22-12-2025, 01:47 PM
El bar ya no era un bar, parecía más un animal vivo, un monstruo sudoroso hecho de gritos, madera astillada y cuerpos chocando sin dirección. En referencia a un pintor, podríamos decir que esto no es un bar. Seguí moviéndome porque pararse era morir. Salté sobre una mesa justo cuando dos tipos se empujaban contra ella desde lados opuestos; la tabla cedió con un crujido y ambos cayeron al suelo enredados, más ocupados en morderse que en darse cuenta de que yo les había pasado por encima. Aterricé mal, resbalé en algo pegajoso que no sé si quería saber qué era. ¿Cerveza?, ¿salsa?, ¿sangre? Y usé la cola para impulsarme contra una pared, girando sobre mí misma como si el caos tuviera ritmo.
En realidad me había hecho demasiada gracia la escena de aquellos dos cayendo al suelo. Pero el hecho de que hubiera gente pegándose sin saber por qué; uno golpeó a otro que no era de su grupo; ese otro respondió. Un tercero se metió pensando que defendía a alguien. Un cuarto aprovechó para robar una botella. Una silla voló. Un taburete se partió contra una espalda equivocada. Un tipo intentó morder a otro en la oreja y acabó con la boca llena de pelo ajeno.
— Joder… —murmuré, con cierta pereza y a la vez asombro—. Esto ya no es personal. Más bien son tontos peleándose por ver quién es más tonto…
Le di una patada corta a una rodilla que venía directa hacia mí. No fuerte. Eficiente. El tipo cayó chillando y alguien más lo pisó sin querer. Ni siquiera me miró. Nadie miraba ya a nadie. Sonreí, conteniendo una carcajada. El barman seguía detrás de la barra, inmóvil, con los ojos muy abiertos, como si estuviera viendo arder su casa por dentro. Salté de nuevo, esta vez sobre la espalda de un marinero enorme que estaba estrangulando a otro contra una columna. Le clavé el talón entre cuello y clavícula, donde el músculo no protege bien, y el agarre se rompió con un ruido seco. El que estaba siendo estrangulado cayó de rodillas, tosiendo, y me miró como si yo fuera una aparición divina. No me quedé a comprobarlo.
Fue entonces cuando lo vi: dos tipos del mismo grupo dándose de hostias entre ellos, uno gritándole al otro algo sobre una deuda, sobre una mujer, sobre una botella que no era suya. Sangre en la boca, ojos inyectados, ninguno recordando ya por qué había empezado todo. Esto iba a ir a peor. Mucho peor.
Y entonces pensé en Han. Giré la cabeza, buscándole. Lo encontré. Apreté los dientes. Me abrí paso hacia él usando empujones cortos, golpes rápidos, la cola marcando espacio. No para ganar. Para llegar. Un tipo intentó agarrarme del brazo, supuse, pero no lo logró, yo era demasiado pequeña y él iba demasiado ebrio como para acertar.
Cuando por fin estuve lo bastante cerca, me colgué de Han; tenía unos momentos de relax—. Han —dije rápido, pegada a él para que solo me oyera—. Esto se está yendo de madre.
Como si él no lo supiera. No hacía falta ni mirar, tan solo escuchar el caos que había. Miré alrededor mientras hablaba, señalando con la barbilla, sin dejar de moverme. Evidencia—. ¿Serán conscientes de porqué empezó la pelea? —dos más rodando por el suelo, uno intentando ahogar al otro con cerveza derramada—. En cuanto alguien saque algo peor que una navaja… esto se convierte en carnicería, y yo ya no tengo hambre.
Una mesa volvió a romperse. Alguien gritó desde el fondo. Vidrio estallando. Le apoyé una mano breve en el costado sano, firme, anclándolo un segundo—. Yo creo que esta es nuestra oportunidad para huir. ¿Tienes fe? —le devolví de alguna manera aquella frase que se me había quedado clavada antaño como una espina.
En realidad me había hecho demasiada gracia la escena de aquellos dos cayendo al suelo. Pero el hecho de que hubiera gente pegándose sin saber por qué; uno golpeó a otro que no era de su grupo; ese otro respondió. Un tercero se metió pensando que defendía a alguien. Un cuarto aprovechó para robar una botella. Una silla voló. Un taburete se partió contra una espalda equivocada. Un tipo intentó morder a otro en la oreja y acabó con la boca llena de pelo ajeno.
— Joder… —murmuré, con cierta pereza y a la vez asombro—. Esto ya no es personal. Más bien son tontos peleándose por ver quién es más tonto…
Le di una patada corta a una rodilla que venía directa hacia mí. No fuerte. Eficiente. El tipo cayó chillando y alguien más lo pisó sin querer. Ni siquiera me miró. Nadie miraba ya a nadie. Sonreí, conteniendo una carcajada. El barman seguía detrás de la barra, inmóvil, con los ojos muy abiertos, como si estuviera viendo arder su casa por dentro. Salté de nuevo, esta vez sobre la espalda de un marinero enorme que estaba estrangulando a otro contra una columna. Le clavé el talón entre cuello y clavícula, donde el músculo no protege bien, y el agarre se rompió con un ruido seco. El que estaba siendo estrangulado cayó de rodillas, tosiendo, y me miró como si yo fuera una aparición divina. No me quedé a comprobarlo.
Fue entonces cuando lo vi: dos tipos del mismo grupo dándose de hostias entre ellos, uno gritándole al otro algo sobre una deuda, sobre una mujer, sobre una botella que no era suya. Sangre en la boca, ojos inyectados, ninguno recordando ya por qué había empezado todo. Esto iba a ir a peor. Mucho peor.
Y entonces pensé en Han. Giré la cabeza, buscándole. Lo encontré. Apreté los dientes. Me abrí paso hacia él usando empujones cortos, golpes rápidos, la cola marcando espacio. No para ganar. Para llegar. Un tipo intentó agarrarme del brazo, supuse, pero no lo logró, yo era demasiado pequeña y él iba demasiado ebrio como para acertar.
Cuando por fin estuve lo bastante cerca, me colgué de Han; tenía unos momentos de relax—. Han —dije rápido, pegada a él para que solo me oyera—. Esto se está yendo de madre.
Como si él no lo supiera. No hacía falta ni mirar, tan solo escuchar el caos que había. Miré alrededor mientras hablaba, señalando con la barbilla, sin dejar de moverme. Evidencia—. ¿Serán conscientes de porqué empezó la pelea? —dos más rodando por el suelo, uno intentando ahogar al otro con cerveza derramada—. En cuanto alguien saque algo peor que una navaja… esto se convierte en carnicería, y yo ya no tengo hambre.
Una mesa volvió a romperse. Alguien gritó desde el fondo. Vidrio estallando. Le apoyé una mano breve en el costado sano, firme, anclándolo un segundo—. Yo creo que esta es nuestra oportunidad para huir. ¿Tienes fe? —le devolví de alguna manera aquella frase que se me había quedado clavada antaño como una espina.
