23-12-2025, 05:29 AM
(Última modificación: 23-12-2025, 05:35 AM por Ryota Miyamoto.)

“Kekeke ya sabes, soy una máquina.”
Reencontrarse con amigos siempre era un momento increíble, aún más con alguien como el pelirrojo, quien no tardó ni un segundo en elogiar sus “conquistas”. Ryota sabía que no se trataba de ninguna, pero no iba a impedir que su amigo pensara lo que quisiera, mucho menos cuando era él quien quedaba como todo un semental. Así que restó importancia al hecho de haber sido engatusado y arrastrado hasta una celda en medio de la jungla por la chica que intentaba cortejar.
-Me hace acordar a una chica que conocí hace tiempo, incluso, pero esa tenía el flequillito recto. Guapísima la cabrona. -
“Bueno, muchas chicas lindas usan flequillo…” Respondió sin pensarlo tanto, pues de haberse detenido a reflexionar probablemente habría recordado a la amazona de cabellos negros que conoció antes de partir de su isla natal. Si, los mares eran muy pequeños.
Pronto la conversación se volvió más privada. Los autóctonos apenas cruzaron miradas entre ellos para luego apartarlas y devolver la atención a la pareja de chicos, quienes hablaban entre sí como si fueran compañeros de un equipo deportivo, preparándose para el segundo tiempo.
“-Vamos a seguirles el juego un rato más, a ver qué cojones es esa tal bestia de la que hablan. Pero...-”
La respuesta de Owen dibujó una sonrisa en los labios del castaño. Sabía perfectamente que su amigo jamás lo dejaría solo en una batalla, mucho menos en una donde el premio fuera una minita, siempre fie, dispuesto, a ponerse la diez para quedarse con la amiga amargada y así ganar algo de tiempo.
Esos sí son amigos, que digo amigos, hermanos.

“Espera, ¿Cómo que no quieres que llame a una amiga?”
Contesto un tanto consternado ante las expresiones que invadían el rostro de su colega. ¿Por qué se había puesto de esa forma? Acaso…
Sin tiempo para deducir qué provocaba el tono rojizo en el rostro de su amigo, volvió a sentir su fuerza cuando este se soltó del agarre para ofrecer a los presentes una actuación digna de los premios de la Academia Pirata.
Owen, arrodillado sobre la tierra comenzó a reverenciar al grupo de autóctonos de la isla, quienes, confundidos, se vieron unos con otros sin saber que hacer.
“Oye ¿Qué haces?” Fue apenas lo que la chica de llamativos atributos alcanzo a decir, antes de escuchar la educada prosa emerger de los suaves labios del peli rojo, con tal ahínco que la dejo estupefacta.

“Y a ti que putas te pa…”
Antes de que terminara de hablar, Ryota escuchó el suave susurro de su amigo gracias a sus oídos entrenados; entrenados, claro, por todas esas veces que intentó escuchar qué ocurría al otro lado de la gran muralla que dividía los baños termales de su isla… quiero decir, por todas esas ocasiones en las que entrenó duramente en su isla natal, atento al oleaje del océano.
-Agáchateysígueme.-
De inmediato Ryota se coloco de rodillas junto a su amigo para comenzar a imitarlo, en principio solo asintió con la cabeza al compás de la voz de Owen, no entendía muy bien a donde quería llegar el peli rojo, pero confiaba ciegamente en las ideas del oji azul.
“¡Espero sepas perdonar Ashaninka! ¡tal es tu belleza que feliz me entrego junto con mi amigo a tu tributo!” Comenzaron a brotar lagrimas de sus ojos compenetrándose con las de Owen. “¡La única verdad es que nos has dado la oportunidad de renacer! ¡renacer cual parte de algo más grande como los es un rey selvático! ¡no solo eres hermosa! ¡también benevolente!” Expresó, dando paso a las siguientes palabras del pelirrojo, permitiéndole cerrar la actuación, mientras escuchaba de fondo los sonidos que se unificaban en su cabeza, transformándose en algo sublime al comenzar a comprender hacia dónde quería llegar su mejor amigo en el mundo.
Pensó Ryota al mismo tiempo que Owen terminaba de hablar, dejando tanto a los presentes armados con lanzas como a la chica, con las mejillas enrojecidas, desconcertados ante la descarada petición. Y justo cuando el susurro del pelirrojo volvió a invadir los oídos del castaño, este supo que era su momento, el instante de shootar el balón, de empujar con todo hacia la portería aquel centro perfecto que dibujo una parábola dictada por el mismísimo creador hasta su botín.

“Asha… si existiese una última voluntad para pobres tributos como nosotros…”
Con delicadeza, el joven se levanto de la tierra, camino un par de pasos, ignorando las lanzas que apresuradamente apuntaron a él. “Mi único deseo en este mundo, lo único que llenaría mi corazón para que el rey de la selva encuentre su saciedad…” Se detuvo frente a la chica y tomo dulcemente su mano.
El rostro de la mujer reflejaba no solo asombro y estupefacción, sino también un tono carmesí que delataba los sentimientos más profundos que le provocaba lo que estaba ocurriendo.
Ryota levanto la mano de Ashaninka hasta sus labios, dando un suave beso.

“Sería el regalo de tu compañía el último día de mi existencia…”
MESSI MESSI MESIIIII!!!!
Seria algo que pudieron escuchar los presentes en el subconsciente mientras veían la escena. El tiro perfecto, tras la asistencia perfecta, todo indicaría que ambos estarían a punto de lograr su cometido.
Si no fuera porque seguido a eso, los de las lanzas los cogieron a piñas y volvieron a esposarlos llevándolos rápidamente hasta el lugar donde se encontraba gran parte del pueblo.

“Buena asistencia bro, creí que si la hacíamos ¿eh?”
Comento el castaño, arrodillado de nuevo junto a su compañero, pero esta vez ambos en mitad de una superficie redonda que flotaba sobre el rio como una balsa. La misma tenía un diámetro de seis metros y se encontraba apenas unos 4 metros de la orilla.
En la orilla, se encontraba toda la aldea reunida, varios hombres tocaban tambores, mientras la mujer que los había apresado los observaba desde la distancia con un rostro dubitativo y en conflicto.
“¡Akshulai Hokonekulia!”
Expreso con fuerza la matriarca de la aldea, una anciana cuyos mejores años habían pasado hace mucho y su cuerpo se encorvaba haciéndola mas pequeña de lo que realmente era. “¡IHSELU ALIHAHA!” Vociferaba en una lengua muerta oriunda de la misma selva.
“Personas de la aldea, estamos aquí reunidos para ofrecer” Dijo Ryota después de la vieja.
“Ahskulikiki mototote” Continuaba la vieja.
“A estos extranjeros, a las fauces del rey” Funcionaba como traductor, quizá sorprendiendo a Owen en el proceso, pues era una locura esperar que el castaño hablara realmente una lengua muerta. ¿Quizá se convirtió durante esos años en algún tipo de erudito inteligente?
Los locales gritaron al parecer en ese momento, parecían celebrar que el rey de la selva fuera a comer por fin. Un rito ancestral que se sentía bastante macabro por parte de quienes eran los ofrecidos.
“¡ISHEKI TUKUPANA!” Prosiguió la anciana, alzando su cetro de madera al tiempo que otras dos mujeres le colocaban una especie de vestimenta dorada. Se trataba de algo ceremonial o algo menos eso parecía.
“Vistanme que tengo prisa.” Tradujo Ryota observando la escena.
“Ikelu piolshe keka” Dijo la anciana.
“Esta puta faja de ojas me hace ver gorda, y tengo que ir al baño.” Continuo con la traducción.
“KUKEMPU KUKEMPU” Canturreaba la anciana la matriarca.
“Me cago, me cago, ¿quien tiene papel?” Traducía Ryota, luchando por contener la risa que amenazaba con escapársele, pues hasta ese momento, aun a riesgo de morir, estaba improvisando con lo que decía la matriarca. En su puta vida había escuchado un idioma tan raro; simplemente adivinaba lo que podía a partir de la semiótica del momento y de la intención.
Todo eran risas para el castaño, al menos hasta que la balsa se tambaleó ligeramente hacia un costado y la marea pareció elevarse. Fue entonces cuando los locales comenzaron a tocar los tambores con mayor ritmo y a gritar completamente eufóricos. Para cuando la pareja de amigos se dio cuenta, pudo ver que bajo ellos se proyectaba una sombra de unos seis metros, extendiéndose bajo la balsa.

