17-12-2025, 03:20 AM
Baterilla era un lugar.
No había mucho que decir, la verdad es que apenas era mi primera vez explorando este sitio y ni siquiera llegaba a intimidarme. Había un bonito faro y un volcán inactivo, pero más allá de eso, aunque me gustara el pescado, no encontraba mucho en lo que entretenerme. El viento marino recorría las calles con una calma casi estudiada, como si el pueblo hubiera aprendido a respirar despacio para no llamar la atención de nadie. Las casas, alineadas sin mayor pretensión, parecían observar en silencio a los pocos visitantes que se atrevían a deambular sin rumbo fijo, y yo era uno de ellos.
Ya habían pasado un par de horas desde que cerré exitosamente el encargo que el señor Okiomi me había dado, un trabajo sencillo, limpio, sin mayores contratiempos, de esos que dejan una satisfacción tibia pero no duradera. El peso de la recompensa seguía ahí, tangible, recordándome que había cumplido, pero aun así no me complacía regresar a mi hogar. Tal vez era la quietud del lugar, o esa sensación de estar de paso por algo que no terminaría de conocer, lo que me hacía quedarme un poco más, alargando el tiempo como si así pudiera encontrar algo que justificara mi permanencia.
Así, en medio de mi exploración, di con el mercado: un pintoresco núcleo de intercambio entre los hogares de la ciudad, auténtica fuente de su comercio. Recorrí los puestos con atención hasta encontrar uno de especias y hierbas, pensando en llevar algo de regreso a mi hogar. Esperaba que el señor Okiomi pudiera experimentar con ellas y mejorar sus recetas; de ese modo, ambos disfrutaríamos de su comida renovada y, con suerte, aún más deliciosa. Hasta que una voz me interrumpió.
Era un hombre: de cabello azabache, con un manto rojo sobre los hombros; alto, aunque yo lo superaba en estatura, y portador de un rostro enigmático. Podría decir que emanaba cierta aura de misterioso ser de la noche, una presencia difícil de ignorar. Sin embargo, la verdadera joya de la corona eran sus ojos. Oh, esos ojos… parecían hechos de sangre, atrapándome al mismo tiempo que sus palabras. Debo admitir que tardé en procesarlo todo; no aparté la mirada ni un segundo mientras, casi de manera inconsciente, me acomodaba los lentes. — Tezca…— Solté como si fuera la única opción correcta para finalmente sonreírle, mirándolo con atención mientras el hombre se encontraba sobre una de sus rodillas. — Si eres tan amable de ofrecerme tu existencia la tomaré, por com-ple-to ¿Me entiendes? — Jugueteé con las sílabas. No sabía quién era este hombre y por la forma en la que hablaba sabía que no me conocía de nada, pero si de algo estaba seguro era que no quería dejar de mirarlo en este preciso momento y entonces actúe, inclinándome para buscar su mano ayudarlo a levantarse, sobrepasado por mi sentimiento de mirarlo. Para alguien tan parlanchín como yo, el encontrarme sin palabras era señal de cierta preocupación ¿Es que acaso este hombre era una distracción para poder atacarme? ¿Una ilusión? No lo entendía ¿Quién en su sano juicio diría algo así? Podría seguirle el juego si ese era el caso, aunque mis palabras ya se habían adelantado a mis decisiones. —¿Te gustaría ir a tomar algo? No conozco el lugar, pero podemos buscar algo que quieras… Déjame demostrar que tus palabras son la mejor decisión que pudiste tomar en la vida. — Besé el dorso de su mano con suavidad y la moví ligeramente a mi mejilla para dejar un nuevo beso sobre su pulso, era intenso, muy pronto lo sabía, pero eso nunca me había aterrado y ni siquiera me interesaba pues al final solo había dos opciones: O lo asustaba o me gustaba mucho más.
No había mucho que decir, la verdad es que apenas era mi primera vez explorando este sitio y ni siquiera llegaba a intimidarme. Había un bonito faro y un volcán inactivo, pero más allá de eso, aunque me gustara el pescado, no encontraba mucho en lo que entretenerme. El viento marino recorría las calles con una calma casi estudiada, como si el pueblo hubiera aprendido a respirar despacio para no llamar la atención de nadie. Las casas, alineadas sin mayor pretensión, parecían observar en silencio a los pocos visitantes que se atrevían a deambular sin rumbo fijo, y yo era uno de ellos.
Ya habían pasado un par de horas desde que cerré exitosamente el encargo que el señor Okiomi me había dado, un trabajo sencillo, limpio, sin mayores contratiempos, de esos que dejan una satisfacción tibia pero no duradera. El peso de la recompensa seguía ahí, tangible, recordándome que había cumplido, pero aun así no me complacía regresar a mi hogar. Tal vez era la quietud del lugar, o esa sensación de estar de paso por algo que no terminaría de conocer, lo que me hacía quedarme un poco más, alargando el tiempo como si así pudiera encontrar algo que justificara mi permanencia.
Así, en medio de mi exploración, di con el mercado: un pintoresco núcleo de intercambio entre los hogares de la ciudad, auténtica fuente de su comercio. Recorrí los puestos con atención hasta encontrar uno de especias y hierbas, pensando en llevar algo de regreso a mi hogar. Esperaba que el señor Okiomi pudiera experimentar con ellas y mejorar sus recetas; de ese modo, ambos disfrutaríamos de su comida renovada y, con suerte, aún más deliciosa. Hasta que una voz me interrumpió.
Era un hombre: de cabello azabache, con un manto rojo sobre los hombros; alto, aunque yo lo superaba en estatura, y portador de un rostro enigmático. Podría decir que emanaba cierta aura de misterioso ser de la noche, una presencia difícil de ignorar. Sin embargo, la verdadera joya de la corona eran sus ojos. Oh, esos ojos… parecían hechos de sangre, atrapándome al mismo tiempo que sus palabras. Debo admitir que tardé en procesarlo todo; no aparté la mirada ni un segundo mientras, casi de manera inconsciente, me acomodaba los lentes. — Tezca…— Solté como si fuera la única opción correcta para finalmente sonreírle, mirándolo con atención mientras el hombre se encontraba sobre una de sus rodillas. — Si eres tan amable de ofrecerme tu existencia la tomaré, por com-ple-to ¿Me entiendes? — Jugueteé con las sílabas. No sabía quién era este hombre y por la forma en la que hablaba sabía que no me conocía de nada, pero si de algo estaba seguro era que no quería dejar de mirarlo en este preciso momento y entonces actúe, inclinándome para buscar su mano ayudarlo a levantarse, sobrepasado por mi sentimiento de mirarlo. Para alguien tan parlanchín como yo, el encontrarme sin palabras era señal de cierta preocupación ¿Es que acaso este hombre era una distracción para poder atacarme? ¿Una ilusión? No lo entendía ¿Quién en su sano juicio diría algo así? Podría seguirle el juego si ese era el caso, aunque mis palabras ya se habían adelantado a mis decisiones. —¿Te gustaría ir a tomar algo? No conozco el lugar, pero podemos buscar algo que quieras… Déjame demostrar que tus palabras son la mejor decisión que pudiste tomar en la vida. — Besé el dorso de su mano con suavidad y la moví ligeramente a mi mejilla para dejar un nuevo beso sobre su pulso, era intenso, muy pronto lo sabía, pero eso nunca me había aterrado y ni siquiera me interesaba pues al final solo había dos opciones: O lo asustaba o me gustaba mucho más.
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