21-12-2025, 06:57 PM
El viento marino acompañaba el baile de nuestra nueva tripulación, acompasado, como si fuera el director de orquesta que daba las órdenes a nuestros movimientos. Nuestros enemigos parecían haberse visto sobrepasados por nuestras capacidades, unos más que otros, sin embargo no pretendían darse por vencidos. Las olas continuaban golpeando el casco del barco, como quien llama a una puerta que espera que se abra, sin pararse a pensar que esa puerta solo se abriría para nosotros.
Mi enemigo debía ser un maestro marcial, pues sus movimientos no parecían los de un novato. Tan pronto como su ataque anterior hubo fallado, justo cuando su cuerpo tocó el suelo, comenzó a girar sobre su cabeza, a gran velocidad, como los trompos que hacían girar los niños de las calles de Samba. Con una rapidez sorprendente, se lanzó de nuevo hacia mi, en un tornado de piernas y puños. Su movimiento era tan ágil que supe al instante que no sería posible para mi dispararle, al menos no con precisión. Se movía en un ataque enérgico, lleno de fuerza. Si impactaba contra mi de esa manera me causaría mucho daño. Recordé la última vez que había recibido un dolor tal, durante mi combate grupal en los cabos gemelos, cuando aquella lagartija me tenía cogido por el cuello y una deflagración nos envolvió a los dos. También vino a mi mente cómo perdí mis fuerzas, cómo quedé unos instantes a merced de mi enemigo y la sensación de impotencia que me quedó al verme a sus pies. También recordé que solo unos segundos después, todo se volvió oscuro. Pudo haber sido el fin, de no ser por alguno de mis compañeros allí recluidos, pues alguien debió salvarme, y mi antigua tripulación no sabía nada al respecto.
Supe enseguida que no podía dejar que su ataque me alcanzase, así que flexioné mis piernas y salté veloz. Justo en la dirección donde se encontraban mis compañeros. Ellos parecían apañarse bien con su contrincante. Yo superaba al mío en agilidad y reflejos, pero algo me hacía saber que en términos de fuerza no éramos comparables. Sin embargo, con ayuda de Eros y el doctor podríamos ocuparnos de él sin problema. Oí un estallido, sin duda el del rifle de Kiyoshi, y salté a ras de suelo, girando en el aire para poder mantener mi vista fijada en mi rival, levantando mi rifle en su dirección. Mi espalda avanzaba a escasos centímetros del suelo. Entonces, disparé. Mi disparo buscaba el costado de mi presa. Un resplandor cubrió la zona cuando mi disparo impactó.
Retrocedí algunos pasos, hasta situarme a unos 5 metros de dónde había caído de mi salto. Y entonces, oí un retumbar proveniente de mi espalda, como el que produce una criatura de gran tamaño al avanzar por la selva. Supuse que era uno de los muchos reptiles gigantes que poblaban la isla. Sin embargo, esa idea se diluyó rápido al oír el grito que soltó. Parecía conocer a nuestros enemigos, pues decía que eran sus alumnos. Pensaba que la batalla estaba por concluir, cuando no había hecho nada más que empezar.
Mi enemigo debía ser un maestro marcial, pues sus movimientos no parecían los de un novato. Tan pronto como su ataque anterior hubo fallado, justo cuando su cuerpo tocó el suelo, comenzó a girar sobre su cabeza, a gran velocidad, como los trompos que hacían girar los niños de las calles de Samba. Con una rapidez sorprendente, se lanzó de nuevo hacia mi, en un tornado de piernas y puños. Su movimiento era tan ágil que supe al instante que no sería posible para mi dispararle, al menos no con precisión. Se movía en un ataque enérgico, lleno de fuerza. Si impactaba contra mi de esa manera me causaría mucho daño. Recordé la última vez que había recibido un dolor tal, durante mi combate grupal en los cabos gemelos, cuando aquella lagartija me tenía cogido por el cuello y una deflagración nos envolvió a los dos. También vino a mi mente cómo perdí mis fuerzas, cómo quedé unos instantes a merced de mi enemigo y la sensación de impotencia que me quedó al verme a sus pies. También recordé que solo unos segundos después, todo se volvió oscuro. Pudo haber sido el fin, de no ser por alguno de mis compañeros allí recluidos, pues alguien debió salvarme, y mi antigua tripulación no sabía nada al respecto.
Supe enseguida que no podía dejar que su ataque me alcanzase, así que flexioné mis piernas y salté veloz. Justo en la dirección donde se encontraban mis compañeros. Ellos parecían apañarse bien con su contrincante. Yo superaba al mío en agilidad y reflejos, pero algo me hacía saber que en términos de fuerza no éramos comparables. Sin embargo, con ayuda de Eros y el doctor podríamos ocuparnos de él sin problema. Oí un estallido, sin duda el del rifle de Kiyoshi, y salté a ras de suelo, girando en el aire para poder mantener mi vista fijada en mi rival, levantando mi rifle en su dirección. Mi espalda avanzaba a escasos centímetros del suelo. Entonces, disparé. Mi disparo buscaba el costado de mi presa. Un resplandor cubrió la zona cuando mi disparo impactó.
Retrocedí algunos pasos, hasta situarme a unos 5 metros de dónde había caído de mi salto. Y entonces, oí un retumbar proveniente de mi espalda, como el que produce una criatura de gran tamaño al avanzar por la selva. Supuse que era uno de los muchos reptiles gigantes que poblaban la isla. Sin embargo, esa idea se diluyó rápido al oír el grito que soltó. Parecía conocer a nuestros enemigos, pues decía que eran sus alumnos. Pensaba que la batalla estaba por concluir, cuando no había hecho nada más que empezar.
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