16-12-2025, 09:08 AM
Día 23 de otoño, año 14
Las boticas le generan sentimientos encontrados.
Le gusta entrar a ellas.
El ambiente tranquilo, los estantes ordenados, las medicinas naturales bien dispuestas sobre los anaqueles.
Es un buen sitio para pensar, estudiar y conocer nuevos remedios, algo más que importante cuando se es médico.
Si tan solo fuera eso.
Pero no.
La tranquilidad de las boticas son un arma de doble filo, pues que le parezcan un buen lugar para pensar no es necesariamente bueno, porque el silencio lo lleva a sitios desconocidos de su mente, lo hace bajar por una espiral de oscuridad que termina en un pantano eclipsado por grandes y coposos árboles que impiden el paso del sol.
No sabe porque sucede, nunca lo ha entendido, pero las boticas le brindan una familiaridad que ni siquiera consigue alcanzar en los barcos.
Estar por mucho tiempo en una le provoca una sensación similar en su pecho a la de ser aplastado por una pesada piedra. ¿Por qué? No está seguro. Nunca está seguro de nada que se relacione a emociones o sentimientos, no puede entender esos estados, no es algo que pueda estudiar y mucho menos controlar. No tener el control le molesta. Empieza a ponerlo de mal humor.
Tal como ahora.
Repasaba el listado de remedios que fue a comprar, ya tenía todo en sus manos, los había revisado al menos unas tres veces para asegurarse que llevaba todo lo necesario consigo y las tres veces se había dado cuenta que tenía todo lo que había ido a buscar, entonces ¿Por qué seguía en la botica?, ¿por qué se obligaba a soportar la pesadez en su pecho? Simple. Llovía.
No era una llovizna ligera, era un aguacero, de esos que se asemejan más a un diluvio, de esos que, cuando ves al cielo, crees que este se está cayendo, además, no solo era agua, los truenos estremecían la isla y la brisa era tan fuerte que parecía querer arrancar los árboles del suelo. Así no podía regresar a su clínica.
Un suspiro escapó de sus labios cuando se acomodó mejor en la silla que el dueño de la botica le había ofrecido con una sonrisa educada y una frase que parecía la de un padre intentando hacer que su hijo no se sintiera mal.
Hyak lo conocía, el dueño del lugar era un señor de al menos 65 años, algo bajito y delgado, cabello abundante, pero repleto de blanco y, más importante aún, siempre se le veía solo o acompañado de muy pocas personas.
Si hubiera sido unos 40 años más joven habría sido una víctima casi perfecta.
Cumplía con el perfil, alguien delicado, fácil de agradar y, sobre todo, solitario, después de todo, nunca le había conocido familia. En el tiempo que llevaban hablando nunca mencionó a un hermano, ni a esposa y mucho menos hijos. Si un día desaparecía, aunque sus clientes habituales podrían preguntar por él, seguro que nadie se tomaría el tiempo de buscarlo con fervor.
Viéndolo así era una víctima ideal, entonces… ¿Por qué el casi? Era fumador.
Ese recuerdo lo hizo arrugar la nariz sin querer. No le agradaba cuando las personas fumaban, a fin de cuentas, no solo comprometían sus pulmones, si no también otros órganos.
Volvió a suspirar, intentando dejar de lado el pensamiento en donde el amable señor se convertía en su víctima número quién sabe cual y, por un momento, se preguntó si alguien, alguna vez, habría adivinado sus verdaderas intenciones.
Lo dudaba mucho, pero sería divertido que alguien, es decir, una potencial víctima, pudiera ver a través de esa máscara de buen doctor.
—¿Café? —La voz del anciano lo sacó de su ensimismamiento, haciéndolo mirar hacia arriba y viendo la taza que el hombre le extendía con ese mismo rostro sonriente. Parecía una buena persona, demasiado bueno…así como él mismo se vendía ante el mundo. Ese solo pensamiento lo hizo estremecer ¿Qué pasaría si se convirtiera él en la víctima?, ¿qué pasaría si confiaba en alguien que luego podía apuñalarlo por la espalda? No podía darse el lujo de pensar que las personas a su alrededor eran buena gente, debía sospechar de todo y de todos.
—No, gracias, estoy en ayuno…debo hacerme unos exámenes médicos mañana —. Mintió con gracia, solo alguien experto podría ver a través de sus palabras, pues no había ningún ayuno, simplemente, aceptar comida de cualquier persona era algo que se tenía prohibido a si mismo. —¿Cree que pronto dejará de llover? —Además, cambió rápido de tema, no quería dejar espacio a preguntas inoportunas que solo alargarían su mentira.
Entonces el anciano miró hacia afuera. El cielo estaba oscuro y la lluvia seguía arremetiendo contra el Reino de Sorbet, era claro que el clima no tenía intenciones de variar, no de inmediato. El boticario lo notó y negó con la cabeza, mientras tomaba asiento en una silla que tenía fuera del mostrador, una que, el médico, había notado que ese hombre usaba para descansar.
—Eres médico ¿Cierto? —Y ahí comenzó una charla innecesaria, pero el pelirrosa no iba a hacerle el feo al viejo, no cuando lo estaba refugiando en su establecimiento, así que, solo asintió ante la pregunta. —Habría sido bueno tener un hijo que lo fuera…habría sido de ayuda aquí en la botica —. El médico lo miró sin una expresión ni alegre ni desinteresada, solo estaba ahí un rostro casi inexpresivo. Era imposible saber lo que pensaba, pero al señor esto no parecía importarle, pues su cháchara siguió. —Siempre me llamó la atención, ya sabes, la medicina…ayudar a las personas, ser como un ángel que puede salvarles la vida, pero nunca tuve el dinero suficiente para estudiarlo formalmente, así que tuve que conformarme con usar lo que sabía sobre plantas medicinales para fundar esta botica. No me quejo, no me ha ido mal, pero un hijo médico o farmaceuta habría ayudado aún más.
El hombre sonrió y se atrevió a dar un par de palmaditas sobre el hombro del pelirrosa para luego dar un sorbo a la taza de café que antes le había ofrecido a su cliente. —Pareces buen chico, tener un hijo como tu seguro habría sido una bendición —. Hyak tuvo que esconder una sonrisa de burla, al menos eso apoyaba su teoría de que, efectivamente, su apariencia servía para engañar, para darle a la gente una falsa imagen de seguridad.
—Seguramente tus padres están orgullosos de ti —. Y ahí estaba de nuevo esa pesadez en el pecho. La palabra “padres” lo hizo sentir como si de repente le faltaba el aire, tuvo que dar una gran bocanada para estabilizarse y luego morderse el labio con fuerza para evitar soltar lo primero que se le venía a la mente. Debía cuidar las apariencias.
—No lo sé, señor…No tengo padres —dijo con un tono de voz que sonó más triste de lo que planeó, aunque estaba seguro de que no era por un recuerdo borroso y casi nulo de alguna posible figura paterna o materna, si no por la rabia que sentía al saber que no podía ver más atrás en su pasado, que cualquier cosa antes de su primer recuerdo en la celda mugrienta de aquel barco, era parte de ese pantano oscuro por el que no podía avanzar por más que lo intentara.
El boticario abrió la boca, parecía tener intenciones de disculparse, pero el médico, hábil y usando esa falsa educación que tenía, se adelantó a cualquier cosa. Lo miró a la cara y le sonrió como si nada pasara.
—Por favor, no se preocupe, no puedo recordarlos, así que está bien para mi —. Una verdad a medias; es verdad que no podía recordarlos, pero no porque los hubiera perdido de muy niño, simplemente era porque no tenía conocimiento de si sus padres existían o no, lo más probable es que sí, pero que su recuerdo se hubiera perdido junto a todo lo demás.
Sabía que lo dicho podía acarrear con alguna pregunta, pero ahora no tenía miedo de responder, su mala memoria le serviría de apoyo; sin embargo, antes de que el anciano pudiera preguntar o hacer otro comentario imprudente, alguien tocó la puerta transparente del establecimiento.
Desde su lugar, a través del cristal, el médico alcanzó a ver a dos hombres que parecían querer refugiarse de la tormenta, lo normal, era tarde y estaban en una zona comercial, muchos establecimientos estarían cerrados, tal vez la luz que aún salía de la botica fue lo que llamó la atención de los desafortunados, pero, sea como sea, esto hizo que el anciano boticario se levantara de su asiento para quitarle la llave a la puerta y abrirla sin dudar. Siempre tan confiado…ni siquiera se cuestionó si esos sujetos usaban de excusa la tormenta para cometer algún crimen.
Aunque tal vez ese no era el caso, de todos modos, el médico no pudo evitar ajustarse bien sus guantes de combate, preparándose para cualquier posible peligro que pudiera avecinarse, en especial al notar los ojos claros de uno de los hombres, uno alto y de cabello negro cuya mirada le pareció tan fría como el hielo, aunque…había algo más… ¿Por qué sentía que lo conocía?
