24-12-2025, 04:02 AM
Mierda, ahora me sentía culpable por ensuciar su cama y cuerpo, escuché sus palabras, si, claro, pero estaba ligeramente distraído ante la vulnerabilidad del momento ¿me estaba involucrando demasiado? El hombre parecía certero, yo también quería tenerlo cerca, pero algo no terminaba de asegurarme sobre esta situación ¿era la brevedad de nuestros nuestros encuentros? ¿La intensidad de estos? Como si fuera una llama que tan pronto como se encendió se apagaría. Ni siquiera estaba seguro de lo que sentía por él, quería estar con él pero… ¿Cuánto podría durar el deseo?
El beso sobre mi frente me distrajo, mirándolo a los ojos sin sonreir mientras mi mano de forma automática acariciaba su mejilla. — ¿Qué…? Estuvo bien, fue diferente, No me… molesta. Solo fue un tanto extraño ¿me entiendes?— murmuré abrazándolo por la nuca. — Si, claro, un baño y si, podrías ayudarme— Finalmente hablé tomando el usual tono pero acercándome a besar sus labios con suavidad, acercándolo aún más mientras volvía a acostarme en su cama.
¿Qué podía decir? ¿Qué podía hacer más que esta eterna contradicción en la que mientras más pasaba el tiempo lograba resolver a favor de lo que deseaba en lugar de lo que debía? Me separé del beso mirándolo con la respiración agitada para alejarlo poco a poco, hasta que pudiera levantarme de la cama. —Iré a ducharme… He estada aquí un par de veces, conozco un buen bar si quieres acompañarme.— Sentí el ardor avergonzado en mi rostro, buscando la primera puerta que parecía ser la del baño para abrirla.
Una vez al interior del baño cerré la puerta con cuidado, dejando que el pestillo encajara con un sonido seco. Exhalé al fin, largo y cansado, agradeciendo ese breve instante de soledad que parecía un lujo. El vapor comenzó a elevarse apenas giré la llave, el murmullo constante del agua cayendo ahogando mis pensamientos, dándome una excusa perfecta para desconectarme de todo.
Me quedé ahí unos segundos, con la espalda apoyada en la pared fría, pasando una mano por el rostro como si así pudiera ordenar el desastre mental que llevaba encima. Entonces cayó la cuenta, tarde, como siempre: no había preguntado por una toalla. Ni una. Y peor aún, con toda la seguridad del mundo, le había dicho que podía ayudarme. ¿En qué estaba pensando?
Negué con una risa muda, más resignada que divertida, mientras me deshacía de la ropa y la dejaba doblada de cualquier manera sobre el lavabo. Ya era tarde para arrepentimientos; ahora solo quedaba improvisar. Me metí bajo el chorro caliente dejando que el agua recorriera mi piel, llevándose consigo la tensión de los hombros y, con suerte, un poco de mi torpeza ahora habitual... Espera ¿Le había invitado a salir?
El beso sobre mi frente me distrajo, mirándolo a los ojos sin sonreir mientras mi mano de forma automática acariciaba su mejilla. — ¿Qué…? Estuvo bien, fue diferente, No me… molesta. Solo fue un tanto extraño ¿me entiendes?— murmuré abrazándolo por la nuca. — Si, claro, un baño y si, podrías ayudarme— Finalmente hablé tomando el usual tono pero acercándome a besar sus labios con suavidad, acercándolo aún más mientras volvía a acostarme en su cama.
¿Qué podía decir? ¿Qué podía hacer más que esta eterna contradicción en la que mientras más pasaba el tiempo lograba resolver a favor de lo que deseaba en lugar de lo que debía? Me separé del beso mirándolo con la respiración agitada para alejarlo poco a poco, hasta que pudiera levantarme de la cama. —Iré a ducharme… He estada aquí un par de veces, conozco un buen bar si quieres acompañarme.— Sentí el ardor avergonzado en mi rostro, buscando la primera puerta que parecía ser la del baño para abrirla.
Una vez al interior del baño cerré la puerta con cuidado, dejando que el pestillo encajara con un sonido seco. Exhalé al fin, largo y cansado, agradeciendo ese breve instante de soledad que parecía un lujo. El vapor comenzó a elevarse apenas giré la llave, el murmullo constante del agua cayendo ahogando mis pensamientos, dándome una excusa perfecta para desconectarme de todo.
Me quedé ahí unos segundos, con la espalda apoyada en la pared fría, pasando una mano por el rostro como si así pudiera ordenar el desastre mental que llevaba encima. Entonces cayó la cuenta, tarde, como siempre: no había preguntado por una toalla. Ni una. Y peor aún, con toda la seguridad del mundo, le había dicho que podía ayudarme. ¿En qué estaba pensando?
Negué con una risa muda, más resignada que divertida, mientras me deshacía de la ropa y la dejaba doblada de cualquier manera sobre el lavabo. Ya era tarde para arrepentimientos; ahora solo quedaba improvisar. Me metí bajo el chorro caliente dejando que el agua recorriera mi piel, llevándose consigo la tensión de los hombros y, con suerte, un poco de mi torpeza ahora habitual... Espera ¿Le había invitado a salir?

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