23-12-2025, 11:06 PM
(Última modificación: 23-12-2025, 11:07 PM por Apolo Bahía.
Razón: Calculadora
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Día 76 de invierno, año 16
Playa bajo el faro blanco, Isla Mystoria, Nuevo Mundo
10:07 AM
Playa bajo el faro blanco, Isla Mystoria, Nuevo Mundo
10:07 AM
Rokushiki, el arte de los seis estilos. Una disciplina marcial capaz de romper los límites del cuerpo humano y convertir a un simple recluta en un superhombre: controlar tu propio cuerpo con la flexibilidad de una hoja de papel; endurecer los músculos hasta alcanzar el nivel del hierro; correr a velocidades casi imperceptibles para el ojo perezoso; poder lograr a través de patadas el saltar sobre la nada o incluso comprimir el propio aire, convirtiéndolo en cuchillas cortantes; atravesar al objetivo con fuerza y velocidad en los dedos, convirtiéndolos en balas de corto alcance. Cualquiera que dominase esas seis habilidades se le podría catalogar como maestro del rokushiki y, por supuesto, yo era uno de ellos.
A diferencia de mis compañeros, yo siempre había delegado toda mi confianza en mis capacidades elementales, siendo dependiente de mi propia akuma no mi. Sin embargo a las malas aprendí que eso no me podría salvar siempre. En la Marina acostumbraban a entrenar a los reclutas con este arte marcial, dependiendo de sus capacidades a la hora de escalar rangos. Quizás por pereza o por confianza, nunca presté atención a estas habilidades y siempre me escaqueé a la hora de entrenarlas, al fin y al cabo siempre fui intocable... hasta que dejé de serlo. Durante estos dos años en Marineford me dediqué a fortalecerme tanto física, como mentalmente. Presté atención a los entrenamientos y traté de emularlos por mi propia cuenta, hasta que poco a poco fui incorporando estas técnicas a mi repertorio, algo que a día de hoy debería ser mínimo para alguien perteneciente al vicealmirantazgo. Parte del rokushiki lo consideré bastante fácil de aprender, más que el haki, aunque por otro lado había técnicas que requerían de más esfuerzo.
Esa mañana me encontraba en la playa bajo el faro blanco, la cual servía como muelle improvisado para el O Redentor y el Eidfrost, mientras tratábamos de convertir que nuestro trozo de tierra volcánica sobre el mar fuese medianamente habitable. Había bajado a entrenar temprano, puesto que a pesar de que estábamos en invierno, el calor de la isla seguía apretando cuando el sol estaba en lo alto del cielo. Me encontraba sobre la arena, en silencio tras haber estado unos minutos meditando y vestido únicamente con el pantalón de mi uniforme y mi media máscara. Sobre mi espalda podía verse el tatuaje que la ocupaba de forma entera, un dibujo tradicional a tinta en la que se mostraba la picardía y astucia de un zorro rojo, junto a unas ramas de cerezo y un par de mariposas. Una marca que no solía enseñar pero que siempre me acompañaría. Mi capa de vicealmirante y mis botas estaban al final del camino ascendente que separaba la playa con la cordillera del faro. Respiraba pensativo, mientras movía los pies y los dedos notando el contacto de la arena volcánica hasta que con mi mano diestra comencé a emitir mi elemento, tornándolo en un cubo de tres metros, a diez de distancia respecto a mí. Una vez preparado, empecé la danza con los pasos de ginga, agachado y moviéndome de un lado a otro llevando el ritmo en mi cabeza. Con cada paso empecé a lanzar patadas circulares con las piernas totalmente estiradas, acelerando más y más. Torné mis piernas completamente en arena y, girando a mi izquierda sobre mi propio eje usando mi pierna derecha como apoyo, lancé mi zurda — Rankyaku — dije mientras notaba cómo pateaba el aire de una forma rápida, fuerte y firme, comprimiéndolo y desplazándolo hacia adelante. El aire se convirtió en una cuchilla diagonal que empezó a viajar a toda velocidad hacia el cubo de arena que había creado. Una vez lo golpeó, éste se dividió en dos con un corte limpio, haciendo que la división superior patinase sobre la inferior y cayese sobre la arena de la playa, deshaciéndose. Sin embargo negué con la cabeza, ya que había visto cómo en medio del viaje de la cuchilla, una explosión arenosa lo rodeó como si algo se hubiese desprendido de ella. Necesitaba trabajar en el equilibrio de ambas para lograr evolucionar la técnica.
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