[Auto T1] [Presente absoluto] ¡Sí, soy yo! ¡Kyozan Tetsuzaki!
#1



¡Wawawawawawawaaa!
Un balandro surcaba el solitario mar cortando a través de viento y olas. En proa, una gran figura tumbada de la forma más incómoda posible, intentando evitar colisionar contra todo mástil para evitar daños a la embarcación. Piernas colgantes se asomaban fuera de los confines del navío cuyos halluces rozando la fría marea se balanceaban descalzos para juguetear con el agua. Nubes cuyo propósito se alejaba de ser insondable amenazaban desde hace horas con atormentar a cualquier navegante y parecían no aguantar ni un segundo más. El siroco contrastaba con la humedad anunciada del ahogado mundo en el que se vivía, elementos que intentarían provocar al apaciguado ser que encabezaba la nave. Excepto los cuernos y el tamaño, todo difería de las características de un Oni: crecidos en batalla y con un ardiente resquemor por la violencia y el caos solían buscar contingencias no importase donde. Y él, sin embargo, adormecido mientras se mecía con el vaivén de cuatro trozos de madera que nadie podría saber a ciencia cierta de qué época provenían.
El oscuro cielo rompió en un trueno. Iba a diluviar, una tormenta ineludible que fácilmente partiría en dos el navío a menos que lo llevara un navegante experimentado. Tras el estruendo unas gotas empezaron a clavarse en el descubierto torso del Oni, clavándose como frías agujas que resbalaban y se deslizaban hasta cubierta. No parecía nervioso, al contrario de lo que estarían usuarios de frutas del diablo de leyendas que le habían contado los presos.

—¡Chico!

Una rasgada voz desde el timonel le gritó, advirtiéndole del peligro que se les cernía a ambos tripulantes. La voz provenía de un anciano decrépito que difícilmente podía sostenerse en pie aunque en un arrebato senil aseguraba ser capaz de surcar todos los mares si la ocasión lo requería. Pantalones anchos y rasgados, algo sucios por el uso y una probable falta de limpieza junto a una capa blanca y desgastada que no cubría nada más que una camisa de cuadros mal abrochada. El aliento del alcohol brotaba de sí como ponzoña tóxica alrededor de unos metros a la redonda al contrario del olor a sandía del Oni.

—¡Ponte algo! ¡Que se avecina una buena! ¡Yuju!
El Oni levantó su cabeza hacia atrás para ver al acompañante, quién se encontraba peleando por mover el pesado timón. En realidad era un viejo Marine retirado años ha que decidió dedicarse a la pesca como afición, y estaba ayudando a un joven Oni a llegar a su destino debido a que le debía un reciente favor: reconstruirle la casa que unos piratas habían destruido de un cañonazo.

—Oi! ¡Me da completamente igual, viejo perro calvo del océano! ¡Un poco de lluvia no es un impedimento para un Oni como yo! ¡La última vez que surqué los mares no fue más que una aventura épica! ¡Pero hacía sol! ¡Y cantaban las grullas, datte datte!

Movió las manos de forma exagerada para simbolizar las alas de una grulla mientras imitaba los graznidos característicos de una. Al hablar tanto como lo solía hacer el aguacero fue empeorando y no había forma de cubrirse. El problema ya no era si la cubierta se inundaba o si se dañaba el desgastado casco, sino la resistencia del débil abuelo, aunque sabía que no podía ayudar mucho así que no ayudaría. Un goterón le cayó al joven en el ojo lo que le hizo estremecerse por un segundo en sobresalto y secarse con el dedo. Gruñó mirando al cielo tras deshacerse del improvisado colirio; la lluvia le había declarado la guerra y sin duda golpearía las nubes a puño limpio. Sí, eso si pudiera.

—¡Madre mía cómo arrecia!
Espetó el señor, que parecía haber peleado mejores batallas. Con dificultad el navegante intentaba mantener el rumbo aunque era constantemente empujado por la lluvia. Ya había perdido la capacidad de sobreponerse a alta mar y aún más de llevar el timón en semejantes condiciones; físicas y climatológicas. Sin mediar palabra Kyozan se levantó como pudo con el consecuente tambaleo y se acercó al señor, cubriéndolo de la lluvia con la mano.

—¿Qué pasa, viejo perro? ¿No tienes gorro para cubrirte esa calvorota?
Al mirar hacia arriba el señor hizo un mal gesto combinado con el movimiento que el timón forzaba y se dislocó el hombro de forma muy visible. Colapsando en el suelo y resbalando hacia el extremo del balandro, golpeando duro contra la madera de la periferia gritó de dolor, indudablemente perdiendo la única capacidad de navegar por los Blues. El Oni pecaba de no mostrar sorpresa alguna, como si estuviera esperando a que esto sucediera.

—¡Compañero! ¿Estás bien?
Claramente, no. Se mordió el labio antes de agregar algo más de veneno.

—Me da a mí que al final sí que me tendrás que enseñar a navegar, ¿eh?
Entre gemidos y un brazo que no debía estar en esa posición el chico lo arrastró de vuelta a su posición y se encargó de tomar el timonel con una mano mientras sujetaba al señor con la otra. Tras un chute de adrenalina el antiguo marine pudo volver a recuperar algo del habla y empezó a indicarle y enseñarle al contrario. Poco a poco le fue explicando partes del barco, direcciones, a orientarse… Definitivamente ambos eran unos navegantes prodigio, sólo que uno constaba de mucha más experiencia que el otro y se estaba encargando de heredarla.



Eventualmente llegaron al destino, la Isla del Kárate, donde predominaba una montaña pictórica en la que se dibujaban animales y arrozales sueltos aleatoriamente. Mientras la tormenta amainaba y se difuminaba en un cielo celeste el viejo marine debía agradecerle de nuevo al Oni, esta vez por hacerle más ameno el trayecto además de salvarle la vida.
Mientras el barco yacía amarrado a buen puerto y ambos charlaban con tranquilidad y comprobaban el daño recibido algo más hacia adentro de la playa no detectaron a tiempo a un ladrón intentando desatar el nudo para llevarse la embarcación. En ese preciso momento todo aquello que definía la vida restante del abuelo le fue arrebatado de sus manos. Ambos se levantaron a perseguir al balandro que parecía zarpar solo. El mayor se derrumbó, rodillas contra la arena y hombro agarrado, lágrimas tiñendo una arena aún húmeda.

—Vaya, lo siento mucho, jefe… Datte datte…Hay personas malvadas, sí.

El antiguo marine se encontraba algo afectado por el hecho de que además de estar lesionado no podía volver a casa, por lo que decidió regalarle el bote que cargaba consigo mismo. Sabía que él mismo no cabía en ese cuenco que hacía las veces de barco así que, pese a quedarse encerrado en aquella isla, preferiría ayudarle a que volviera a su hogar.
Durante un par de semanas el titán se convirtió en alguien que se dedicó a cuidarle y ayudarle, trayendo agua y comida y comprobando su estado. No era médico ni mucho menos aunque observaba que se empezó a recomponer poco a poco, afortunadamente.


Cuando definitivamente se le podía corroborar al marine como persona sana entre todo lo que la vejez implica llegaba el momento de que él partiera.

—¡Gracias! ¡Muchas gracias, muchacho! Verdaderamente eres… Alguien confiable…
La expresión facial mostraba una gratitud poco vista en una persona con su perfil. Ojos que echaban chirivías y una sonrisa de mejilla a mejilla.

—Oi, viejo, date el piro ya, ¿vale? Tendré que buscar qué puedo hacer por aquí, ¿sí?
Casi ni le miraba. Era una persona con la que aún no había llegado a conectar del todo pese a tenerlo como referente y mentor en cuanto la navegación, y quería sacárselo de encima cuanto antes para no apegarse nada más.

—Cuídate. He oído que esta isla viven… Multitud de dojos. Pero escalar hasta la cúspide de la montaña es muy difícil.
Le avisó de lo que sucedía específicamente, pues no deseaba que alguien que le hubiera ayudado tanto falleciera o mucho menos que sufriera por el resto de su vida. De mientras preparaba el bote para emprender su viaje de vuelta.

—¿Pero te vas ya o qué? Que no vengo a morir, anda.
Faltó poco para que le empezara a perseguir para asustarlo e intentar golpearle. Obviamente, todo en gesta irónica.

—¡Habrá que ver!
El viejo volvió a surcar el mar (ahora mucho más apacible y tranquilo) en su nuevo bote de remos ya que el joven diablo le mintió con el fin de hacerlo rabiar para sacárselo de encima lo más rápido posible. La silueta desapareció entre la Fata Morgana dejando atrás a una isla entera estaría a merced del Oni.

—Oi! ¡Y recuerda mi nombre, anciano! ¡Sí, soy yo! ¡Kyozan Tetsuzaki!

Kyozan se daría media vuelta sin importar si el mensaje hubiera llegado para mirar los arrozales y la gigantesca montaña que se perdía entre sus propias nubes. Era su próximo desafío.

—¿Y me tendré que pegar con gente aquí? Qué coñazo. Espero que me sirva de algo, ¡Wawawawawawa!
Ahora de nuevo un viajero solitario por el gran mundo que se le acontece y que deberá prepararse para el sinfín de aventuras que se le avecinan. No tiene en mente ser un Marine, mucho menos un Pirata, aunque quiere hacer el bien y eso es el material que alimenta su ser: ayudar al prójimo cuando se le requiera.


Aclaraciones

Be strong, to defend the other
[Imagen: YrlvrPU.gif]
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[Auto T1] [Presente absoluto] ¡Sí, soy yo! ¡Kyozan Tetsuzaki! - por Kyozan Tetsuzaki - 24-12-2025, 10:17 PM

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