19-12-2025, 11:00 PM
Ah, la selva. Sí, adoraba la selva con toda su alma. Pero con toda su alma. Y que se notara la ironía del asunto. De nuevo había ido en busca de algún bar donde comer tras haberle birlado la cartera a un pobre desgraciado y ahora estaba en mitad de ninguna parte. ¿Por qué siempre el universo se empeñaba en desorientarla hasta el punto de que se perdía en mitad de la nada?
Tan perdida como estaba, tenía que encontrar alguien o alguna forma de salir de esa. ¿Dónde quedaría esa maldita aldea? Ya ni idea tenía. Vaya puta mierda de jungla, con esos árboles que parecían creados por un diseñador de moda vago que repitiera el mismo patrón una y otra vez. Había entrado ahí por culpa del universo y a saber cómo salía ahora.
Tenía mucha hambre. Maldita sea, ¿ni siquiera podría encontrar una fruta? Le rugía el estómago cosa mala, por dios. ¿De qué le servía haber robado esa estúpida cartera si en una selva alejada de la mano de satán no podía usarlo para nada? Como no engañara a un mono idiota para robarle fruta o algo…
De golpe su nariz captó un aroma que hizo que la boca se le hiciera agua. Pescado a la brasa, podía saberlo incluso sin haberlo visto. ¿Dónde? Era una buena pregunta. Al menos el universo no podría engañarla si cerraba los ojos y se dejaba llevar por el olfato. Caminó varios pasos y se dio de bruces contra un árbol por hacer el gilipollas. Vale, pues sí que tendría que usar los ojos, visto lo visto.
Siguió el aroma y tras quitar de en medio unos matojos se encontró de bruces con un tesoro en mitad de la jungla. Pero justo al lado vio a una criatura humanoide que se había dado cuenta de su presencia. Lampedusa la miró como quien veía a un gato caminando sobre las patas delanteras haciendo el pino, para por fin atreverse a abrir la boca.
—¿Tu madre se lo hizo con un perro callejero o es que naciste así de feo? ¡Puff!
Tan perdida como estaba, tenía que encontrar alguien o alguna forma de salir de esa. ¿Dónde quedaría esa maldita aldea? Ya ni idea tenía. Vaya puta mierda de jungla, con esos árboles que parecían creados por un diseñador de moda vago que repitiera el mismo patrón una y otra vez. Había entrado ahí por culpa del universo y a saber cómo salía ahora.
Tenía mucha hambre. Maldita sea, ¿ni siquiera podría encontrar una fruta? Le rugía el estómago cosa mala, por dios. ¿De qué le servía haber robado esa estúpida cartera si en una selva alejada de la mano de satán no podía usarlo para nada? Como no engañara a un mono idiota para robarle fruta o algo…
De golpe su nariz captó un aroma que hizo que la boca se le hiciera agua. Pescado a la brasa, podía saberlo incluso sin haberlo visto. ¿Dónde? Era una buena pregunta. Al menos el universo no podría engañarla si cerraba los ojos y se dejaba llevar por el olfato. Caminó varios pasos y se dio de bruces contra un árbol por hacer el gilipollas. Vale, pues sí que tendría que usar los ojos, visto lo visto.
Siguió el aroma y tras quitar de en medio unos matojos se encontró de bruces con un tesoro en mitad de la jungla. Pero justo al lado vio a una criatura humanoide que se había dado cuenta de su presencia. Lampedusa la miró como quien veía a un gato caminando sobre las patas delanteras haciendo el pino, para por fin atreverse a abrir la boca.
—¿Tu madre se lo hizo con un perro callejero o es que naciste así de feo? ¡Puff!
cosos
