[Pasado] El lago de los maestros | Social
#4
El agua estaba fresca, fría. Fría de verdad. De esa que te roba el aire durante medio segundo y te hace replantearte todas las decisiones vitales que te han llevado hasta ese punto. De verdad, ¿qué me ha llevado hasta ahora? Cuando conseguí llegar a la orilla, empapada, con el pelo pegado a la cara y la cola chorreando sin ningún tipo de dignidad, me quedé quieta unos segundos, respirando hondo, intentando decidir si iba a gritarle, maldecirlo, o simplemente aceptar que el universo me odiaba personalmente.

Le miré. Le miré mucho.

Ese tipo estaba ahí, tan tranquilo, metido en el agua como si no acabara de presenciar a una criatura diminuta darse el golpe de su vida delante de él. Mis ojos se entrecerraron peligrosamente cuando no dijo nada al principio, y crucé los brazos, apretando la cola contra la espalda para que no goteara más de la cuenta.

— Te advierto —empecé, señalándolo con un dedo diminuto pero cargado de intención— que lo que acabas de ver está penado con cárcel, exilio y, dependiendo del humor del día, maldición ancestral incluida.

Resoplé, de nuevo con una amenaza que no llegaría nunca a nada y pasándome una mano por la cara mientras escurría un mechón de pelo. El calor anterior ahora se sentía como una burla cruel. Cuando habló, ladeé la cabeza, observándolo con desconfianza. Ese “¿gracias?” suyo me sonó tan sincero como perdido, y por un segundo dudé. No parecía burlón. Más bien… confundido. Muy confundido.

— De nada —respondí al final, con sequedad, no porque él hubiese hecho o dicho nada, sino porque caerme al agua había sido una pérdida de mi propia dignidad.

Chapoteé como pude, tragando agua, braceando con furia hasta llegar de nuevo a la orilla. Salí hecha una furia, empapada, con la respiración acelerada y una expresión que prometía violencia—. No soy un hada —dije, llevándome las manos a las caderas—. Pero soy real. Tengo cuerpo, me mojo, me enfado y si sigues mirándome así, te muerdo.

Respiré hondo. Una vez. Dos. Poco a poco, la rabia fue bajando, sustituida por algo más cercano a la vergüenza… y a la curiosidad. Porque, vale, no había gritado. No había salido corriendo. No había intentado atraparme en un frasco ni nada parecido. Eso jugaba a su favor, demasiado. Cuando preguntó si ya podía hablar, le lancé una mirada de reojo—. Puedes… —dudé un segundo—. Pero como te pases de listo, te quito un ojo. Avisado quedas.

Mentira zafia. Me acomodé en la orilla, sentándome con las piernas recogidas, la cola rodeándome como una manta mojada. Le observé. Parecía tan tranquilo. Era extraño. Más extrañas eran sus palabras. ¿Bonita? Parpadeé—. ¿Bonita? —repetí esta vez en voz alta, arqueando una ceja—. ¿Así, sin anestesia?

Le estudié con más atención ahora. No parecía peligroso. Ni agresivo. Tenía esa expresión de niño curioso que ve algo nuevo por primera vez, y eso… desarmaba—. Me llamo Alana —respondí finalmente—. Y soy una tontatta, por cierto.

— Aunque entiendo la confusión por la altura, bosque… todo muy de cuento infantil. Pero no brillo, no tengo alas, no concedo deseos y desde luego no llevo una varita.

Observé su dedo cuando lo extendió hacia mí, ladeando la cabeza.

— ¿Me estás ofreciendo… eso? —pregunté, divertida pese a mí misma. Me levanté y avancé un paso, apoyando ambas manos sobre la yema de su dedo con un gesto exageradamente solemne, dándole un apretón de yema.

— Encantada —dije, inclinando un poco la cabeza—. Ahora oficialmente nos conocemos y ya no puedes fingir que fue una alucinación.

Sonreí, de lado, cuando comentó lo de las alas y el brillo. Cuando se disculpó por no ayudarme, tan solo me encogí de hombros, restándole importancia—. Bah. He salido de sitios peores que un estanque. Aunque normalmente con menos testigos.

Y entonces llegó la invitación. Le miré. Miré el agua. Miré mi tamaño. Miré su cabeza—. ¿Sabes? —murmuré—. Esto es probablemente una idea horrible.

Pausa—. Pero ahora mismo me apetece mucho hacer cosas horribles.

Me acerqué un poco más al borde, observándolo con cautela—. Si intento ahogarte accidentalmente, no es personal —añadí—. Y si me resbalo otra vez, juro que esta vez sí será personal.

Y entonces, entonces, soltó la pregunta. Parpadeé despacio. Incrédula. Extrañada. Sorprendida. Boquiabierta.

— ¿…perdona?

Le miré fijamente, con una sonrisa peligrosa formándose poco a poco tras una expresión de perplejidad. Nunca nadie había tenido tanto descaro.

— Acabamos de conocernos, estoy mojada, acabo de caerme y tú ya estás preguntando por mi vida sentimental —negué con la cabeza, divertida—. Tienes valor, Ryota.

Me deshice de las joyas y de toda tela innecesaria que pudiese impedirme flotar cómodamente en el lago. La ropa mojada, por alguna razón, pesaba y era incómoda. Me quedé con el mínimo indispensable para poder disfrutar del agua sin temores. Después de eso, di un pequeño brinco hasta su cabeza, aprovechando sus cabellos para sujetarme. Hasta entonces todo fue silencio por mi parte.

— Pero no —respondí—. No tengo novio. Y ahora dime tú —añadí—. ¿Siempre haces preguntas “científicas” tan rápido o es que te caigo "especialmente" bien?
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RE: [Pasado] El lago de los maestros | Social - por Alana Sahiba - 23-12-2025, 09:44 PM

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