24-12-2025, 10:22 PM
El anciano se quedó en silencio y estático, a la espera de una respuesta. Su postura, gesto y mirada compartían un mismo sentimiento, transmitían una misma sensación: sosiego. No había apuro en sus movimientos. Incluso su respiración era paciente, lenta y profunda. Los viejos pulmones, gastados por una vida, cuánto menos, extensa, generaban un sonido de gorgoteo al dejar entrar el aire. Cualquiera que no lo hubiera escuchado hablar hacía solo un instante podría llegar a la conclusión de que el abuelo se había quedado dormido de pie.
Tú, Juan, sin embargo, tienes la certeza de que no es así. El viejo espera tu respuesta y cuando la recibe, su semblante cambia. Hasta entonces, sin una señal evidente, había estado a la expectativa, pero con tu respuesta confirma la presencia de otra persona en el lugar. Una pequeña tensión en sus hombros se relaja.
—Oh, Juan, muchísimas gracias.
Después de recibir tu indicación, el anciano mueve su mano derecha y tantea el aire hasta dar con tu escamoso brazo. Lejos de asustarse, sus párpados se abren con curiosidad y decide rodear, cómo puede, tu extremidad y usarte de anclaje para darse equilibrio.
—Este es un brazo fuerte, mijo. ¿Eres un Gyojin? —La pregunta es directa y la curiosidad, sincera—. Es la primera vez que me topo con uno en Baquella. Dijiste que eras marine, ¿hace cuánto te asignaron aquí?
Al ritmo del taimado andar del abuelo, su camino se reanuda. Las dos figuras, anciano y marine, se internan en las oscuras calles del camino más corto hacia el hogar. Rodear podía ser la opción más segura para los civiles normales, pero Pinza Roja es un marine, una extensión de la ley, y allí donde camine se convierte automáticamente en el sendero más seguro. Después de todo, ¿quien en su sano juicio intentaría hacer nada contra el enorme Gyojin y su característica pinza?
—Me llamo Koda —dijo el anciano al cabo de unos minutos. Su mirada, nublada, se mantenía al frente, sin enfocar ningún punto en particular—. Lamento no haberme presentado antes, mijo. Es una mala costumbre adquirida con la edad. Asumo que ya todo el mundo en esta isla conoce mi nombre, ¡jojojo!
El camino pierde luz a medida que avanzan. Las farolas, cada vez más vandalizadas, empiezan a mostrar luz dos de cada tres. Después, con suerte, una de cada tres farolas permanecía encendida. A los pies se podían apreciar los cristales rotos y, en ocasiones, hasta las piedras que los habían reventado. Micro escenas del crimen. Las calles, por su parte, se vuelven cada vez más pequeñas, más angostas y precarias, consumiendo la acera hasta convertirla en un solo sendero atravesado por una docena de callejuelas.
—¡Eh!
De pronto, una voz rompe el silencio que los rodea. El tono es particular, reconocible por la forma en que la lengua parece trabarse y encharcar las palabras antes de despedirlas: un borracho. La silueta se asoma desde el callejón a su derecha, seguida de una segunda silueta, después una tercera y así, hasta que, en un parpadeo, Juan y Koda están parados frente a toda una pequeña multitud. El hedor a alcohol que despiden habla de su poca vergüenza. Visten harapos, la mayoría de ellos manchados y/o rotos. En su piel, pese a la poca luz, puedes apreciar la irritación y el enrojecimiento típicos de una larga exposición a la luz del sol.
El primero en aparecer también es quien se para al frente de la banda y encara tanto a Pinza Roja como al anciano.
—Miren nada más. Tenemos a un anciano y a su… mascota —dijo, despectivo, y escupió una masa sanguinolenta al suelo—. Y justo nosotros acabamos de quedarnos sin alcohol. ¿No les interesaría colaborar con unas monedas para la causa?
Y, como incentivo a la caridad, sacó de su bolsillo un punzón precario e improvisado. Lo que alguna vez fuera un trozo de chapa había sido afilado raspando contra una piedra hasta darle forma de punta. El resto se carcajeó mientras algunos sacaban palos de detrás de la espalda y se encaraban a Juan.
—Denos todo lo que tengan en los bolsillos.
Koda se despegó de tu brazo y siguió caminando, para sorpresa y desoriento, incluso, de los borrachos. Muchos se vieron súbitamente lúcidoz al atestiguar la escena.
—Vamos, Juan. Mi casa ya no está lejos... —dijo Koda, avanzando a paso lento pero seguro mientras el borracho lídes se le acercaba con el punzón.
Tú, Juan, sin embargo, tienes la certeza de que no es así. El viejo espera tu respuesta y cuando la recibe, su semblante cambia. Hasta entonces, sin una señal evidente, había estado a la expectativa, pero con tu respuesta confirma la presencia de otra persona en el lugar. Una pequeña tensión en sus hombros se relaja.
—Oh, Juan, muchísimas gracias.
Después de recibir tu indicación, el anciano mueve su mano derecha y tantea el aire hasta dar con tu escamoso brazo. Lejos de asustarse, sus párpados se abren con curiosidad y decide rodear, cómo puede, tu extremidad y usarte de anclaje para darse equilibrio.
—Este es un brazo fuerte, mijo. ¿Eres un Gyojin? —La pregunta es directa y la curiosidad, sincera—. Es la primera vez que me topo con uno en Baquella. Dijiste que eras marine, ¿hace cuánto te asignaron aquí?
Al ritmo del taimado andar del abuelo, su camino se reanuda. Las dos figuras, anciano y marine, se internan en las oscuras calles del camino más corto hacia el hogar. Rodear podía ser la opción más segura para los civiles normales, pero Pinza Roja es un marine, una extensión de la ley, y allí donde camine se convierte automáticamente en el sendero más seguro. Después de todo, ¿quien en su sano juicio intentaría hacer nada contra el enorme Gyojin y su característica pinza?
—Me llamo Koda —dijo el anciano al cabo de unos minutos. Su mirada, nublada, se mantenía al frente, sin enfocar ningún punto en particular—. Lamento no haberme presentado antes, mijo. Es una mala costumbre adquirida con la edad. Asumo que ya todo el mundo en esta isla conoce mi nombre, ¡jojojo!
El camino pierde luz a medida que avanzan. Las farolas, cada vez más vandalizadas, empiezan a mostrar luz dos de cada tres. Después, con suerte, una de cada tres farolas permanecía encendida. A los pies se podían apreciar los cristales rotos y, en ocasiones, hasta las piedras que los habían reventado. Micro escenas del crimen. Las calles, por su parte, se vuelven cada vez más pequeñas, más angostas y precarias, consumiendo la acera hasta convertirla en un solo sendero atravesado por una docena de callejuelas.
—¡Eh!
De pronto, una voz rompe el silencio que los rodea. El tono es particular, reconocible por la forma en que la lengua parece trabarse y encharcar las palabras antes de despedirlas: un borracho. La silueta se asoma desde el callejón a su derecha, seguida de una segunda silueta, después una tercera y así, hasta que, en un parpadeo, Juan y Koda están parados frente a toda una pequeña multitud. El hedor a alcohol que despiden habla de su poca vergüenza. Visten harapos, la mayoría de ellos manchados y/o rotos. En su piel, pese a la poca luz, puedes apreciar la irritación y el enrojecimiento típicos de una larga exposición a la luz del sol.
El primero en aparecer también es quien se para al frente de la banda y encara tanto a Pinza Roja como al anciano.
—Miren nada más. Tenemos a un anciano y a su… mascota —dijo, despectivo, y escupió una masa sanguinolenta al suelo—. Y justo nosotros acabamos de quedarnos sin alcohol. ¿No les interesaría colaborar con unas monedas para la causa?
Y, como incentivo a la caridad, sacó de su bolsillo un punzón precario e improvisado. Lo que alguna vez fuera un trozo de chapa había sido afilado raspando contra una piedra hasta darle forma de punta. El resto se carcajeó mientras algunos sacaban palos de detrás de la espalda y se encaraban a Juan.
—Denos todo lo que tengan en los bolsillos.
Koda se despegó de tu brazo y siguió caminando, para sorpresa y desoriento, incluso, de los borrachos. Muchos se vieron súbitamente lúcidoz al atestiguar la escena.
—Vamos, Juan. Mi casa ya no está lejos... —dijo Koda, avanzando a paso lento pero seguro mientras el borracho lídes se le acercaba con el punzón.
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