en el brazo tras dar un pequeño salto para poder dar ese golpe, sin fuerza, sin malicia, tan solo llamar su atención—. Y en mi caso, cariño, me encanta.
La mención del tripulante muerto me pilló en mitad de la vuelta a tierra (o madera), así que me quedé quieta. No me puse triste, pero sí seria. El tipo de seriedad que te sale cuando respetas el dolor ajeno—. Ya me lo imagino… Cuando alguien importante se va, no todo lo que se siente tiene que ser tristeza —murmuré, reflexiva, no era quién para hablar de una muerte personal pues aunque convivía con ella, no había sufrido aún ninguna muerte cercana—. Por fortuna o desgracia la vida es más compleja que solo tristeza o solo pérdidas. Igual que a veces una muerte es más compleja que reducirla a un simple balazo, pudiendo haber más fallos.
Intenté suavizarlo al instante, porque no quería hundirla en nostalgia. Así que me acerqué al bajo de su ropa, la tomé del bajo de la tela para tirar de ella, como un elefante bebé que se agarra a la cola de su madre. Ella ofreció beber algo juntas, y el corazón me dio un pequeño vuelco, de esos tontos que no admites ni bajo tortura—. Una cerveza pinta bien… pero si la traes tú sabe mejor —dije, sonriendo con descaro—. Y si viene fría, más aún. Que yo calentar bebidas no sé, pero calentar ambientes… bueno, eso sí —le saqué la lengua de forma juguetona y me metí dentro para que me siguiera—. ¡Aunque advierto que la cerveza me sube rápido!
Me reí, ligera, mientras me giraba para revisar la casa improvisada por el rabillo del ojo que Kay había hecho para mí, como si fuese lo más normal del mundo tener a una mujer de hielo trayéndome cerveza después de entregarme una casita de madera—. Si me haces más regalos así, al final voy a tener que plantearme escribirte un poema o algo. Y créeme, nadie sobrevive a eso. Podría ser devastador para tu reputación.
Solté el borde de su ropa por ningún motivo en particular, cruzando los brazos. Me acerqué a la entrada de la casita, porque por lo obvio quería disfrutar de la bebida en mi nuevo jardín—. ¡Venga! Muévete. Que como tardes demasiado, igual me da por empezar a decorar esta casita sin tu supervisión, y luego no quiero escuchar que si “Alana, eso no pega”, que si “Alana, la mesa no va ahí”, que si “Alana, deja de colgar cosas brillantes del techo”.
La señalé con el dedo índice, arqueando una ceja con diversión.
— ¿O es que tienes miedo de dejarme sola y que convierta este sitio en un cabaret tropical? Porque aviso: tengo cintas, tengo flores, y tengo talento para el drama —me giré con un giro gracioso, levantando la mano en un gesto teatral mientras caminaba por el interior—. Así que tú decides, ¿me traes esa cerveza antes de que la liemos o quieres arriesgarte a ver qué hace una princesa desocupada con una casa recién estrenada?
La provocación quedó servida, apetitosa, lista para que Kay la mordiera o por lo menos se riera de ella.
— ¿Tú? ¿Inquieta? Qué va, mujer… si solo te he visto dar vueltas por todo el barco como si te persiguiera un puma hambriento, ¡y mira que no hay muchas posibilidades de que aquí te persiga un puma hambriento! —comenté, llevándome una mano al pecho en gesto dramático mientras avanzaba hacia mi pequeña casita.
El aire olía a madera recién cortada, al musgo húmedo que Kay había dejado en los bordes para “que encaje con la isla”, y al leve rastro helado que siempre la seguía sin que ella fuese consciente. Me giré hacia ella, ladeando un poco la cabeza.
— Pero oye… que me dediques cinco minutos de atención ya es un lujo, como entenderás valoro cada pequeño detalle —añadí, guiñándole un ojo.
Cuando mencionó lo de preocuparse demasiado, dejé caer los hombros en un gesto suave—. Mira, Kay… que te preocupes mucho no es malo. Malo es que no lo hagas. Y créeme, peor es sentir que no le importas a nadie. Tú eres todo lo contrario —dije con voz más bajita, mientras abandonaba la pequeña casa para ir junto a ella a por esa bebida fría—. Eres intensa, quizás. Protectora, también. ¿Agobiante? Bueno… depende de si nos gusta que nos quieran —le di un toquecito en el brazo tras dar un pequeño salto para poder dar ese golpe, sin fuerza, sin malicia, tan solo llamar su atención—. Y en mi caso, cariño, me encanta.
La mención del tripulante muerto me pilló en mitad de la vuelta a tierra (o madera), así que me quedé quieta. No me puse triste, pero sí seria. El tipo de seriedad que te sale cuando respetas el dolor ajeno—. Ya me lo imagino… Cuando alguien importante se va, no todo lo que se siente tiene que ser tristeza —murmuré, reflexiva, no era quién para hablar de una muerte personal pues aunque convivía con ella, no había sufrido aún ninguna muerte cercana—. Por fortuna o desgracia la vida es más compleja que solo tristeza o solo pérdidas. Igual que a veces una muerte es más compleja que reducirla a un simple balazo, pudiendo haber más fallos.
Intenté suavizarlo al instante, porque no quería hundirla en nostalgia. Así que me acerqué al bajo de su ropa, la tomé del bajo de la tela para tirar de ella, como un elefante bebé que se agarra a la cola de su madre. Ella ofreció beber algo juntas, y el corazón me dio un pequeño vuelco, de esos tontos que no admites ni bajo tortura—. Una cerveza pinta bien… pero si la traes tú sabe mejor —dije, sonriendo con descaro—. Y si viene fría, más aún. Que yo calentar bebidas no sé, pero calentar ambientes… bueno, eso sí —le saqué la lengua de forma juguetona y me metí dentro para que me siguiera—. ¡Aunque advierto que la cerveza me sube rápido!
Me reí, ligera, mientras me giraba para revisar la casa improvisada por el rabillo del ojo que Kay había hecho para mí, como si fuese lo más normal del mundo tener a una mujer de hielo trayéndome cerveza después de entregarme una casita de madera—. Si me haces más regalos así, al final voy a tener que plantearme escribirte un poema o algo. Y créeme, nadie sobrevive a eso. Podría ser devastador para tu reputación.
Solté el borde de su ropa por ningún motivo en particular, cruzando los brazos. Me acerqué a la entrada de la casita, porque por lo obvio quería disfrutar de la bebida en mi nuevo jardín—. ¡Venga! Muévete. Que como tardes demasiado, igual me da por empezar a decorar esta casita sin tu supervisión, y luego no quiero escuchar que si “Alana, eso no pega”, que si “Alana, la mesa no va ahí”, que si “Alana, deja de colgar cosas brillantes del techo”.
La señalé con el dedo índice, arqueando una ceja con diversión.
— ¿O es que tienes miedo de dejarme sola y que convierta este sitio en un cabaret tropical? Porque aviso: tengo cintas, tengo flores, y tengo talento para el drama —me giré con un giro gracioso, levantando la mano en un gesto teatral mientras caminaba por el interior—. Así que tú decides, ¿me traes esa cerveza antes de que la liemos o quieres arriesgarte a ver qué hace una princesa desocupada con una casa recién estrenada?
La provocación quedó servida, apetitosa, lista para que Kay la mordiera o por lo menos se riera de ella.
