24-12-2025, 12:02 AM
Ubbe pensaba en el caos, el humo y los restos de una noche que se había torcido demasiado rápido. Las llamas lamían alfombras caras, los gritos se mezclaban con risas histéricas y, a su espalda, Pegasus y su circo seguían descomponiéndose en una espiral que ya no le interesaba lo más mínimo. No por miedo, ni por respeto… pura pereza.
Aquello ya no era un reto. Era ruido.
El buccaneer resopló con desdén, girando ligeramente la cabeza hacia Sigurd mientras caminaban.
- No pienso terminar esta noche así -dijo, seco, sin levantar la voz- Bastante shit ha sido ya.
No miró atrás. No necesitaba hacerlo. Sabía que Sigurd entendía ese tono. No era codicia desatada, ni sed de caos como la suya. Era algo más simple, más terrenal: equilibrio. Si el casino le había hecho sangrar, Ubbe pensaba llevarse algo a cambio de las quemaduras, la explosión y los berries perdidos.
Sus ojos se desviaron entonces hacia la barra.
Allí seguían. Un grupo de gente vencida ya por la codicia y el ambiente de este sitio.
Cuerpos vencidos sobre taburetes, cabezas colgando, manos laxas sujetando vasos que ya no contenían nada. Miradas muertas clavadas en un punto inexistente, ajenos a explosiones, asesinatos o huidas masivas. Bolsillos abultados. Cinturones cargados. Bolsas medio abiertas. Nadie vigilando nada.
Ubbe chasqueó la lengua.
- Míralos… -murmuró- El mundo ardiendo y estos cabrones ni parpadean.
No se detuvo a debatirlo. Simplemente actuó.
Pasó entre ellos como una sombra gigantesca, sus manos enormes moviéndose con su común velocidad, con precisión quirúrgica. No hubo violencia, ni brusquedad innecesaria. Un tirón aquí. Un bolsillo vaciado allá. Una bolsa descolgada. Un puñado de berries que desaparecía en su chaleco. Un reloj caro arrancado con dos dedos. Un cuchillo pequeño, por si acaso.
Ninguno reaccionó. Uno incluso sonrió, creyendo que aquello formaba parte de su delirio etílico.
Ubbe terminó en segundos.
Se enderezó, ajustó el peso en su cuerpo y lanzó una última mirada indiferente al salón. Pegasus, Kaiba, gritos, gemidos, sangre… todo aquello ya no le provocaba nada. Ni rabia, ni interés.
Solo ganas de irse.
- Vámonos my man, -dijo a Sigurd, ya en dirección a la salida- ¡let's get out of here, baby!
Y sin mirar atrás, el buccaneer puso rumbo al exterior, abandonando el Casino Pegaso con paso decidido, dejando tras de sí una noche rota, bolsillos más ligeros… y la clara sensación de que, al menos, no se iba completamente perdiendo.
Aquello ya no era un reto. Era ruido.
El buccaneer resopló con desdén, girando ligeramente la cabeza hacia Sigurd mientras caminaban.
- No pienso terminar esta noche así -dijo, seco, sin levantar la voz- Bastante shit ha sido ya.
No miró atrás. No necesitaba hacerlo. Sabía que Sigurd entendía ese tono. No era codicia desatada, ni sed de caos como la suya. Era algo más simple, más terrenal: equilibrio. Si el casino le había hecho sangrar, Ubbe pensaba llevarse algo a cambio de las quemaduras, la explosión y los berries perdidos.
Sus ojos se desviaron entonces hacia la barra.
Allí seguían. Un grupo de gente vencida ya por la codicia y el ambiente de este sitio.
Cuerpos vencidos sobre taburetes, cabezas colgando, manos laxas sujetando vasos que ya no contenían nada. Miradas muertas clavadas en un punto inexistente, ajenos a explosiones, asesinatos o huidas masivas. Bolsillos abultados. Cinturones cargados. Bolsas medio abiertas. Nadie vigilando nada.
Ubbe chasqueó la lengua.
- Míralos… -murmuró- El mundo ardiendo y estos cabrones ni parpadean.
No se detuvo a debatirlo. Simplemente actuó.
Pasó entre ellos como una sombra gigantesca, sus manos enormes moviéndose con su común velocidad, con precisión quirúrgica. No hubo violencia, ni brusquedad innecesaria. Un tirón aquí. Un bolsillo vaciado allá. Una bolsa descolgada. Un puñado de berries que desaparecía en su chaleco. Un reloj caro arrancado con dos dedos. Un cuchillo pequeño, por si acaso.
Ninguno reaccionó. Uno incluso sonrió, creyendo que aquello formaba parte de su delirio etílico.
Ubbe terminó en segundos.
Se enderezó, ajustó el peso en su cuerpo y lanzó una última mirada indiferente al salón. Pegasus, Kaiba, gritos, gemidos, sangre… todo aquello ya no le provocaba nada. Ni rabia, ni interés.
Solo ganas de irse.
- Vámonos my man, -dijo a Sigurd, ya en dirección a la salida- ¡let's get out of here, baby!
Y sin mirar atrás, el buccaneer puso rumbo al exterior, abandonando el Casino Pegaso con paso decidido, dejando tras de sí una noche rota, bolsillos más ligeros… y la clara sensación de que, al menos, no se iba completamente perdiendo.
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