21-12-2025, 04:47 AM
4 años atrás
Día 15 de invierno, año 12
Lo intentaba, de verdad lo intentaba, pero cada día estaba más convencido de que haber salido de Momoiro había sido una pésima idea.
Cuando salió de aquella isla lo hizo para seguir haciendo una de las cosas que adoraba: viajar. Estuvo demasiado tiempo en un mismo lugar y ahora podía darse el lujo de conocer nuevas regiones, eso fue lo que lo trajo, unos meses antes, a las predecibles aguas del South Blue.
Su plan era simple, pasar unos meses o un par de años en la primera isla que le llamara la atención mientras vivía de curar con su medicina a aquellos que lo necesitaran, tal como el médico que conoció en Momoiro, Star Bluefire, le había enseñado: sanar, no destruir.
Pero no estaba funcionando.
Tal vez aquella persona era capaz de mantenerlo a raya, a fin de cuentas, entre los estudios y nuevas enseñanzas sobre medicina moderna, apenas tenía tiempo para pensar en algo más, quizá por eso se conformó con la tranquilidad de aquella isla en el Grand Line, por eso enfocó sus habilidades en curar, pero ahora…la tranquilidad de su vida estaba resultándole un infierno.
Era obvio, pudo haber pasado cinco años en Momoiro bien controlado, pero todos los años anteriores los dedicó a dos cosas muy específicas: piratería y tráfico.
Si nadie lo mantenía a raya… ¿Cómo podía dejar atrás con facilidad el estilo de vida más “común” que conocía? No servía para vivir decentemente, de eso se daba cuenta ahora que miraba las cuentas a pagar y el poco dinero que ingresaba a su clínica con este trabajo decente que estaba intentando llevar a cabo.
Era médico, pero no de la caridad, también necesitaba comer, beber, darse sus lujos de vez en cuando y los números amarillos no le estaban ayudando…al menos como pirata tenía más oportunidades de conseguir dinero, después de todo, a pesar de su mala memoria, recordaba muy bien la inmensa cantidad de berries que recibía a cambio después de una “operación” exitosa.
—No, no, no…paciencia, Hyak, paciencia, seguro es como dice Blue…las cosas mejorarán con el tiempo, además…aun tengo dinero suficiente, no puedo volver a ser como antes —. Llevó sus manos abiertas hacia su cara, atrapando sus propias mejillas entre sus palmas en un suave golpecito como si buscara despertarse de una pesadilla. —No puedo volver a vivir en la zozobra de sentirme perseguido por unos cuantos berries —. El problema es que el tráfico no le daba “unos cuantos berries”, le daba muchos y él lo sabía, por más que intentara convencerse de lo contrario.
La tentación de hacer lo contrario a lo que le había prometido a su “maestro” de Momoiro seguía presente y eso no cambiaría si continuaba analizando las cuentas de su clínica. —Esto no funciona —. Chasqueó la lengua, molesto y cerró el libro de cuentas antes de levantarse de su silla para ir por una taza de algún té que sirviera para calmar los nervios y, una vez que la tuvo, se quedó parado a un lado de una de las ventanas de su consultorio.
Las calles de Sorbet estaban tranquilas, pocas personas pasaban afuera a esas horas de la tarde y los que lo hacían ni siquiera volteaban a ver hacia la clínica. Así había sido esta semana y la anterior a esta y la anterior a la anterior.
Como hacía siempre por mala costumbre, se mordió el interior de la boca con fuerza, una manía tan arraigada que apenas y sentía el sabor de la sangre que empezaba a salir por culpa de sus propios dientes, parecía casi irreal que estuviera tan ensimismado con sus pensamientos contradictorios que ni siquiera el dolor de la mordida lo hiciera reaccionar como habría pasado en otro momento, pero… ¿Podía ser culpado? Sus pensamientos empezaban a entrar en terrenos pantanosos que no quería recorrer, después de todo, la simple idea de ver como algo negativo la salud de las personas era algo que no podía decir en voz alta, después de todo, como médico, que la gente estuviera tan sana no le convenía, pero decir eso en voz alta estaría mal ahora que intentaba mantener esa vida reformada que le fue inculcada por Blue.
—Tiempo al tiempo —susurró cerca de la taza de té caliente, tan cerca como para que el calor de la cerámica quemara sus labios y con ello la herida de la mordida provocada por su tic. —Tsk…duele…
Dejó a un lado la taza con la bebida y se acercó a unos estantes para buscar algo con que desinfectar su herida y gasa para limpiarla, algo que habría hecho de inmediato de no ser porque escuchó como la puerta principal de la clínica se abría…algo que solo significaba una cosa.
—¡Un paciente! —Sus ojos brillaron y, sin pensarlo dos veces, caminó hasta la entrada no sin antes haber recogido de su silla su blanca bata de médico, la cual se colocó mientras iba de camino al recibidor.
—Buenas tardes, ¿En qué puedo ayu…? —La palabra quedó a medio camino en su garganta cuando vio al chico que habían traído frente a él.
No tenía que examinarlo si quiera para darse cuenta de lo débil que parecía. Hace tanto no veía a alguien así, le recordaba a esas personas que, durante su vida como pirata, eran capturados para ser vendidos como esclavos o, bien, eran elegidos por él para ser vendidos por “partes”.
Tuvo que disimular el mal sabor de boca que le provocó la visión del chico, no por lástima, si no porque de cierto modo le recordó a su propio estado al despertar, desmemoriado, en una celda en un sucio barco pirata. Tuvo suerte de no pasar a ser parte de ese grupo de gente que él aprendió a tratar como mercancía.
Sacudió su cabeza y miró a quienes traían al chico consigo, esperaba que hablaran, que le dieran la razón del estado del muchacho, si es que la conocían y, si no, sería él quien se pondría manos a la obra para encontrar respuestas.
Le gustaban los acertijos, en especial los que el cuerpo humano podría ofrecer y algo le decía que el chico frente a él podría ofrecerle algo interesante para investigar.
