Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji]
#6
El vistazo atrás demostró ser un error, un garrafal error producto de su confianza desmedida y deseo irrefrenable de querer parecer cool frente a una mujer. Enji vio ese error reflejado en la mirada de Asherah y su gesto, que hacía todo por darle a entender la seriedad de la situación, pero no lo supo interpretar. Creyó, en su delirante fantasía, que la mujer de cabellos blancos y alas negras estaba nerviosa. Creyó que su galantería, valor e ímpetu habían logrado atravesar sus defensas e impactar en el corazón de su musa. Y creyó que, como en una campana, ese impacto había degenerado en ondas que ahora dificultaban a la lunarian sostenerle la mirada, presa del vértigo del amor a primera vista.

Cuando volvió la mirada al frente y reparó en la postura del viejo, supo, no creyó, sino que tuvo la certeza empírica de que ese gesto se debía a otra cosa. Algo más. Algo, o alguien, que generaba otro tipo de vértigo. El mismo tipo que se sufría al asomarse a un abismo.

—¿Cómo carajo hiciste eso? —preguntó Enji con la cabeza inclinada a un costado—. El truco de los brazos. ¿Te inyectas algo, vejestorio? Mira que después no te va a funcionar el amigo.

Las burlas caían en un jarro sin fondo, al parecer, así como las advertencias se perdían en oídos sordos. Enji, después de todo, era ese tipo de personas que se para frente a un abismo y dice en alto:

«No hay huevos a saltar»

—¡Me cae mal la gente tan callada!

Con los brazos extendidos, recibiendo, simbólicamente, ese abrazo que el viejo parecía ofrecer, Enji esperó su llegada. El suelo tembló bajo sus pies y, aún así, Enji esperó. Cráteres aparecieron como represalia de cada paso que el viejo daba en su dirección, pero, aún así, Enji esperó. La mirada, loca y desorbitada, parecía congelada en el tiempo o totalmente ajena a la realidad. Esa sonrisa filosa, arrogante, burlesca, partía sus labios y enmarcaba sus pómulos por la tensión. Los dientes apretados empezaban a crujir.

La montaña llegó, arrastrada sobre un raíl de tren. Pesada, poderosa, irrefrenable. Los pies de Enji se plantaron en el suelo, echaron raíces, se afianzaron. Buscaron fuerza desde el núcleo de la isla.

El choque ocurrió.

Fuerza irrefrenable contra objeto inamovible. O, al menos, eso creía él.

—¡Cabrón! —Trabaron manos y cerraron dedos, anclados como zarcillos a la carne del otro. Enji toleró el embate durante una fracción de segundo, un instante que creyó eterno donde sus músculos, huesos y órganos se sintieron presionados contra una pared. Aplastados. Lo siguiente que sintió fue el abandono, pues la tierra, tras comprobar la potencia del viejo, había desistido de ayudarle. El agarre de sus pies desapareció y empezó a deslizarse hacia atrás—. ¡Hijo de puta! ¿Qué te dan de comer en ese asilo?

Enji fue arrastrado y la velocidad con la que avanzaba en dirección contraria a la que pretendía, con el correr de los segundos, aumentó. Primero se movía apenas, muy lento. Poco a poco, sin embargo, el paisaje era absorbido más y más rápido por la espalda del viejo que tenía delante. Perdió terreno a mansalva. Intentó trabar los pies más de una vez pero era inutil. Llegados a un punto, ya ni siquiera sentía el suelo debajo suyo: estaba flotando de una forma mucho más literal que su pequeño numerito de enamorado. Sus pies no tocaban suelo. La fuerza del empuje era demasiado y ahora, como una lanza, era sostenido en el aire por el agarre del viejo.

En línea recta, el destino que le esperaba era la misma piedra detrás de la cual Asherah había buscado cobijo.

—¡Shihahaha!

Enji pateó el suelo. La fuerza de su golpe rebotó y lo elevó más en el aire en el momento justo en que sus pies chocarían contra la roca. En su lugar, anclado a las manos del abuelo, el empuje lo hizo girar como un péndulo, o una soga atada por un extremo a una roca y por el otro a un poste. Dibujó un arco perfecto pasando por encima del anciano y aterrizó al otro lado, a su espalda, mirando en dirección contraria y todavía conectados por los brazos. Cuando sintió el suelo nuevamente bajo sus pies, apretó los dientes, el abdomen, las nalgas, y con toda la fuerza que tenía lo arrojó hacia adelante.

El viejo voló poco más de un metro cuando sus pies volvieron a tocar el suelo. La yema de sus dedos rozó la tierra y toda la inercia se perdió. Se quedó allí, parado, estático, como si las fuerzas de la naturaleza obedecieran sus designios. Como si la fuerza de los dedos de sus pies alcanzara para desdoblar leyes fundamentales.

—Mierda, ¿es que la calva les da poderes? —Enji se colocó en posición, esta vez en una postura más seria con los brazos arriba y la guardia preparada. Sus pies se movían por el suelo en una serie de pasos cortos, caóticos, que solamente hacían oscilar su figura en el lugar.

Controló su respiración agitada, relajó el semblante y volvió a sonreír.

—¡No te preocupes, preciosa! Lo tengo justo donde quiero... ¡Hiya!

Separó bien los pies y flexionó las rodillas hasta que sus piernas formaron dos ángulos de noventa grados. Luego, extendió los dos brazos al frente.

—¡ Tu-madre! ¡Hiya! ¡Me-la-mama! ¡Hiya! —Entonando una especie de cántico de guerra, Enji golpeó primero su codo derecho con la palma de la mano izquierda en tres rápidas sucesiones. Después se palmeó los muslos con ambas manos, para, a continuación, levantarlas con la palma hacia el cielo. Las agitó y después cruzó los antebrazos frente al pecho—. ¡Me-la-mama! ¡Pfua!

Para coronar su actuación, sacó la lengua cuan larga era y abrió grandes los ojos.
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RE: Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji] - por Enji - 19-12-2025, 03:18 AM

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