24-12-2025, 02:39 PM
Desde mi perspectiva, desde abajo, todo se veía peor. Aunque he de decir que desde abajo todo siempre se ve peor. Las botas golpeaban el suelo como si alguien estuviera intentando partirlo en dos, las mesas volaban, las copas también, los cuerpos chocaban entre sí sin saber ya por qué ni contra quién. El olor era una mezcla imposible de alcohol derramado, sudor rancio y sangre fresca. Mucha sangre para una discusión que había empezado con un accidente y una falsa de disculpas. Yo me limité a saltar. Saltaba entre sombras, entre piernas, incluso entre las propias caídas de otras personas. Rebotaba entre taburetes y me impulsaba en hombros ajenos, esquivaba pisotones que para cualquiera serían torpes pero para mí podían ser una sentencia de muerte y, por lo que sea, hoy no se me apetecía morir.
Aunque al final me encontraba junto a Han, era difícil mantenerme a su lado cuando todo a nuestro alrededor era caos. Una guerra no se libra quedándose quieta. Tenía que medir el tamaño de los errores del enemigo, que al parecer eran muchos y en su mayoría, aplastantes. A ratos repartía puñetazos, patadas en las espinillas, rodillas, coletazos. No por rabia ya, sino por supervivencia pura. En otras ocasiones imaginaba la voz de Han llamándome. Eso sí que tenía que ser escuchar la voz de Dios y no yo, en una Iglesia, con un copón encima. A veces solo esquivaba. Por momentos gritaba cosas que nadie escuchaba. A ratos me reía, porque el absurdo también protege la cabeza cuando todo se vuelve demasiado real.
Y entonces sí que lo escuché. Han. “Siempre tengo fe”. Me robó una sonrisa. Rodeados de tablones rotos, botellas hechas añicos y borrachos que parecían regenerarse como cucarachas. Puaj. Intuí que ambos nos movíamos ya cansados, pechados por la copiosa cena, ¿tal vez incluso con sueño? Lo vi aguantar golpes que no debería aguantar nadie. Todo por mi maldito orgullo, por no saber cuándo contenerme. Esto ya no iba de ganar. Esto iba de irse vivos.
Aproveché un instante en que una mesa voló por encima de mi cabeza para impulsarme y caerle cerca, rodando sobre el suelo pegajoso. Le grité, más que hablarle, porque el bar era un animal y no se le susurra a un animal así—. ¡Estoy segura de que siempre la tienes! —le dije, sin rodeos, sin florituras, y de la misma forma, afirmé después con suma seguridad—. Nos vamos.
Él había hablado con un imperativo, yo respondí con otro, no porque no supiera acatarlo, sino por reafirmar mi acuerdo con su posición. Detrás de nosotros aún se estaban dando golpes entre ellos, borrachos cayendo sobre borrachos, uno mordiendo a otro, dos peleándose por una silla rota como si fuese un trofeo. El barman seguía detrás de la barra, inmóvil, como si el caos no fuese con él. Quizá ya había visto demasiadas noches así. Quizá estaba muerto por dentro.
Vi cómo Han alzaba la mirada. Vi la ventana. La vi yo también. No me dio tiempo a decir nada más.
Sentí sus brazos rodeándome, firmes, y por una fracción de segundo, aunque estuviese de acuerdo con la idea, pensé que aquello era una locura… A pesar de ello, me pegué contra él, me agarré a su ropa con firmeza, encogí la cola contra mí, cerré los ojos justo cuando el mundo se volvió velocidad. El impacto fue sonoro. El cristal se rompió en muchos trozos afilados. El aire de la calle también cortaba la cara. El sonido seco del cuerpo de Han llevándose lo peor. Yo no grité. Tan solo me dejé llevar por el caos.
Cuando tocamos suelo fuera, me deslicé de su abrazo de inmediato, rodando para ponerme en pie. Miré atrás solo un segundo: los cristales cayendo de su cuerpo; más al fondo, los borrachos no parecían percatarse de nuestra marcha, estaban demasiado metidos en su guerra personal.
— Gracias —dije, rápido, sincero, sin solemnidad. No hacía falta más.
Seguí la dirección que me señaló sin discutir, echando a correr por la calle estrecha, con el corazón golpeándome las costillas y la adrenalina aún vibrando en cada músculo. Mis pasos eran ligeros, rápidos, casi silenciosos comparados con los suyos, pero no me quedé atrás. No esta vez. Detrás de nosotros, el bar seguía en caos. Después de eso no volví a mirar atrás, más bien miré a Han. No me había percatado de algo importante…
— Oye… —solté entre jadeos, sin dejar de correr ni un instante—, ¿tú has pagado la cuenta? —porque yo desde luego no lo había hecho, no había tenido tiempo, y no estaba por la labor de dar media vuelta a ese nido de caos. Lo sentía por el barman, por supuesto, sobre todo siendo yo la causante de ese estropicio, sin embargo... bueno... gajes del oficio. El hombre aprenderá de estos sucesos tan desastrosos, ¿cierto?
Aunque al final me encontraba junto a Han, era difícil mantenerme a su lado cuando todo a nuestro alrededor era caos. Una guerra no se libra quedándose quieta. Tenía que medir el tamaño de los errores del enemigo, que al parecer eran muchos y en su mayoría, aplastantes. A ratos repartía puñetazos, patadas en las espinillas, rodillas, coletazos. No por rabia ya, sino por supervivencia pura. En otras ocasiones imaginaba la voz de Han llamándome. Eso sí que tenía que ser escuchar la voz de Dios y no yo, en una Iglesia, con un copón encima. A veces solo esquivaba. Por momentos gritaba cosas que nadie escuchaba. A ratos me reía, porque el absurdo también protege la cabeza cuando todo se vuelve demasiado real.
Y entonces sí que lo escuché. Han. “Siempre tengo fe”. Me robó una sonrisa. Rodeados de tablones rotos, botellas hechas añicos y borrachos que parecían regenerarse como cucarachas. Puaj. Intuí que ambos nos movíamos ya cansados, pechados por la copiosa cena, ¿tal vez incluso con sueño? Lo vi aguantar golpes que no debería aguantar nadie. Todo por mi maldito orgullo, por no saber cuándo contenerme. Esto ya no iba de ganar. Esto iba de irse vivos.
Aproveché un instante en que una mesa voló por encima de mi cabeza para impulsarme y caerle cerca, rodando sobre el suelo pegajoso. Le grité, más que hablarle, porque el bar era un animal y no se le susurra a un animal así—. ¡Estoy segura de que siempre la tienes! —le dije, sin rodeos, sin florituras, y de la misma forma, afirmé después con suma seguridad—. Nos vamos.
Él había hablado con un imperativo, yo respondí con otro, no porque no supiera acatarlo, sino por reafirmar mi acuerdo con su posición. Detrás de nosotros aún se estaban dando golpes entre ellos, borrachos cayendo sobre borrachos, uno mordiendo a otro, dos peleándose por una silla rota como si fuese un trofeo. El barman seguía detrás de la barra, inmóvil, como si el caos no fuese con él. Quizá ya había visto demasiadas noches así. Quizá estaba muerto por dentro.
Vi cómo Han alzaba la mirada. Vi la ventana. La vi yo también. No me dio tiempo a decir nada más.
Sentí sus brazos rodeándome, firmes, y por una fracción de segundo, aunque estuviese de acuerdo con la idea, pensé que aquello era una locura… A pesar de ello, me pegué contra él, me agarré a su ropa con firmeza, encogí la cola contra mí, cerré los ojos justo cuando el mundo se volvió velocidad. El impacto fue sonoro. El cristal se rompió en muchos trozos afilados. El aire de la calle también cortaba la cara. El sonido seco del cuerpo de Han llevándose lo peor. Yo no grité. Tan solo me dejé llevar por el caos.
Cuando tocamos suelo fuera, me deslicé de su abrazo de inmediato, rodando para ponerme en pie. Miré atrás solo un segundo: los cristales cayendo de su cuerpo; más al fondo, los borrachos no parecían percatarse de nuestra marcha, estaban demasiado metidos en su guerra personal.
— Gracias —dije, rápido, sincero, sin solemnidad. No hacía falta más.
Seguí la dirección que me señaló sin discutir, echando a correr por la calle estrecha, con el corazón golpeándome las costillas y la adrenalina aún vibrando en cada músculo. Mis pasos eran ligeros, rápidos, casi silenciosos comparados con los suyos, pero no me quedé atrás. No esta vez. Detrás de nosotros, el bar seguía en caos. Después de eso no volví a mirar atrás, más bien miré a Han. No me había percatado de algo importante…
— Oye… —solté entre jadeos, sin dejar de correr ni un instante—, ¿tú has pagado la cuenta? —porque yo desde luego no lo había hecho, no había tenido tiempo, y no estaba por la labor de dar media vuelta a ese nido de caos. Lo sentía por el barman, por supuesto, sobre todo siendo yo la causante de ese estropicio, sin embargo... bueno... gajes del oficio. El hombre aprenderá de estos sucesos tan desastrosos, ¿cierto?
