14-12-2025, 12:17 AM
(Última modificación: 14-12-2025, 12:18 AM por Maria Merlot.)
Narrador / María Merlot
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Tranquilo.
Costero.
Felicidad.
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Tranquilo.
Costero.
Felicidad.
Esas tres palabras definían el momento de la mujer de cabellera celeste, quien había apagado a los grillos en su cabeza enfocándose en la importante tarea de construir el mejor castillo de arena que esa playa escondida en Whisky Peak hubiera visto jamás. Ella adoraba todo lo que tuviera que ver con el mar, el sonido la relajaba, el aroma la embriagaba. Siempre que hubiera agua cerca, y más del inmenso océano, la semi sirena sería feliz, más feliz que nadie. Su obra de arquitectura… estaba siendo algo abstracta, no tenía la forma que su cabeza trazó, hasta ahora solo tenía una torre… algo chueca pero sí seguiá trabajando en ello, lograría la fortaleza que su imaginación ideo.
El sol besaba su piel, y sus largas hebras se movían al compás de la brisa. Su voz entonaba una suave canción, y en ese momento nada le preocupaba, nada la atormentaba… aunque lo cierto era que, pocas veces algo la inquietaba porque había aprendido a enterrar las preocupaciones del mundo de los cuerdos en las profundidades del mundo de los locos. Fue una habilidad que adquirió hace mucho tiempo, que su mente girara a miles de revoluciones para no permitir que aquello que no podía controlar tomara el control, la hundiera y la llevará hasta su fin. Hubo una época dónde su único refugio real fue su mente, donde internarse en sus pensamientos y desconectarse de la realidad le permitió… ignorar la cruel realidad que aprisionaba su cuerpo, que gobernaba su vida. Ahora, y poco a poco, todo iba cambiando, las personas evolucionaban y ella no sería la excepción, podían tildarla de loca, pero ella sabía que se necesita mucha locura para soportar tanta “normalidad”.
El sol besaba su piel, y sus largas hebras se movían al compás de la brisa. Su voz entonaba una suave canción, y en ese momento nada le preocupaba, nada la atormentaba… aunque lo cierto era que, pocas veces algo la inquietaba porque había aprendido a enterrar las preocupaciones del mundo de los cuerdos en las profundidades del mundo de los locos. Fue una habilidad que adquirió hace mucho tiempo, que su mente girara a miles de revoluciones para no permitir que aquello que no podía controlar tomara el control, la hundiera y la llevará hasta su fin. Hubo una época dónde su único refugio real fue su mente, donde internarse en sus pensamientos y desconectarse de la realidad le permitió… ignorar la cruel realidad que aprisionaba su cuerpo, que gobernaba su vida. Ahora, y poco a poco, todo iba cambiando, las personas evolucionaban y ella no sería la excepción, podían tildarla de loca, pero ella sabía que se necesita mucha locura para soportar tanta “normalidad”.
“Disculpa, señorita”
El suave canto que brotaba de sus labios se detuvo cuando una voz masculina se superpuso a la de ella. María estaba “en cuatro patas”, es decir, con las rodillas y la mano izquierda sobre la arena mientras con la diestra continuaba dándole forma a la segunda torre de su construcción. Fue así, en esa posición, que alzó la mirada hacia el invitado inesperado encontrándose con… uno de los hombres con los que compartió el naufragio, aquel de alas blancas. Sus labios formaron primeramente una perfecta “O”, por la sorpresa de aquel encuentro, considerando que la forma en que “se conocieron” fue una de las más caóticas que ella recordaría jamás.
“¿Usted será uno de los naufragados del barco comercial?”
La confirmación del hombre, hizo que la “O” cambiará a una leve sonrisa. Y una idea traviesa pasó por su mente, aunque la descarto enseguida… iba a decirle que “No” pero hasta ella sabía que aquel evento había dejado muchas heridas, y no todos eran como ella, no todos guardaban sus… “cosas” en las profundidades, habían quienes nunca olvidaban y sufrían día a día por ello. La chica tomó una posición más cómoda, sentándose sobre sus rodillas mientras con la muñeca de la mano derecha se apartaba el cabello de la cara, no lo hizo con la mano porque las tenía llenas de arena.
— Claro que sí — respondió con su habitual voz suave y encantadora, llevando esta vez la mano a la barbilla como si pensara, y si, olvidó que la tenía llena de arena así que quedó impregnada en su piel, pero no restaba a su belleza, solo sumaba a su atractivo natural — … y tu también, te recuerdo. Tienes un gigante, solo que el tuyo tiene el cabello negro, y el nuestro tan rojo como una manzana madura… como esas con las que Bonita hace tartas como postre ¿Te gustan las manzanas? ¿O te gustan más las fresas, tomates, cerezas o grosellas? — empezó a divagar con su manera extrovertida de ser, algo muy común en ella. Curiosamente había visto al gigante de cabello negro 2 veces…, a diferencia del hombre alado, aquella masa de 20 metros no pasaba desapercibida ¿Cuales dos veces? 1. En el reciente naufragio, y 2. En el muelle antes de partir al evento catastrófico — Ven, ayúdame a construir mi castillo y luego puedo ayudarte a construir el tuyo… o acompañarte a estar en la playa, o enseñarte a nadar, soy muy buena nadando — le propuso mirándolo a sus orbes oscuros, totalmente opuestos a los suyos ámbar claros, mientras le sonreía con simpatía. Él hombre tenía una expresión cansada, con ojeras… ¿Estaría enfermo? ¿Debería llevarlo con Algodón de Azúcar? No lo sabia, pero si se quedaba podía descubrirlo e intentar ayudarlo — … quiero que sea grande, con cuatro torres, y una cúpula central, alrededor debe tener un río que impida a cangrejos invasores apoderarse de nuestra fortaleza… y adentro una piscina para que la sirena pueda nadar… y en lo más alto de la cúpula central un espacio donde alguien con alas y sus amigos puedan llegar… — le empezó a explicar qué hacía con entusiasmo, claro, solo llevaba una torre y nada más pero apenas iba comenzando. Tal vez si él la ayudaba, ella podría alcanzar lo que imagino que sería, y más aún ahora que había anexado algo para un habitante alado, justo como él.
No sabía la decisión que tomaría el hombre, pero ella volvió a enfocarse en el castillo intentando levantar esa escurridiza segunda torre. María no era una persona desconfiada, sino todo lo contrario, y eso siempre le había pasado factura, algún día aprendería pero ese día no era hoy; así que le continuó hablando al hombre como si fueran amigos — … ¿Sabes? El gigante, el tuyo, no el mío… hizo feliz a un niño en el muelle... ¡Hubieras visto su cara de sorpresa y luego su sonrisa llena de fascinación! — empezó a contarle lo que ella había observado cuando hacían la cola para comprar el boleto del barco comercial; mientras hablaba, con sus manos juntaba la arena apilandola para que la segunda torre quedará mejor que la primera, o como mínimo igual que la misma.
— Claro que sí — respondió con su habitual voz suave y encantadora, llevando esta vez la mano a la barbilla como si pensara, y si, olvidó que la tenía llena de arena así que quedó impregnada en su piel, pero no restaba a su belleza, solo sumaba a su atractivo natural — … y tu también, te recuerdo. Tienes un gigante, solo que el tuyo tiene el cabello negro, y el nuestro tan rojo como una manzana madura… como esas con las que Bonita hace tartas como postre ¿Te gustan las manzanas? ¿O te gustan más las fresas, tomates, cerezas o grosellas? — empezó a divagar con su manera extrovertida de ser, algo muy común en ella. Curiosamente había visto al gigante de cabello negro 2 veces…, a diferencia del hombre alado, aquella masa de 20 metros no pasaba desapercibida ¿Cuales dos veces? 1. En el reciente naufragio, y 2. En el muelle antes de partir al evento catastrófico — Ven, ayúdame a construir mi castillo y luego puedo ayudarte a construir el tuyo… o acompañarte a estar en la playa, o enseñarte a nadar, soy muy buena nadando — le propuso mirándolo a sus orbes oscuros, totalmente opuestos a los suyos ámbar claros, mientras le sonreía con simpatía. Él hombre tenía una expresión cansada, con ojeras… ¿Estaría enfermo? ¿Debería llevarlo con Algodón de Azúcar? No lo sabia, pero si se quedaba podía descubrirlo e intentar ayudarlo — … quiero que sea grande, con cuatro torres, y una cúpula central, alrededor debe tener un río que impida a cangrejos invasores apoderarse de nuestra fortaleza… y adentro una piscina para que la sirena pueda nadar… y en lo más alto de la cúpula central un espacio donde alguien con alas y sus amigos puedan llegar… — le empezó a explicar qué hacía con entusiasmo, claro, solo llevaba una torre y nada más pero apenas iba comenzando. Tal vez si él la ayudaba, ella podría alcanzar lo que imagino que sería, y más aún ahora que había anexado algo para un habitante alado, justo como él.
No sabía la decisión que tomaría el hombre, pero ella volvió a enfocarse en el castillo intentando levantar esa escurridiza segunda torre. María no era una persona desconfiada, sino todo lo contrario, y eso siempre le había pasado factura, algún día aprendería pero ese día no era hoy; así que le continuó hablando al hombre como si fueran amigos — … ¿Sabes? El gigante, el tuyo, no el mío… hizo feliz a un niño en el muelle... ¡Hubieras visto su cara de sorpresa y luego su sonrisa llena de fascinación! — empezó a contarle lo que ella había observado cuando hacían la cola para comprar el boleto del barco comercial; mientras hablaba, con sus manos juntaba la arena apilandola para que la segunda torre quedará mejor que la primera, o como mínimo igual que la misma.
Al recordar al niño, no prestó atención a la punzada de dolor en su pecho (aunque en sus ojos por un momento brilló el dolor de la pérdida, y más de una tan joven), porque sabía que pocos habían sobrevivido… aquello fue una masacre, una masacre que ella no entendía… ella era ignorante para esas cosas, por eso prefería, como era habitual, no pensar mucho en ello — … fue difícil no verlo, estábamos en la fila de al lado, como a diez personas por atrás… ¡También me hubiera sorprendido de ver a alguien tan grande! Pero como tenemos a Thrym-sama, veo todos los días a un gigante. A ti si que no te vi en el muelle… ¿ibas escondido dentro de su ropa? — le cuestiono con genuino interés, a veces el gigante pelirrojo metía cosas en sus bolsillos, hasta ella podría ir oculta ahí.
karmas
Karma Fanático: Hyakinthos.
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