15-12-2025, 10:01 PM
Entrar fue pan comido para las dos gracias a que Lampedusa quitó de en medio a todos esos imbéciles a base de empujones y amenazas. En nada de tiempo ya estaban las primeras de la cola, por lo que el turno de entrar les llegó cuando el criajo de mierda y su caniche salieron por la puerta. Lampedusa le metió un golpazo a la puerta y comenzó a gritar.
—El gilipuertas que esté al mando, ¡aquí tiene un trabajo que hacer con este pobre perrito herido! ¡Y rápidito!
El tipo que se hacia llamar doctor las atendió ipso facto y comenzó a tratar al pobre animalito. La tía máquina soltó una pedazo bolsa al lado de la camilla y luego se acercó a ella.
—Ven aquí mi escotada amiga… espera… mírame…—Le pegó un intento de caricia que le dolió cual guantazo soltado por un crio de tres años. Estuvo a punto de replicarle, pero la otra la contuvo—. Shhhhh… necesito que te centres y cierres el pico… mira. Esto es un pedazo del vehículo.
Lampedusa no entendía que mierda le estaba contando.
—No tengo ni pajolera idea de qué cojones hablas, máquina, pero el guantazo te lo voy a devolver como no hables más claro, ¿te enteras?
—Mira este supongo es un trozo de madera del vehículo, usa tus poderes disformes para encontrar al jodido culpable… vamos vamos… no tengo todo el día. —¿Poderes disformes? ¿Esta tía estaba loca o recién fugada de un manicomio?
Lo único que había entendido era que quería que encontrara una mierda de carro. ¿Acaso era el que había atropellado al perrito? Buah, si ese era el caso, se pondría manos a la obra. La cosa es que ella lo de encontrar cosas, como que no. Pero si había funcionado el truco de antes para joder al universo que le cambiaba las cosas de sitio, ¿por qué no probarlo?
—Esta bien, cara culo llena de mocos, voy a intentar encontrar a los maltratadores de chuchos. Pero no te prometo nada. —Cogió aire y se puso a gritarle al universo—. ¡Que te den por culo hijo de puta, no quiero encontrar el carruaje que atropelló al perrito! ¿Te enteras o te hago un croquis? ¡Como me plantes al puto hijo de su madre delante de mis narices te pienso hundir la vida, pargue…!
No estaba ni cinco segundos blasfemando que apareció delante un carro que hizo que Lampedusa se echara hacia atrás. Por suerte se detuvo antes de llevárselas por delante, pero bastó para sacar a Lampedusa de sus casillas.
—¡Hijos de puta! ¿Es qué os han comido los buitres los ojos o es que sois medio topos? ¡Me cago en todos vuestros muertos habidos y por haber!
—Hey par de zorras… salid del puto camino… o quieren que les arrollemos? A cagar el palo a otro lado…
—¡Tu puta madre en paños menores va a ser la que arrolle, subnormal! ¡Que estás más ciego que un alérgico a las avispas con toda la cara hinchada! —le soltó Lampedusa, con los puños preparados para hacer llover dientes por todo el suelo.
El cochero eligió violencia, y se puso a intentar golpearlas… Solo que la máquina detuvo el golpe con facilidad y enrolló el látigo en su brazo con gran habilidad.
—Que mierda pasa afuera… Scott… Scott!! Que haces tarado… mata a esas perras como lo hiciste con ese cachorro en la carretera…
¡Habían sido ellos! La puta madre que los parió, tanto la máquina como Lampedusa estallaron en llamas. Las dos se miraron, pero la decisión ya estaba tomada. Dos tipejos más se bajaron y vaya, Lampedusa se tiró a ellos como alma que llevara el diablo.
—¡Os voy a enseñar la tabla del cuatro a base de ostias hijos de puta!
Y sin dudarlo un instante, Lampedusa pegó un salto y le propinó un golpe poderoso con las dos manos, dirigido hacia el cráneo del atropella perritos. Le iba a mostrar lo que eran las matemáticas… ¡A golpes!
—El gilipuertas que esté al mando, ¡aquí tiene un trabajo que hacer con este pobre perrito herido! ¡Y rápidito!
El tipo que se hacia llamar doctor las atendió ipso facto y comenzó a tratar al pobre animalito. La tía máquina soltó una pedazo bolsa al lado de la camilla y luego se acercó a ella.
—Ven aquí mi escotada amiga… espera… mírame…—Le pegó un intento de caricia que le dolió cual guantazo soltado por un crio de tres años. Estuvo a punto de replicarle, pero la otra la contuvo—. Shhhhh… necesito que te centres y cierres el pico… mira. Esto es un pedazo del vehículo.
Lampedusa no entendía que mierda le estaba contando.
—No tengo ni pajolera idea de qué cojones hablas, máquina, pero el guantazo te lo voy a devolver como no hables más claro, ¿te enteras?
—Mira este supongo es un trozo de madera del vehículo, usa tus poderes disformes para encontrar al jodido culpable… vamos vamos… no tengo todo el día. —¿Poderes disformes? ¿Esta tía estaba loca o recién fugada de un manicomio?
Lo único que había entendido era que quería que encontrara una mierda de carro. ¿Acaso era el que había atropellado al perrito? Buah, si ese era el caso, se pondría manos a la obra. La cosa es que ella lo de encontrar cosas, como que no. Pero si había funcionado el truco de antes para joder al universo que le cambiaba las cosas de sitio, ¿por qué no probarlo?
—Esta bien, cara culo llena de mocos, voy a intentar encontrar a los maltratadores de chuchos. Pero no te prometo nada. —Cogió aire y se puso a gritarle al universo—. ¡Que te den por culo hijo de puta, no quiero encontrar el carruaje que atropelló al perrito! ¿Te enteras o te hago un croquis? ¡Como me plantes al puto hijo de su madre delante de mis narices te pienso hundir la vida, pargue…!
No estaba ni cinco segundos blasfemando que apareció delante un carro que hizo que Lampedusa se echara hacia atrás. Por suerte se detuvo antes de llevárselas por delante, pero bastó para sacar a Lampedusa de sus casillas.
—¡Hijos de puta! ¿Es qué os han comido los buitres los ojos o es que sois medio topos? ¡Me cago en todos vuestros muertos habidos y por haber!
—Hey par de zorras… salid del puto camino… o quieren que les arrollemos? A cagar el palo a otro lado…
—¡Tu puta madre en paños menores va a ser la que arrolle, subnormal! ¡Que estás más ciego que un alérgico a las avispas con toda la cara hinchada! —le soltó Lampedusa, con los puños preparados para hacer llover dientes por todo el suelo.
El cochero eligió violencia, y se puso a intentar golpearlas… Solo que la máquina detuvo el golpe con facilidad y enrolló el látigo en su brazo con gran habilidad.
—Que mierda pasa afuera… Scott… Scott!! Que haces tarado… mata a esas perras como lo hiciste con ese cachorro en la carretera…
¡Habían sido ellos! La puta madre que los parió, tanto la máquina como Lampedusa estallaron en llamas. Las dos se miraron, pero la decisión ya estaba tomada. Dos tipejos más se bajaron y vaya, Lampedusa se tiró a ellos como alma que llevara el diablo.
—¡Os voy a enseñar la tabla del cuatro a base de ostias hijos de puta!
Y sin dudarlo un instante, Lampedusa pegó un salto y le propinó un golpe poderoso con las dos manos, dirigido hacia el cráneo del atropella perritos. Le iba a mostrar lo que eran las matemáticas… ¡A golpes!
