24-12-2025, 04:19 AM
El propio Jin aprovechó para retirar, al menos por el momento, la desgarrada camisa que traía consigo. Estaba hecha jirones consecuencia de aquellos que lo habían estado persiguiendo hasta el lugar, y quería cubrir sus heridas. Se sintió extraño, por ello de vez en cuando contemplaba a la muchacha, verificando como un estúpido que realmente no lo estuviera viendo. No sabía si era vergüenza, o sencillamente que odiaba que lo vieran en ese estado, probablemente era más bien orgullo. Había conocido a más chicas, por supuesto, pero ella… Ella era diferente. Además, que alguien lo llamara por su único nombre, y el único que realmente recordaba, se le hacía de lo más extraño todavía.
—¿No lo has notado? — pronunció cuando finalmente la tela reveló su cabello, ahora algo despeinado, arreglándoselas con su propia mano para dejarlo medianamente en condiciones. No sabía si era buena idea decir más. —Hay rumores de que hay algo que algo pasa con los sacerdotes, y desaparecen cada varios años. — Pero, por supuesto, solo eran eso; rumores. Nada más ni nada menos. —Pensaba que al estar en la iglesia sabrías algo. — Dada la corta edad de la contraria, pensó que quizás no había tenido oportunidad de conocer tanto. Era una niña, después de todo.
Tragó saliva. Sintió la sensación de hambruna en la mención de lo mismo, pero no dijo nada. Solo la observó, como un animal tragando saliva por el hambre, sus ojos descendieron entonces hasta la cesta en la que la chica parecía poner su mano. No se atrevió a decir directamente que sí, su propio orgullo se lo impedía, pero al menos que preguntara sí pudo hacer que volviera la mirada en la menor. Sus ojos tenían que descender, había diferencia de altura entre ambos, ahora mucho más pronunciada. —Sí… puedes… — su rostro se desvió, en un aire tímido. Agradeció una vez que no pudiera ver que sus mejillas parecían arder, mostrando un pequeño rubor en agradecimiento. —El Señor no quiere que la comida se tire. Puedo comerla. — se acercó, curioso por lo que fuera a salir de su mano. Volvió a tragar saliva, su propio estómago traicionándole en un rugido que demostraba su hambruna.
Sus ojos se elevaron de la cesta, pese a casi estar salivando por la sola idea de poder probar algo que no proviniera de un contenedor. Arqueó una ceja, confundido por la búsqueda de alguna respuesta. No hizo falta que respondiera si podía o no hacerla, directamente esperó a la misma. Hubo una pausa, su dedo paseando por la cicatriz de su frente, sopesando seriamente la respuesta que tenía que darle. —Yo… Creo que debería depender de qué tan mal te comportes. Si se rompe un plato no es lo mismo que golpear bien duro a alguien. ¿Entiendes? — claro, no quiso incluir que la violencia solía ser a lo que recurría para poder estar a salvo, ¿quizás él mismo debería ser castigado también por ello? Hizo una pequeña mueca con sus labios, elevando un lado de los mismos, encorvándolos con cierta duda. Su mano descendió, volviendo la mirada hacia la muchacha. —Pero… sí creo que el perdón es mejor. Todos cometemos errores, ¿Sabes? De hecho así se aprende. No conozco tanto de la iglesia desde dentro como tú, Gwenny, pero… siento que cuando crezcas, serás una de las mejores sacerdotisas que existan en todos los mares. Ojalá pueda verte entonces.
Se quedó entonces mudo. ¿Cómo contarle qué hacía? Si realmente era solo… supervivencia. Ese hombre había ido a visitarlo en tantas ocasiones que había perdido la cuenta, todo para que pudiera unirse a una especie de mafia. Pero matar estaba mal, debía estar mal, ¿verdad? Por eso había rechazado y no comprendía muchas cosas más. —S-supongo… que algo así… — no quería que ese pequeño angelito tuviera que ver ese lado tan oscuro de las calles. No es que conociera mucho más. La fortuna, en parte, era que asumía que él era alguien “común”. Decidió darle el beneficio de la certeza propia. —Creo que no todas las familias rezan a diario. En mi casa no se rezaba nunca, pero he visto a otros hacerlo. — Su estómago parecía amenazarlo de nuevo, tuvo que poner una mano sobre él para evitar que el ruido fuera tan fuerte como la primera vez. —Dios… a veces siento que… — apretó los labios. Quizás eso fuer aun sacrilegio, decir que no existía, alguien como ella… No era justo. —También siento que a veces está sordo. — Sí, era mejor así. —Por eso es bueno ayudar a otros, como tú haces. Seguro que Dios te recibiría con los brazos abiertos si te viera. — volvió a pausar sus palabras, tragando saliva por el hambre, sus ojos ahora distrayéndose de nuevo hacia la cesta. Podría haber acudido a lo habitual; robar la comida e irse. No, no podía con ella. No con ese pequeño ángel que encima era lo único que lo había tratado bien. —¿Por qué no hacemos una escapada un día? Quizás así puedas ver cómo es la gente del pueblo, y podamos pasear juntos. Yo cuidaré muy bien de ti y estoy seguro de que Dios se alegraría de verte feliz por un día.
—¿No lo has notado? — pronunció cuando finalmente la tela reveló su cabello, ahora algo despeinado, arreglándoselas con su propia mano para dejarlo medianamente en condiciones. No sabía si era buena idea decir más. —Hay rumores de que hay algo que algo pasa con los sacerdotes, y desaparecen cada varios años. — Pero, por supuesto, solo eran eso; rumores. Nada más ni nada menos. —Pensaba que al estar en la iglesia sabrías algo. — Dada la corta edad de la contraria, pensó que quizás no había tenido oportunidad de conocer tanto. Era una niña, después de todo.
Tragó saliva. Sintió la sensación de hambruna en la mención de lo mismo, pero no dijo nada. Solo la observó, como un animal tragando saliva por el hambre, sus ojos descendieron entonces hasta la cesta en la que la chica parecía poner su mano. No se atrevió a decir directamente que sí, su propio orgullo se lo impedía, pero al menos que preguntara sí pudo hacer que volviera la mirada en la menor. Sus ojos tenían que descender, había diferencia de altura entre ambos, ahora mucho más pronunciada. —Sí… puedes… — su rostro se desvió, en un aire tímido. Agradeció una vez que no pudiera ver que sus mejillas parecían arder, mostrando un pequeño rubor en agradecimiento. —El Señor no quiere que la comida se tire. Puedo comerla. — se acercó, curioso por lo que fuera a salir de su mano. Volvió a tragar saliva, su propio estómago traicionándole en un rugido que demostraba su hambruna.
Sus ojos se elevaron de la cesta, pese a casi estar salivando por la sola idea de poder probar algo que no proviniera de un contenedor. Arqueó una ceja, confundido por la búsqueda de alguna respuesta. No hizo falta que respondiera si podía o no hacerla, directamente esperó a la misma. Hubo una pausa, su dedo paseando por la cicatriz de su frente, sopesando seriamente la respuesta que tenía que darle. —Yo… Creo que debería depender de qué tan mal te comportes. Si se rompe un plato no es lo mismo que golpear bien duro a alguien. ¿Entiendes? — claro, no quiso incluir que la violencia solía ser a lo que recurría para poder estar a salvo, ¿quizás él mismo debería ser castigado también por ello? Hizo una pequeña mueca con sus labios, elevando un lado de los mismos, encorvándolos con cierta duda. Su mano descendió, volviendo la mirada hacia la muchacha. —Pero… sí creo que el perdón es mejor. Todos cometemos errores, ¿Sabes? De hecho así se aprende. No conozco tanto de la iglesia desde dentro como tú, Gwenny, pero… siento que cuando crezcas, serás una de las mejores sacerdotisas que existan en todos los mares. Ojalá pueda verte entonces.
Se quedó entonces mudo. ¿Cómo contarle qué hacía? Si realmente era solo… supervivencia. Ese hombre había ido a visitarlo en tantas ocasiones que había perdido la cuenta, todo para que pudiera unirse a una especie de mafia. Pero matar estaba mal, debía estar mal, ¿verdad? Por eso había rechazado y no comprendía muchas cosas más. —S-supongo… que algo así… — no quería que ese pequeño angelito tuviera que ver ese lado tan oscuro de las calles. No es que conociera mucho más. La fortuna, en parte, era que asumía que él era alguien “común”. Decidió darle el beneficio de la certeza propia. —Creo que no todas las familias rezan a diario. En mi casa no se rezaba nunca, pero he visto a otros hacerlo. — Su estómago parecía amenazarlo de nuevo, tuvo que poner una mano sobre él para evitar que el ruido fuera tan fuerte como la primera vez. —Dios… a veces siento que… — apretó los labios. Quizás eso fuer aun sacrilegio, decir que no existía, alguien como ella… No era justo. —También siento que a veces está sordo. — Sí, era mejor así. —Por eso es bueno ayudar a otros, como tú haces. Seguro que Dios te recibiría con los brazos abiertos si te viera. — volvió a pausar sus palabras, tragando saliva por el hambre, sus ojos ahora distrayéndose de nuevo hacia la cesta. Podría haber acudido a lo habitual; robar la comida e irse. No, no podía con ella. No con ese pequeño ángel que encima era lo único que lo había tratado bien. —¿Por qué no hacemos una escapada un día? Quizás así puedas ver cómo es la gente del pueblo, y podamos pasear juntos. Yo cuidaré muy bien de ti y estoy seguro de que Dios se alegraría de verte feliz por un día.
![[Imagen: bTjgVIr.png]](https://i.imgur.com/bTjgVIr.png)
