20-12-2025, 07:28 AM
Tomé otro de los pescados ya fritos y me lo llevé a la boca para darle un mordisco teniendo ya el estómago medio lleno, aquella cena estaba resultando exquisita y con buena compañía. Las sonrisas no se detenían y el efecto de las hierbas mágicas que estaba ya en mi sistema comenzaba a aflorar, podía verse en mis pupilas y en mi expresión de oreja a oreja..
Más tarde pude notar su incomodidad y sentí que había cruzado una línea indebida. Me di cuenta entonces de que todos caminábamos por un infierno diferente. Suavicé la mirada para él y mi sonrisa le ofreció mieles, un refugio genuino por un segundo; quería darle a entender que no iba a ser juzgado y que tampoco habría presiones porque me contara su pasado ni nada parecido. Podía hacerlo si quería, pero yo no iba a obligarlo.
Su reacción me hizo pensar en que era un hombre con muchas heridas tratando de cerrar al mismo tiempo, y eso podía entenderlo... aunque no del todo. Mientras contaba su historia, comprendí que pocas veces se había permitido hablar sobre ello. Todos tenemos una carga que relatar y yo creo fervientemente en que, mientras más hables de la herida, menos escuece. Para mí, no se trata de dejarla a un lado ni de olvidarla; si lo haces, el dolor cobra vida propia y, a largo plazo, se convierte en un demonio con una estaca que apuñala tu mente y tus recuerdos cuando menos lo esperas. Lo mejor es verlo de frente y, aunque te hiera, reconocerlo hasta que un día logras hacerte uno con él.
Resoplé. "Qué ironía", pensé. Yo disfrutaba demasiado del apuñalamiento. Mi sonrisa se hizo aún más grande mientras masticaba lentamente aquel gran bocado de pescado frito.
Pero ese era mi modo, no el suyo.
Había otra cosa que entendía, aunque no pudiera achacarse a una especie de trauma. Pude adivinar el tipo de trabajo que había tenido en los lugares que mencionaba; sin embargo, me limité a seguir mordiendo y masticando, mirándolo fijamente con unos orbes que reflejaban el destello de la fogata frente a mí.
"Mujeres… cura y veneno al mismo tiempo", pensé, dando un suave golpecito con la planta del pie sobre la arena, hundiendo los dedos como si jugueteara con ella mientras escuchaba el resto de su historia. Mi sonrisa se desvanecía poco a poco.
Cuando terminó de hablar, dejé el pincho clavado en la arena y miré la mano que me tendía para luego buscar sus ojos; no podía aceptar sus resoluciones. Un segundo después, rompí el silencio con una carcajada sonora, aunque carente de gozo.
—¡HUHUHYYAAAHYYAAA! ¡KAKAKHUHUYAA HUHYYAA! —me reí, pero por dentro el pecho me ardía. "Mierda", pensé, presionando una mano contra mi estómago mientras me mecía hacia atrás en la arena y me cubría los ojos con la otra. "No estoy lo suficientemente drogada como para no sentir nada", reconocí con derrota, dejé caer los hombros.
—Paciencia en la forja, Heras… —solté, intentando recuperar el aliento. Pero la máscara se terminó de romper—. No me insultes.
Regresé el cuerpo al centro, sentándome erguida para mirarlo desde abajo con el ceño fruncido y la mirada cargada de una frialdad repentina. Me dolía todo él, su pasado… y el mío.
El fuego crepitó en el silencio que siguió a mis palabras. Poco me importaba lo que pensara de mí en ese momento; en realidad, nunca me había importado.
No tomé su mano, pero tampoco le quité los ojos de encima. Inhalé y exhalé otra calada de la pipa, esperando una respuesta que no llegaba mientras mi sonrisa se negaba a volver a su lugar. Mi cuerpo estaba relajado, pero era una laxitud falsa propiciada por la hierba; mi mente jamás llegaba a absorber todo el contenido de la droga. Aunque no lo aparentaba, siempre, en cada fibra de mi ser, estaba a la defensiva.
Siempre tenía miedo.
—Deja de actuar, Heras. Aquí no hay clientes; solo estamos tú y yo—mi voz sonó más rota de lo que en años había sonado: grave, seca y fría como la marea que se mecía a nuestro costado—. No soy una clienta a la que tengas que satisfacer, y tampoco quiero serlo.
Tomé otra calada de la pipa. Aquello era un insulto a mi persona y a mi condición de mujer. No había inhalado el fuego puro, ni dormido con humo en los pulmones y la piel hecha jirones para que él viniera a brindarme una caridad aprendida en el servicio de un burdel.
—Yo no dependo de ninguna persona. No quiero depender de ti y no quiero que consigas nada para mí; no quiero dormir en una casa el día de hoy. Es así de sencillo —le dije, con una seriedad absoluta. Exhalé el humo y le sostuve la mirada sin parpadear.
—Puedo adivinar qué tipo de trabajo tenías y a qué tipo de personas servías, pero eso no me interesa. Y ciertamente, tampoco me gusta que tengas la misma actitud conmigo —sentencié. Mis palabras fueron secas, como una espada directa al estómago; y me permití sentir el acero, pues yo también sentía esa misma herida en el mío.
—Me importa una mierda que se me meta arena al culo; he tenido cosas peores ahí durante días. Tampoco me molesta la sal. No estoy acostumbrada a comodidades que no desee darme yo misma, y hoy no será el día en que haga lo contrario, ¿entiendes? —pregunté, tajante—. Tampoco necesitas complacerme. No voy a pagar por nada de esto y, ciertamente, todavía no nos conocemos. Así que deja de esforzarte tanto en hacer cosas que no te pedí... apenas sé tu nombre.
Sentencié. Lo que pasaría después de aquello dependía enteramente de aquel lunarian. No había enojo en mi mirada, ni pena, ni juicio, no iba a negociar absolutamente nada.
Más tarde pude notar su incomodidad y sentí que había cruzado una línea indebida. Me di cuenta entonces de que todos caminábamos por un infierno diferente. Suavicé la mirada para él y mi sonrisa le ofreció mieles, un refugio genuino por un segundo; quería darle a entender que no iba a ser juzgado y que tampoco habría presiones porque me contara su pasado ni nada parecido. Podía hacerlo si quería, pero yo no iba a obligarlo.
Su reacción me hizo pensar en que era un hombre con muchas heridas tratando de cerrar al mismo tiempo, y eso podía entenderlo... aunque no del todo. Mientras contaba su historia, comprendí que pocas veces se había permitido hablar sobre ello. Todos tenemos una carga que relatar y yo creo fervientemente en que, mientras más hables de la herida, menos escuece. Para mí, no se trata de dejarla a un lado ni de olvidarla; si lo haces, el dolor cobra vida propia y, a largo plazo, se convierte en un demonio con una estaca que apuñala tu mente y tus recuerdos cuando menos lo esperas. Lo mejor es verlo de frente y, aunque te hiera, reconocerlo hasta que un día logras hacerte uno con él.
Resoplé. "Qué ironía", pensé. Yo disfrutaba demasiado del apuñalamiento. Mi sonrisa se hizo aún más grande mientras masticaba lentamente aquel gran bocado de pescado frito.
Pero ese era mi modo, no el suyo.
Había otra cosa que entendía, aunque no pudiera achacarse a una especie de trauma. Pude adivinar el tipo de trabajo que había tenido en los lugares que mencionaba; sin embargo, me limité a seguir mordiendo y masticando, mirándolo fijamente con unos orbes que reflejaban el destello de la fogata frente a mí.
"Mujeres… cura y veneno al mismo tiempo", pensé, dando un suave golpecito con la planta del pie sobre la arena, hundiendo los dedos como si jugueteara con ella mientras escuchaba el resto de su historia. Mi sonrisa se desvanecía poco a poco.
Cuando terminó de hablar, dejé el pincho clavado en la arena y miré la mano que me tendía para luego buscar sus ojos; no podía aceptar sus resoluciones. Un segundo después, rompí el silencio con una carcajada sonora, aunque carente de gozo.
—¡HUHUHYYAAAHYYAAA! ¡KAKAKHUHUYAA HUHYYAA! —me reí, pero por dentro el pecho me ardía. "Mierda", pensé, presionando una mano contra mi estómago mientras me mecía hacia atrás en la arena y me cubría los ojos con la otra. "No estoy lo suficientemente drogada como para no sentir nada", reconocí con derrota, dejé caer los hombros.
—Paciencia en la forja, Heras… —solté, intentando recuperar el aliento. Pero la máscara se terminó de romper—. No me insultes.
Regresé el cuerpo al centro, sentándome erguida para mirarlo desde abajo con el ceño fruncido y la mirada cargada de una frialdad repentina. Me dolía todo él, su pasado… y el mío.
El fuego crepitó en el silencio que siguió a mis palabras. Poco me importaba lo que pensara de mí en ese momento; en realidad, nunca me había importado.
No tomé su mano, pero tampoco le quité los ojos de encima. Inhalé y exhalé otra calada de la pipa, esperando una respuesta que no llegaba mientras mi sonrisa se negaba a volver a su lugar. Mi cuerpo estaba relajado, pero era una laxitud falsa propiciada por la hierba; mi mente jamás llegaba a absorber todo el contenido de la droga. Aunque no lo aparentaba, siempre, en cada fibra de mi ser, estaba a la defensiva.
Siempre tenía miedo.
—Deja de actuar, Heras. Aquí no hay clientes; solo estamos tú y yo—mi voz sonó más rota de lo que en años había sonado: grave, seca y fría como la marea que se mecía a nuestro costado—. No soy una clienta a la que tengas que satisfacer, y tampoco quiero serlo.
Tomé otra calada de la pipa. Aquello era un insulto a mi persona y a mi condición de mujer. No había inhalado el fuego puro, ni dormido con humo en los pulmones y la piel hecha jirones para que él viniera a brindarme una caridad aprendida en el servicio de un burdel.
—Yo no dependo de ninguna persona. No quiero depender de ti y no quiero que consigas nada para mí; no quiero dormir en una casa el día de hoy. Es así de sencillo —le dije, con una seriedad absoluta. Exhalé el humo y le sostuve la mirada sin parpadear.
—Puedo adivinar qué tipo de trabajo tenías y a qué tipo de personas servías, pero eso no me interesa. Y ciertamente, tampoco me gusta que tengas la misma actitud conmigo —sentencié. Mis palabras fueron secas, como una espada directa al estómago; y me permití sentir el acero, pues yo también sentía esa misma herida en el mío.
—Me importa una mierda que se me meta arena al culo; he tenido cosas peores ahí durante días. Tampoco me molesta la sal. No estoy acostumbrada a comodidades que no desee darme yo misma, y hoy no será el día en que haga lo contrario, ¿entiendes? —pregunté, tajante—. Tampoco necesitas complacerme. No voy a pagar por nada de esto y, ciertamente, todavía no nos conocemos. Así que deja de esforzarte tanto en hacer cosas que no te pedí... apenas sé tu nombre.
Sentencié. Lo que pasaría después de aquello dependía enteramente de aquel lunarian. No había enojo en mi mirada, ni pena, ni juicio, no iba a negociar absolutamente nada.
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