¿Cuando fue la última vez que puse un pie fuera de este palacio, o templo, o iglesia, o lo que sea que es esto? Sinceramente, no tengo la menor idea de qué es este lugar. Sigo atorada pensando en lo mismo de siempre: ¿cómo diablos llegué hasta este palacio? ¿Será real todo esto? ¿En qué momento exacto fue que me perdí en mi propia isla? Mmmm… no recuerdo qué estaba haciendo antes de llegar.
Los días, si es que han pasado días, (han pasado años), se han vuelto difusos en mi cabeza, pero lo único que logra relajarme es entrar al inmenso salón de baño de esta iglesia en medio de la noche, justo cuando ya no hay nadie, cuando las monjas desaparecen a hacer sus fiestas en los jardines junto con otros monjes. Suelen invitarme a ir, son amables, pero he sentido mi corazón roto últimamente, sin saber muy bien por qué, así que preferí no ir con ellos, como varias veces les he rechazado.
Atravieso las cortinas transparentes que cuelgan en la entrada del salón de baño y camino lentamente sobre la piedra lisa del piso, dejando caer al suelo la toalla suave que me prestaron las monjas. Me quedo un momento de pie, inmóvil y completamente desnuda en el borde de la piscina, observando el agua cristalina que brilla bajo el reflejo de las estrellas de la noche que entran por la gran ventana del techo. Metí delicadamente un pie y luego todo el cuerpo, sintiendo como el calorcito del agua recorre mi piel como un escalofrío. Su temperatura es perfecta, justo como me gusta.
Avancé directo a la parte honda de la piscina, dejando que el agua me tragara por completo. Me hundí y me hundí hasta que sentí el piso con los dedos de los pies. Me quedé ahí abajo, aguantando la respiración y con el cabello rubio moviéndose al rededor de mi cara. No pasó tanto tiempo para que mis pulmones me pidieran volver a respirar, así que di un empujón suave con las piernas y me elevé hasta sacar la cabeza a la superficie, pasando mis manos por la cara y tirando todo ese pelo mojado hacia atrás para poder ver.
Nadé marcha atrás, sentí la orilla fría de la piscina chocar con mi espalda y allí saqué mis brazos del agua para apoyarlos mientras me quedaba mirando el cielo. Estaba relajada y comencé a pensar en el tiempo que he pasado aquí a causa de la comodidad que me dan estas hermosas monjas, tanto que ni siquiera he salido a buscar a mi amado para contarle que por fin encontré humanos en mi isla, le va a encantar saberlo, así él podrá quedarse conmigo aquí sin problemas. Además, me muero por ir a restregarle en la cara a mis vecinos con cara de animal y de pez que su miedo por los humanos es una estupidez. Estoy segura de que ni ellos sabían que existían otros humanos… ¿O si? ¿Y si me estaban ocultando? Joder…
Suspiré, recuperando el aire y luego me di vuelta para salir de una vez. Sentí el frío del salón en cuanto salí del agua, caminé con mis pies mojados para acercarme a una toalla con la que usé para secarme rápido. Me planté frente al espejo que está pegado a la pared y al lado tenía mis cosas, un bikini negro y mis condones. Sin apresurarme agarré un lápiz para marcar mis ojos, me vestí, ajusté los lazos del bikini y me puse los condones en ambas manos. Me miré al espejo por última vez, con los ojos oscuros y las manos protegidas gracias a mi amado, ya estaba lista para salir de la iglesia para ir a buscarlo y cerrarle la boca a mis vecinos.
Crucé el pasillo dejando atrás el baño y al pasar cerca de los jardines vi bailar a las monjas y monjes con lugareños, emocionados, felices y la música de la fiesta un escándalo, haciéndome preguntar cómo era posible que, siendo tan ruidosos, nunca los hubiera escuchado antes desde mi casa de la isla, bueno, supongo que con lo escandalosos que son mis vecinos con cara de animal, puede que tapaban toda esta extraña música, eso tiene sentido. Antes de salir, tomé prestado unas monedas birllantes que saqué de una caja que decía “donaciones”. No se muy bien qué significa eso, pero tengo la impresión de que me servirá de algo.
Ya estaba cerca de la salida, me acerqué ansiosa a la luz que se veía al final, pensando que en cuanto saliera me encontraría con las plantas de la selva y el camino a mi casa. Pero al salir, antes de que pudiera entender dónde estaba, la realidad me golpeó como una muralla de personas. Al chocar con ellas, las monedas se me escaparon de las manos, cayendo al suelo y perdiéndose al más allá. Quise agacharme a buscarlas, pero eso fue imposible, las personas me arrastraron como una corriente y me llevaron a no se dónde.
Este lugar no era mi isla, entonces ¿dónde estaba? Me moví a un lado por puro instinto, logrando zafarme del grupo y me quedé al lado de una muralla, viendo los colores llamativos de la ropa de las personas y sus movimientos al bailar, hasta la naturaleza es distinta a las que hay en mi isla.
En medio todo este lío de la gente bailando y gritando o haciendo todo tipo de cosas, fue cuando lo ví a él, este tipo volaba o algo así, encima de una galleta, sí, una galleta. Por un momento pensé que era mi imaginación o era el hambre, pero no, el tipo venia sentando sobre una galleta gigante y junto a él lo acompañaba un pájaro, no se que clase de pájaro, pero ojala que no fuese un pájaro pulgoso. El loquito aterrizó cerca de mi y me dijo paliducha ¿Paliducha? No le quité la mirada encima, lo vi agitar el frasco y juró que era ron del bueno, pero en cuanto terminó de hablar, el pájaro empezó a picotearle la cabeza como si quisiera comerle los sesos. Solté una risa, el momento me descolocó, no hablaba como las monjas ni tenía el color moreno de los lugareños que veo alrededor. Me quedé mirando su mano extendida con la petaca.
Le pregunté extendiendo mi mano para que me pasara la petaca y junté mis labios para enviarle un dulce beso por los aires.
Los días, si es que han pasado días, (han pasado años), se han vuelto difusos en mi cabeza, pero lo único que logra relajarme es entrar al inmenso salón de baño de esta iglesia en medio de la noche, justo cuando ya no hay nadie, cuando las monjas desaparecen a hacer sus fiestas en los jardines junto con otros monjes. Suelen invitarme a ir, son amables, pero he sentido mi corazón roto últimamente, sin saber muy bien por qué, así que preferí no ir con ellos, como varias veces les he rechazado.
Atravieso las cortinas transparentes que cuelgan en la entrada del salón de baño y camino lentamente sobre la piedra lisa del piso, dejando caer al suelo la toalla suave que me prestaron las monjas. Me quedo un momento de pie, inmóvil y completamente desnuda en el borde de la piscina, observando el agua cristalina que brilla bajo el reflejo de las estrellas de la noche que entran por la gran ventana del techo. Metí delicadamente un pie y luego todo el cuerpo, sintiendo como el calorcito del agua recorre mi piel como un escalofrío. Su temperatura es perfecta, justo como me gusta.
Avancé directo a la parte honda de la piscina, dejando que el agua me tragara por completo. Me hundí y me hundí hasta que sentí el piso con los dedos de los pies. Me quedé ahí abajo, aguantando la respiración y con el cabello rubio moviéndose al rededor de mi cara. No pasó tanto tiempo para que mis pulmones me pidieran volver a respirar, así que di un empujón suave con las piernas y me elevé hasta sacar la cabeza a la superficie, pasando mis manos por la cara y tirando todo ese pelo mojado hacia atrás para poder ver.
Nadé marcha atrás, sentí la orilla fría de la piscina chocar con mi espalda y allí saqué mis brazos del agua para apoyarlos mientras me quedaba mirando el cielo. Estaba relajada y comencé a pensar en el tiempo que he pasado aquí a causa de la comodidad que me dan estas hermosas monjas, tanto que ni siquiera he salido a buscar a mi amado para contarle que por fin encontré humanos en mi isla, le va a encantar saberlo, así él podrá quedarse conmigo aquí sin problemas. Además, me muero por ir a restregarle en la cara a mis vecinos con cara de animal y de pez que su miedo por los humanos es una estupidez. Estoy segura de que ni ellos sabían que existían otros humanos… ¿O si? ¿Y si me estaban ocultando? Joder…
Suspiré, recuperando el aire y luego me di vuelta para salir de una vez. Sentí el frío del salón en cuanto salí del agua, caminé con mis pies mojados para acercarme a una toalla con la que usé para secarme rápido. Me planté frente al espejo que está pegado a la pared y al lado tenía mis cosas, un bikini negro y mis condones. Sin apresurarme agarré un lápiz para marcar mis ojos, me vestí, ajusté los lazos del bikini y me puse los condones en ambas manos. Me miré al espejo por última vez, con los ojos oscuros y las manos protegidas gracias a mi amado, ya estaba lista para salir de la iglesia para ir a buscarlo y cerrarle la boca a mis vecinos.
Crucé el pasillo dejando atrás el baño y al pasar cerca de los jardines vi bailar a las monjas y monjes con lugareños, emocionados, felices y la música de la fiesta un escándalo, haciéndome preguntar cómo era posible que, siendo tan ruidosos, nunca los hubiera escuchado antes desde mi casa de la isla, bueno, supongo que con lo escandalosos que son mis vecinos con cara de animal, puede que tapaban toda esta extraña música, eso tiene sentido. Antes de salir, tomé prestado unas monedas birllantes que saqué de una caja que decía “donaciones”. No se muy bien qué significa eso, pero tengo la impresión de que me servirá de algo.
Ya estaba cerca de la salida, me acerqué ansiosa a la luz que se veía al final, pensando que en cuanto saliera me encontraría con las plantas de la selva y el camino a mi casa. Pero al salir, antes de que pudiera entender dónde estaba, la realidad me golpeó como una muralla de personas. Al chocar con ellas, las monedas se me escaparon de las manos, cayendo al suelo y perdiéndose al más allá. Quise agacharme a buscarlas, pero eso fue imposible, las personas me arrastraron como una corriente y me llevaron a no se dónde.
Este lugar no era mi isla, entonces ¿dónde estaba? Me moví a un lado por puro instinto, logrando zafarme del grupo y me quedé al lado de una muralla, viendo los colores llamativos de la ropa de las personas y sus movimientos al bailar, hasta la naturaleza es distinta a las que hay en mi isla.
* * *
En medio todo este lío de la gente bailando y gritando o haciendo todo tipo de cosas, fue cuando lo ví a él, este tipo volaba o algo así, encima de una galleta, sí, una galleta. Por un momento pensé que era mi imaginación o era el hambre, pero no, el tipo venia sentando sobre una galleta gigante y junto a él lo acompañaba un pájaro, no se que clase de pájaro, pero ojala que no fuese un pájaro pulgoso. El loquito aterrizó cerca de mi y me dijo paliducha ¿Paliducha? No le quité la mirada encima, lo vi agitar el frasco y juró que era ron del bueno, pero en cuanto terminó de hablar, el pájaro empezó a picotearle la cabeza como si quisiera comerle los sesos. Solté una risa, el momento me descolocó, no hablaba como las monjas ni tenía el color moreno de los lugareños que veo alrededor. Me quedé mirando su mano extendida con la petaca.
—Jisjisjis. Miau, mierda ¿quienes son ustedes? Yo soy Lana… ¿Debería preocuparme por tu pajarraco que le gusta comer sesos?… ¿Es ron, whisky…? ¿Qué es eso? No importa el sabor que tenga, me gustaría probarlo… Oye creo que estoy perdida… ¿por casualidad sabes dónde carajos estamos? Desde aquí no veo el mar, ¿conoces el mar? Es como un meado azul gigante—
Le pregunté extendiendo mi mano para que me pasara la petaca y junté mis labios para enviarle un dulce beso por los aires.
—Muack—.
Aclaración
