15-12-2025, 06:42 PM
(Última modificación: 15-12-2025, 07:04 PM por Tensui Marlin.)
Ustedes son realmente afortunados. Los cazadores, a pesar de llamarse a sí mismos como tales, aún no los han detectado, una verdadera lástima para ellos, ya que resulta casi irónico, quienes se presentan como asesinos expertos de animales, quienes presumen de rastrear presas en una isla salvaje como Little Garden, han fallado en notar la presencia de tres intrusos a escasos metros de distancia. Ni el olor ajeno, ni el leve roce de pasos, ni siquiera las vibraciones recientes parecen haber despertado su instinto.
Tal vez el exceso de confianza los ha vuelto descuidados o quizá la cacería constante ha entumecido su percepción, sea cual sea la razón, por ahora la ventaja es de ustedes, aunque en un lugar como este, esa fortuna puede desaparecer en un solo parpadeo, el topo era el que mas cerca se encontraba de los tres cazadores y de recibir un golpe de cualquiera de ellos seria realmente devastador y sería el momento en que todos tendrían que verse enfrentándose a los demás.
De repente, unas pisadas enormes y violentas sacuden el suelo, no provienen de ninguno de ustedes y eso, lejos de tranquilizar, resulta aún más preocupante. El sonido es inconfundible, pesado, rítmico, devastador. Como si un tren bala avanzara a toda velocidad desde algún punto profundo de la isla, cada paso que se acerca hace que la cueva vibre con mayor fuerza, las paredes crujan y el aire tiemble. Los huesos esparcidos por el suelo saltan y ruedan de sus sitios, chocando entre sí como fichas de dominó. Algunas estalactitas se desprenden del techo y se estrellan contra el suelo a pocos metros de Kiyoshi y Varo, levantando polvo y fragmentos de roca sin llegar a herirlos, pero dejando claro lo cerca que estuvo el impacto.
La reacción es inmediata, no solo ustedes se tensan, los cazadores dentro de la cueva también, las conversaciones cesan, las risas se apagan y, por primera vez, el silencio que queda no es cómodo, sino expectante, sea lo que sea que se aproxima, no está cazando en silencio y definitivamente no parece algo que se pueda ignorar.
Es un error común decir que los animales no tienen sentimientos. Un error fácil de cometer, al fin y al cabo, nadie espera que un animal te despierte por la mañana, te prepare el desayuno, te arregle la cama o te lleve a la escuela. Nadie mide el afecto con esos parámetros y por eso muchos se equivocan. La realidad es otra, los animales sí sienten y algunos, además, poseen una memoria excepcional.
Este es uno de esos casos. Un enorme ejemplar de Suchomimus tenerensis irrumpe en la cueva a toda velocidad, su cuerpo colosal forzando la entrada con un estruendo brutal y sus patas golpean el suelo con violencia, su hocico alargado se balancea de un lado a otro y sus ojos reflejan algo más que instinto, furia reconocible. La criatura atraviesa la caverna sin frenar, levantando polvo, huesos y fragmentos de roca a su paso, pasando directamente junto a Kiyoshi y Varo, si no reaccionan con la rapidez suficiente, el impacto será inevitable, una embestida frontal, masiva, capaz de lanzar cuerpos contra la piedra como muñecos.
A pesar de haberlos tenido frente a frente, el dinosaurio no se detiene. El Suchomimus continúa su carrera desbocada hacia el interior de la cueva y, en su avance, embiste una de las paredes laterales, destrozándola por completo. La roca cede con un estruendo ensordecedor, fragmentos de piedra salen despedidos y una nube de polvo cubre el área durante apenas un par de segundos, cuando el polvo comienza a asentarse, la consecuencia se vuelve evidente. El hueco dejado por el impacto abre una línea de visión directa entre ambos sectores de la cueva. Ahora, Kiyoshi y Varo pueden ver claramente a los Cazadores Crux y, del mismo modo, ellos pueden ver a través de la abertura creada por el dinosaurio.
—¿Qué mierda fue eso? —la voz de Taroi es la primera en romper el silencio. Se acerca al hueco de la pared destruida y asoma la cabeza, claramente intrigado por la fuerza necesaria para pulverizar tanta roca de una sola embestida, cuando la nube de polvo termina de disiparse, Mirea distingue la enorme silueta del animal al instante, sus ojos se abren y luego se entrecierran, en su rostro se dibuja una expresión torcida, malvada.
—JAJAJAJAJA, ES ESA MALDITA COSA. —grita entre carcajadas, señalando al Suchomimus, ahora exhausto en el suelo —No tenía ni idea de que estas malditas bestias pudieran recordar rostros. — Su voz rezuma orgullo, casi satisfacción, como si la situación confirmara algo que siempre creyó.
—Hermana—interviene Taji, con tono tímido pero sincero —Te dije que no debías matar a las crías de ese dinosaurio. Estas cosas pasan cuando se mata a las crías de una madre da igual la especie. — Mirea ni siquiera se gira ante las palabras del menor.
—Ya cállate, enano. Voy a matarla igual que hice con sus crías. — Las palabras aún flotan en el aire cuando el animal parece reaccionar. El Suchomimus alza la cabeza y lanza un rugido ensordecedor, tan potente que la cueva entera se estremece una vez más, las paredes vibran, el polvo cae del techo y los huesos vuelven a sacudirse por el suelo, al parecer no es un rugido de amenaza, suena mas al odio.
Tal vez el exceso de confianza los ha vuelto descuidados o quizá la cacería constante ha entumecido su percepción, sea cual sea la razón, por ahora la ventaja es de ustedes, aunque en un lugar como este, esa fortuna puede desaparecer en un solo parpadeo, el topo era el que mas cerca se encontraba de los tres cazadores y de recibir un golpe de cualquiera de ellos seria realmente devastador y sería el momento en que todos tendrían que verse enfrentándose a los demás.
De repente, unas pisadas enormes y violentas sacuden el suelo, no provienen de ninguno de ustedes y eso, lejos de tranquilizar, resulta aún más preocupante. El sonido es inconfundible, pesado, rítmico, devastador. Como si un tren bala avanzara a toda velocidad desde algún punto profundo de la isla, cada paso que se acerca hace que la cueva vibre con mayor fuerza, las paredes crujan y el aire tiemble. Los huesos esparcidos por el suelo saltan y ruedan de sus sitios, chocando entre sí como fichas de dominó. Algunas estalactitas se desprenden del techo y se estrellan contra el suelo a pocos metros de Kiyoshi y Varo, levantando polvo y fragmentos de roca sin llegar a herirlos, pero dejando claro lo cerca que estuvo el impacto.
La reacción es inmediata, no solo ustedes se tensan, los cazadores dentro de la cueva también, las conversaciones cesan, las risas se apagan y, por primera vez, el silencio que queda no es cómodo, sino expectante, sea lo que sea que se aproxima, no está cazando en silencio y definitivamente no parece algo que se pueda ignorar.
Es un error común decir que los animales no tienen sentimientos. Un error fácil de cometer, al fin y al cabo, nadie espera que un animal te despierte por la mañana, te prepare el desayuno, te arregle la cama o te lleve a la escuela. Nadie mide el afecto con esos parámetros y por eso muchos se equivocan. La realidad es otra, los animales sí sienten y algunos, además, poseen una memoria excepcional.
Este es uno de esos casos. Un enorme ejemplar de Suchomimus tenerensis irrumpe en la cueva a toda velocidad, su cuerpo colosal forzando la entrada con un estruendo brutal y sus patas golpean el suelo con violencia, su hocico alargado se balancea de un lado a otro y sus ojos reflejan algo más que instinto, furia reconocible. La criatura atraviesa la caverna sin frenar, levantando polvo, huesos y fragmentos de roca a su paso, pasando directamente junto a Kiyoshi y Varo, si no reaccionan con la rapidez suficiente, el impacto será inevitable, una embestida frontal, masiva, capaz de lanzar cuerpos contra la piedra como muñecos.
A pesar de haberlos tenido frente a frente, el dinosaurio no se detiene. El Suchomimus continúa su carrera desbocada hacia el interior de la cueva y, en su avance, embiste una de las paredes laterales, destrozándola por completo. La roca cede con un estruendo ensordecedor, fragmentos de piedra salen despedidos y una nube de polvo cubre el área durante apenas un par de segundos, cuando el polvo comienza a asentarse, la consecuencia se vuelve evidente. El hueco dejado por el impacto abre una línea de visión directa entre ambos sectores de la cueva. Ahora, Kiyoshi y Varo pueden ver claramente a los Cazadores Crux y, del mismo modo, ellos pueden ver a través de la abertura creada por el dinosaurio.
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—¿Qué mierda fue eso? —la voz de Taroi es la primera en romper el silencio. Se acerca al hueco de la pared destruida y asoma la cabeza, claramente intrigado por la fuerza necesaria para pulverizar tanta roca de una sola embestida, cuando la nube de polvo termina de disiparse, Mirea distingue la enorme silueta del animal al instante, sus ojos se abren y luego se entrecierran, en su rostro se dibuja una expresión torcida, malvada.
—JAJAJAJAJA, ES ESA MALDITA COSA. —grita entre carcajadas, señalando al Suchomimus, ahora exhausto en el suelo —No tenía ni idea de que estas malditas bestias pudieran recordar rostros. — Su voz rezuma orgullo, casi satisfacción, como si la situación confirmara algo que siempre creyó.
—Hermana—interviene Taji, con tono tímido pero sincero —Te dije que no debías matar a las crías de ese dinosaurio. Estas cosas pasan cuando se mata a las crías de una madre da igual la especie. — Mirea ni siquiera se gira ante las palabras del menor.
—Ya cállate, enano. Voy a matarla igual que hice con sus crías. — Las palabras aún flotan en el aire cuando el animal parece reaccionar. El Suchomimus alza la cabeza y lanza un rugido ensordecedor, tan potente que la cueva entera se estremece una vez más, las paredes vibran, el polvo cae del techo y los huesos vuelven a sacudirse por el suelo, al parecer no es un rugido de amenaza, suena mas al odio.
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