14-12-2025, 07:58 PM
Un disparo, un chasquido, y todo cambió para siempre. El marine había visto herido su orgullo y es por ese motivo que quiso acabar con aquella bella mujer que se había enfrentado a él. Era consciente de que si la dejaba marchar como si nada, tal vez una semilla caería en el fértil suelo que era la desesperación de la gente de aquel poblado. Porque a veces, solo un pequeño gesto sirve para que algo grande comience a crecer. Aquel día, podía ser una chica que le plantó cara y él no se atrevió a castigarla. Mañana, podían ser varios los que perdiesen el respeto a aquel marine. No podía fallar a sus superiores, los cuales habían confiado en él para llevar a cabo aquellas extorsiones. No podía permitirse perder su estilo de vida. Por esa misma razón, empuñó su arma una última vez.
Raposo solía sobreestimar sus capacidades, poco acostumbrado a que la gente le hiciese frente. Pensaba que lo hacían por miedo a su fuerza, sin pararse a pensar que el miedo real se lo tenían a otros. Había levantado su arma, su dedo apretó el gatillo. Sin embargo, la chica desapareció de la mira de su pistola. Como un parpadeo, al menos para sus poco entrenados reflejos, la figura frente a él se esfumó. Y acto seguido sintió un estallido en su cara. El golpe fue tan fuerte que pronto perdió la estabilidad. Comenzó a caer de espaldas, pues sus piernas ya no tenían la fuerza suficiente para sujetarlo. La vista se le apagó, no con un difuminado lento, ni volviéndose borrosa. Fue como si alguien hubiera cortado el cable que se encargaba de llevar la imagen a su cerebro. En sus oídos, el eco de la voz de su enemiga que lo llamaba salvaje. Su espalda golpeó el suelo y Raposo sabía que ya no se volvería a levantar. Estaba muerto.
El viento dejó de soplar y con él, cesó la danza que se traían las cañas de azúcar. Ya no sonaba tampoco la dulce tonada que improvisaban los habitantes de la aldea. Ni siquiera los pasos de baile de los niños de la escuela. Solo algún murmullo tímido, como si fuese pronunciado a kilómetros de distancia. Unas palabras que fueron creciendo, como la imagen de unas rocas que se precipitan colina abajo tras un desprendimiento.
—¿Es... Está muerto??
—Alejaos de ella. ¡Es una salvaje!
—¡Es el fin de Raposo! ¡Al fin somos libres! —celebraba otro.
—¿Libres? Seguro que ahora mandan a alguien peor. Y estará enfadado.
Las opiniones eran muy distintas entre sí. Incluso dentro de cada individuo, se daba una sucesión de sensaciones; alegría de haberse librado de un tirano, incertidumbre ante su futuro, miedo por la fuerza de la revolucionaria. Tan solo una persona se atrevía a estar a poca distancia de Trixxie. Ese era Ayrton, el anciano al que la revolucionaria había ayudado. El estaba ya erguido, con un gesto difícil de descifrar. Su sonrisa, aunque apagada por la edad, dejaba claro que aquello le había supuesto una liberación, como si se acabase de librar de una soga que no permitía al aire pasar por su cuello. Sin embargo, sus ojos dejaban escapar un destello de tristeza. Tristeza por algo perdido hace años.
—Esta es nuestro oportunidad —dijo el anciano dirigiéndose a sus vecinos—. Hace años que vivimos atados, humillados y explotados. Un día, Thiago, mi hijo, se enfrentó a ellos por todos nosotros, pero lo dejamos solo. Ese día fue su fin, pero también el nuestro. Hoy esta chica nos ha abierto una pequeña rendija por la que entra la esperanza —continuó con la mano extendida hacia Trixxie—. ¡Aprovechemos esta situación y recuperemos lo que es nuestro!
Y es que así es como surge normalmente el fuego. Solo hace falta una chispa para prender un campo, lleno de ramas y hojas secas, que tuvieron días mejores, pero que aún guardan una gran energía en su interior. El anciano, con lágrimas en los ojos, miró a cada uno de los presentes. Hubo quién se había escabullido para ocultarse nada más empezó su discurso. Otros, se veían paralizados por el miedo. Sin embargo, unos cuantos vitorearon las palabras del viejo. Ayrton se giró de nuevo hacia Trixxie, una enorme sonrisa dibujada en su rostro.
—Muchas gracias, joven. Hace años, los superiores de Raposo nos comenzaron a exigir dinero a cambio de protección. Mi hijo los enfrentó y acabaron con él. Desde ese día nadie se había atrevido a levantar la voz. Pero hoy... Hoy tú nos has dado fuerzas. Muchas gracias, de corazón.
El hombre mantenía sus manos cruzadas sobre el pecho y no cesaba de hacer gestos con la cabeza en señal de respeto.
—Ya has hecho mucho por nosotros. Y no se cómo decir esto, pero me gustaría contar con tu fuerza para recuperar lo que es nuestro. Si en algún momento deseas ayudarnos un poco más, ven a verme y te contaré más al respecto —sonrío y llevó una mano a su nuca—. No se ni como tengo la cara de pedirte esto.
EL anciano se agachó para terminar de levantar su puesto y continuar con su día a día habitual. Y así fue surgiendo en todo el mercado. El primero fue el viento, que comenzó a zarandear las cañas de nuevo. Más tarde, los vendedores retomaron sus ofertas a cualquiera que pasaba por delante de su puesto. Incluso el aire volvió a traer el sonido de la samba que tanto caracterizaba aquella isla. Esa samba que te arrastra. Una melodía que no permite que nadie se quede parado. Porque por muchas barreras que uno ponga, la música siempre encuentra una manera de llegar a nuestro corazón.
Raposo solía sobreestimar sus capacidades, poco acostumbrado a que la gente le hiciese frente. Pensaba que lo hacían por miedo a su fuerza, sin pararse a pensar que el miedo real se lo tenían a otros. Había levantado su arma, su dedo apretó el gatillo. Sin embargo, la chica desapareció de la mira de su pistola. Como un parpadeo, al menos para sus poco entrenados reflejos, la figura frente a él se esfumó. Y acto seguido sintió un estallido en su cara. El golpe fue tan fuerte que pronto perdió la estabilidad. Comenzó a caer de espaldas, pues sus piernas ya no tenían la fuerza suficiente para sujetarlo. La vista se le apagó, no con un difuminado lento, ni volviéndose borrosa. Fue como si alguien hubiera cortado el cable que se encargaba de llevar la imagen a su cerebro. En sus oídos, el eco de la voz de su enemiga que lo llamaba salvaje. Su espalda golpeó el suelo y Raposo sabía que ya no se volvería a levantar. Estaba muerto.
El viento dejó de soplar y con él, cesó la danza que se traían las cañas de azúcar. Ya no sonaba tampoco la dulce tonada que improvisaban los habitantes de la aldea. Ni siquiera los pasos de baile de los niños de la escuela. Solo algún murmullo tímido, como si fuese pronunciado a kilómetros de distancia. Unas palabras que fueron creciendo, como la imagen de unas rocas que se precipitan colina abajo tras un desprendimiento.
—¿Es... Está muerto??
—Alejaos de ella. ¡Es una salvaje!
—¡Es el fin de Raposo! ¡Al fin somos libres! —celebraba otro.
—¿Libres? Seguro que ahora mandan a alguien peor. Y estará enfadado.
Las opiniones eran muy distintas entre sí. Incluso dentro de cada individuo, se daba una sucesión de sensaciones; alegría de haberse librado de un tirano, incertidumbre ante su futuro, miedo por la fuerza de la revolucionaria. Tan solo una persona se atrevía a estar a poca distancia de Trixxie. Ese era Ayrton, el anciano al que la revolucionaria había ayudado. El estaba ya erguido, con un gesto difícil de descifrar. Su sonrisa, aunque apagada por la edad, dejaba claro que aquello le había supuesto una liberación, como si se acabase de librar de una soga que no permitía al aire pasar por su cuello. Sin embargo, sus ojos dejaban escapar un destello de tristeza. Tristeza por algo perdido hace años.
—Esta es nuestro oportunidad —dijo el anciano dirigiéndose a sus vecinos—. Hace años que vivimos atados, humillados y explotados. Un día, Thiago, mi hijo, se enfrentó a ellos por todos nosotros, pero lo dejamos solo. Ese día fue su fin, pero también el nuestro. Hoy esta chica nos ha abierto una pequeña rendija por la que entra la esperanza —continuó con la mano extendida hacia Trixxie—. ¡Aprovechemos esta situación y recuperemos lo que es nuestro!
Y es que así es como surge normalmente el fuego. Solo hace falta una chispa para prender un campo, lleno de ramas y hojas secas, que tuvieron días mejores, pero que aún guardan una gran energía en su interior. El anciano, con lágrimas en los ojos, miró a cada uno de los presentes. Hubo quién se había escabullido para ocultarse nada más empezó su discurso. Otros, se veían paralizados por el miedo. Sin embargo, unos cuantos vitorearon las palabras del viejo. Ayrton se giró de nuevo hacia Trixxie, una enorme sonrisa dibujada en su rostro.
—Muchas gracias, joven. Hace años, los superiores de Raposo nos comenzaron a exigir dinero a cambio de protección. Mi hijo los enfrentó y acabaron con él. Desde ese día nadie se había atrevido a levantar la voz. Pero hoy... Hoy tú nos has dado fuerzas. Muchas gracias, de corazón.
El hombre mantenía sus manos cruzadas sobre el pecho y no cesaba de hacer gestos con la cabeza en señal de respeto.
—Ya has hecho mucho por nosotros. Y no se cómo decir esto, pero me gustaría contar con tu fuerza para recuperar lo que es nuestro. Si en algún momento deseas ayudarnos un poco más, ven a verme y te contaré más al respecto —sonrío y llevó una mano a su nuca—. No se ni como tengo la cara de pedirte esto.
EL anciano se agachó para terminar de levantar su puesto y continuar con su día a día habitual. Y así fue surgiendo en todo el mercado. El primero fue el viento, que comenzó a zarandear las cañas de nuevo. Más tarde, los vendedores retomaron sus ofertas a cualquiera que pasaba por delante de su puesto. Incluso el aire volvió a traer el sonido de la samba que tanto caracterizaba aquella isla. Esa samba que te arrastra. Una melodía que no permite que nadie se quede parado. Porque por muchas barreras que uno ponga, la música siempre encuentra una manera de llegar a nuestro corazón.
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