23-12-2025, 09:14 PM
A veces me pregunto cuándo empezó exactamente. No el momento concreto, sino el punto en que dejé de verla solo como Kay, la carpintera y empecé a verla como algo más difícil de definir, como a una persona con sus blancos, negros y por supuesto sus grises. Kay me hace sentir que puedo bajar la guardia sin que pase nada malo. Y eso, para alguien como yo, no es poca cosa. He pasado media vida midiendo cada gesto, cada palabra, cada sonrisa; calculando cuánto de mí podía enseñar sin que luego doliera. Y ella, sin darse demasiada cuenta, había empezado a desmontar ese sistema pieza a pieza, con algo tan simple, y raro, como escuchar de verdad.
Yo hablo mucho. Siempre lo he hecho. Al menos cuando alguien me da pie a hablar. Bromeo, provoco, me adelanto a las conversaciones antes de que puedan volverse incómodas. Es una forma de control, supongo. Si me río yo primero, nadie puede hacerlo por mí. Pero Kay…. se queda en los silencios. Y cuando habla, lo hace como si no tuviera prisa por irse a ningún sitio. Como si no temiera lo que pudiera salir de la boca ajena.
La miré mientras hablaba, con esa media sonrisa que me sale sola cuando Kay intenta hacerse la dura y la responsable a la vez. Era tierna. Tierna de una forma que jamás le admitiría a la cara, porque seguramente intentaría morderme para compensar, o congelarme tal vez un mechón del pelo. La conozco lo suficiente (-mente poco) como para saber que tiene de tierna lo mismo que de mala hostia: ambas cosas en equilibrio peligroso. Y aun así, ahí estaba yo. En una casita que había construido para mí. Escuchándola. Sintiendo ese calor extraño que no viene del cuerpo.
Sonreí cuando parecía confesar que le ponía nerviosa lo que yo pensara de ella. No me reí fuerte, no era momento. Fue una sonrisa pequeña, incluso nerviosa, ladeada, de esas que salen cuando algo te toca justo donde no esperabas.
— Kay… —empecé, alargando un poco su nombre—. Si de verdad fueras “demasiado”, ya habría salido corriendo. No ahora, claro, estamos en un barco. Y mírame —abrí un poco los brazos, señalando la casa, el jardín, la escena entera—. Sigo aquí. Bastante cómoda, además.
Me acomodé mejor, apoyando el hombro contra la madera de la casa, cruzando los brazos con gesto relajado, aunque por dentro estaba un poco menos tranquila de lo que aparentaba.
— Y para que quede claro —añadí—, preocuparse no resta puntos. Al contrario. Que alguien se tome la molestia de pensar en ti, de cuidarte sin pedir nada a cambio… eso no agobia. Cuando vine con Dong hasta aquí, tuve la oportunidad de irme, de volver con mi gente, sin embargo encontré otra gente con la que convivir, otra gente con la que me sentía más… plena —sin desmerecer al Cabaret.
Cuando explicó lo de la fruta, ladeé la cabeza, observándola con atención renovada, como si de pronto encajaran un par de piezas sueltas. No me había ido a una tripulación muy común, desde luego. Su explicación me recordó a la fruta que Rosse había comido. Le daba un poder bastante característico y propio de él.
— ¿Un polo? —arqueé una ceja, divertida—. Vale, eso explica muchas cosas… y hace que otras sean todavía más interesantes —sonreí con descaro—. Pero tranquila, no pienso salir corriendo a pesar del peligro que conlleve que me puedas congelar. He estado en sitios peores: en el hombro de Dong. Y además… —me encogí de hombros—, siempre viene bien alguien que mantenga las bebidas frías.
Aunque tal vez en climas más fríos extrañaríamos algo de calor. Me acerqué un poco más cuando me habló de la poesía, bajando la voz casi por instinto.
— Cuidado con eso —advertí—. ¡Me gusta, pero no se me da bien! Pedirme que recite poesía es abrir una puerta peligrosa. Puede que te recite algo bonito… o puede que te recite algo que te haga arrepentirte de haberlo pedido. No hay término medio.
Solté una pequeña risa cuando me llamó reina. No me burlé, no le quité peso. Simplemente lo acepté de buen grado, como si por una vez no me pareciera exagerado.
— Reina suena bien —admití—. Pero solo si la reina puede mancharse las manos, ¡no pienso dejar de utilizar el bisturí, eh!
Esperé a que volviera. Tal vez debía acompañarla, aunque fuera por hacerle compañía pero la pena se me pasé en cuanto me tendió la jarra fría, la tomé con ambas manos, cerrando los ojos un segundo por puro placer, y luego alcé la bebida.
— Brindo por la casa —dije—. Por el cabaret, por la Mano Vacía, por el palacio, por lo que sea que termine siendo… y por la arquitecta con peor gusto para los colores y mejor paciencia para las rarezas.
En honor a Kayseira en resumidas cuentas. Di un trago largo, sin prisas, y luego la miré por encima del borde de la jarra.
— Y sobre los neones… —sonreí, con ese brillo travieso que siempre anuncia problemas—. No te prometo nada. Pero si un día ves luz rosa saliendo por la ventana, finge sorpresa ante los demás. Será nuestro secreto, ¿sí?
Me giré un poco hacia la casa, apoyándome en la puerta e imaginándome dichas luces.
Yo hablo mucho. Siempre lo he hecho. Al menos cuando alguien me da pie a hablar. Bromeo, provoco, me adelanto a las conversaciones antes de que puedan volverse incómodas. Es una forma de control, supongo. Si me río yo primero, nadie puede hacerlo por mí. Pero Kay…. se queda en los silencios. Y cuando habla, lo hace como si no tuviera prisa por irse a ningún sitio. Como si no temiera lo que pudiera salir de la boca ajena.
La miré mientras hablaba, con esa media sonrisa que me sale sola cuando Kay intenta hacerse la dura y la responsable a la vez. Era tierna. Tierna de una forma que jamás le admitiría a la cara, porque seguramente intentaría morderme para compensar, o congelarme tal vez un mechón del pelo. La conozco lo suficiente (-mente poco) como para saber que tiene de tierna lo mismo que de mala hostia: ambas cosas en equilibrio peligroso. Y aun así, ahí estaba yo. En una casita que había construido para mí. Escuchándola. Sintiendo ese calor extraño que no viene del cuerpo.
Sonreí cuando parecía confesar que le ponía nerviosa lo que yo pensara de ella. No me reí fuerte, no era momento. Fue una sonrisa pequeña, incluso nerviosa, ladeada, de esas que salen cuando algo te toca justo donde no esperabas.
— Kay… —empecé, alargando un poco su nombre—. Si de verdad fueras “demasiado”, ya habría salido corriendo. No ahora, claro, estamos en un barco. Y mírame —abrí un poco los brazos, señalando la casa, el jardín, la escena entera—. Sigo aquí. Bastante cómoda, además.
Me acomodé mejor, apoyando el hombro contra la madera de la casa, cruzando los brazos con gesto relajado, aunque por dentro estaba un poco menos tranquila de lo que aparentaba.
— Y para que quede claro —añadí—, preocuparse no resta puntos. Al contrario. Que alguien se tome la molestia de pensar en ti, de cuidarte sin pedir nada a cambio… eso no agobia. Cuando vine con Dong hasta aquí, tuve la oportunidad de irme, de volver con mi gente, sin embargo encontré otra gente con la que convivir, otra gente con la que me sentía más… plena —sin desmerecer al Cabaret.
Cuando explicó lo de la fruta, ladeé la cabeza, observándola con atención renovada, como si de pronto encajaran un par de piezas sueltas. No me había ido a una tripulación muy común, desde luego. Su explicación me recordó a la fruta que Rosse había comido. Le daba un poder bastante característico y propio de él.
— ¿Un polo? —arqueé una ceja, divertida—. Vale, eso explica muchas cosas… y hace que otras sean todavía más interesantes —sonreí con descaro—. Pero tranquila, no pienso salir corriendo a pesar del peligro que conlleve que me puedas congelar. He estado en sitios peores: en el hombro de Dong. Y además… —me encogí de hombros—, siempre viene bien alguien que mantenga las bebidas frías.
Aunque tal vez en climas más fríos extrañaríamos algo de calor. Me acerqué un poco más cuando me habló de la poesía, bajando la voz casi por instinto.
— Cuidado con eso —advertí—. ¡Me gusta, pero no se me da bien! Pedirme que recite poesía es abrir una puerta peligrosa. Puede que te recite algo bonito… o puede que te recite algo que te haga arrepentirte de haberlo pedido. No hay término medio.
Solté una pequeña risa cuando me llamó reina. No me burlé, no le quité peso. Simplemente lo acepté de buen grado, como si por una vez no me pareciera exagerado.
— Reina suena bien —admití—. Pero solo si la reina puede mancharse las manos, ¡no pienso dejar de utilizar el bisturí, eh!
Esperé a que volviera. Tal vez debía acompañarla, aunque fuera por hacerle compañía pero la pena se me pasé en cuanto me tendió la jarra fría, la tomé con ambas manos, cerrando los ojos un segundo por puro placer, y luego alcé la bebida.
— Brindo por la casa —dije—. Por el cabaret, por la Mano Vacía, por el palacio, por lo que sea que termine siendo… y por la arquitecta con peor gusto para los colores y mejor paciencia para las rarezas.
En honor a Kayseira en resumidas cuentas. Di un trago largo, sin prisas, y luego la miré por encima del borde de la jarra.
— Y sobre los neones… —sonreí, con ese brillo travieso que siempre anuncia problemas—. No te prometo nada. Pero si un día ves luz rosa saliendo por la ventana, finge sorpresa ante los demás. Será nuestro secreto, ¿sí?
Me giré un poco hacia la casa, apoyándome en la puerta e imaginándome dichas luces.
