15-12-2025, 02:17 AM
Cita:«Mas no todos los hombres ansían sosiego ni paz; algunos nacen con el bramido de la tormenta en las venas, heraldos inquietos de violencia y de sangre, incapaces de caminar senda distinta.»
El cerebro de Stroud no era propenso a dar las cosas por perdidas. La situación era crítica, y no hacía sino empeorar. Tal y como había previsto, Sohem era esencialmente un factor aleatorio, que, de hecho, chocaba frontalmente con su manera meticulosa de ser. Era, en cierto modo, su antítesis: un elemento con el que no había contado, con el que, es más, era imposible contar, y con plena capacidad para echar por tierra no solo sus planes, sino los de cualquiera de los allí presentes. La sensación de descontrol, algo con lo que Stroud no estaba familiarizado, era absoluta, mayor incluso que durante lo acontecido durante los Cabos Gemelos; allí, al menos, habían tenido un objetivo claro, común y, hasta cierto punto, asequible. Con el Señor de la Moneda, todo boceto de plan había saltado por los aires.
Fue consciente de que su mente estaba entrando en modo de emergencia, empezando a seguir el tipo de razonamientos que había aprendido a desgranar en el momento en que se producía una catástrofe, una situación de peligro en que era importante comenzar a pensar en priorizar vidas, y, sobre todo, en cuáles. Le costaba quitarse de encima la impresión de que el Mar Cruel los tenía a todos bajo control. Frente a él se hallaba Rackham Uker. ¿Qué pasaba, los demás Olvidados se negaban a bajar? ¿Realmente iban a quedarse ahí, a bordo del Last Whisper, escondidos como ratas, mientras su capitán daba la cara por ellos, ya no solo ante los Marines, sino ante el mismo Sohem? El joven Redgrave siempre había tenido a los piratas por criaturas despreciables, en ocasiones en los márgenes de las mismas cualidades que nos hacen humanos, pero aquello incluso logró sorprenderle. Las reacciones humanas frente al peligro siempre revelaban cosas de lo más interesantes, y no siempre para bien. Stroud, sin embargo, no era ningún cínico, era consciente de que también llegaban a revelar lo mejor, y hubiese esperado algo más hasta de aquella gente.
Entretanto, el pelirrojo Owen empezaba a perder la cabeza, como parecía ser costumbre en él a la que la ocasión lo requiriese. Toda situación era digna de un toque de histeria por parte del muchacho, que había empezado a reírse a carcajadas, aparentemente al empezar a descubrir qué estaba ocurriendo allí realmente. Algo en el interior de Stroud estuvo cerca de sentirse un poco mal: igual sí que era un pelín lento. Cuando, repentinamente, cambió de tono a uno más enfurecido y preguntó si la Marina se había aliado con los Cazarrecompensas, el joven Redgrave se limitó a simplemente asentir con la cabeza. No supo de dónde había sacado el término de Justicia Absoluta; ¿cómo podía estar un piratilla como aquel familiarizado con aquel concepto? No sonaba nada mal, debió admitir para sí, pero él prefería el matiz de la Justicia Implacable, la que no se paraba ante nada ni nadie, la que no temía mancharse las manos. A modo de única respuesta, esbozó una sonrisa casi imperceptible cuando el muchacho le recriminó aquello. Explicárselo, o ponerse a razonar con él, hubiera sido en vano, como razonar con una gaviota. No aceptaría lecciones de un piratilla del tres al cuarto, considerando, además, que el nombre de la Justicia ni siquiera merecía salir de aquella boca convulsa, indocumentada e histérica. Una vez más, Owen no hallaría en él reacción alguna cuando lo llamó por su nombre, intentando provocarle en vano. Le había guardado, si no simpatía, cierto aprecio tras lo ocurrido en la travesía por los Cabos Gemelos, pero este empezaba a desvanecerse rápidamente; había un límite para la paciencia que podía dispensarle. Fue consciente entonces de que, de fondo, su cerebro había estado barajando cómo lidiar con él. Un proceso que, por otro lado, empezaba a aproximarse a una conclusión.
Sin embargo, en aquel instante ocurrió algo con que no hubiese contado: la extraña criatura que cargaba a la chica ciega, aparentemente bajo una rápida orden de Sohem, se posicionó entre él y el Last Whisper, junto al mismo Rackham Uker, y después, el pelirrojo de las narices la siguió. Se preguntó qué hacía allí aquella chica. ¿Secuestrada por los Olvidados, tal vez? ¿Eran tan ruines? Stroud permaneció en silencio un instante, contemplando con estupor la extraña tríada que se había formado a los pies del barco. ¿Situar a Gwendolyn allí era una treta para evitar confrontaciones directas? ¿La estaban usando de escudo? El joven Redgrave respiró hondo, sus ojos grises yendo de uno a otro, midiendo distancias. Torció el gesto con desprecio, tomando aire, y se dispuso a hablar al grupo: "Cu... ¡GAH!". Sus palabras, fueran las que fueran, se vieron cortadas de golpe en el instante en que el ambiente se tornó en el de un horno a máxima potencia, de la nada. ¿Sohem? No podría ser otro. Se llevó las manos a la garganta, intentando respirar, pero el aire simplemente quemaba. Quemaba en la superficie de su cara y, peor aún, quemaba cuando intentaba inhalar. Instintivamente, sus manos pasaron a cubrir su boca, como intentando evitar que aquel fuego abrasador entrase. Le pitaron los oídos por unos instantes. Se giró, buscando con la mirada al culpable, Sohem, justo a tiempo para ver cómo su brazo mecánico sacaba de su escondite al cazarrecompensas. Supo que no era momento para gilipolleces. En un ejercicio (complicado, por otra parte) por no entrar en pánico, su cerebro intentó razonar: si los hubiera querido muertos, ese seguramente no hubiese sido su primer movimiento. ¿Sería mejor alejarse, intentar salir del rango de aquello? Contempló la posibilidad por un segundo cuando, repentinamente, una nueva invitada se sumó al pintoresco bodegón. La mujer de las cicatrices, en su lamentable estado, se había desplomado, más que caído, desde lo alto del pasamanos del navío, aterrizando sobre la arena con un golpe seco y sonoro bastante espantoso al oído, aparentemente siquiera sin la capacidad de mirarlo a los ojos. A Stroud le costaba comprender, de forma genuina, qué podía haber detrás de semejante gilipollez. ¿Se había caído? ¿O era tan legítimamente corta como para beber hasta encontrarse en aquel estado y luego disponerse a ofrecer una última resistencia que, en busca del summum de lo heroico, trastabillaba y caía en la oquedad esperpéntica de la tragicomedia, partiéndose las piernas por el camino? De no ser por el repentino y asfixiante calor, el Marine hubiera estado más cerca de lo que le hubiese gustado admitir de soltar una honesta carcajada cuando la vio tambalearse de aquella manera. ¿En esa fantochada con ínfulas habían quedado los grandes sueños de la Era Pirata?
En cualquier caso, no tardó en devolver su atención a Sohem, la fuente del peligro, con quien Fyodor parecía haber empezado a hablar. Ignoró la provocación que el Mar Cruel le había dedicado. Stroud no fue capaz de determinar qué decía el Lunarian, pero sí que notó cómo su máscara se movía ante los ¿ojos? de Sohem. ¿Él sí era capaz de hablar? Al mismo tiempo, Moja, el mink, hizo un gesto que pudo ver, asintiendo con la cabeza para indicar que lo había captado. Tomó en aquel instante la decisión: no se iba a mover de aquel lugar. Tal vez, en efecto, fuese posible librarse de aquel espantoso aire caliente si uno se alejaba lo suficiente, pero no merecía la pena. No merecía la pena la imagen de una Justicia huyendo ante las bravuconadas de un cazarrecompensas, o un banquero, o lo que fuese aquel tipo. La Justicia permanecería inalterable, inamovible. Al menos en lo que de él dependiese. Hizo un gesto con ambas manos hacia sus compañeros de división, dirigiendo con lentitud las palmas de ambas manos hacia el suelo en un gesto oscilante: "Calma," pareció ordenar. Conteniendo la respiración, y volviendo a dirigir su atención hacia los piratas frente al Last Whisper, cruzó sus brazos, tragando saliva con dificultad. Sus ojos grises, clavados en el grupo de Uker. Su ademán, erguido, inmóvil. Su abrigo blanco, casi petrificado, a excepción de las pequeñas ondulaciones que el aire caliente provocaba en la tela.
Nada de aquello había terminado. Las piezas estaban empezando a ser colocadas sobre el tablero, y cada pieza jugaría su papel.
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