El último vestigio de orden en el Casino Pegaso se desintegra completamente cuando Ubbe y Sigurd ejecutan su retirada final, atravesando el salón con la búsqueda de un saqueo oportunista a los perezosos demasiado perdidos en sus propios vicios como para defenderse. El humo de las explosiones previas flota en capas visibles bajo las luces supervivientes de las lámparas, creando atmósfera neblinosa. La barra, que había servido como refugio para los perezosos, ahora se convierte en el cofre del tesoro abierto para los buccaneer. Los apostadores desplomados sobre taburetes permanecen en sus posiciones de rendición total ante la extraña realidad. Sus ojos vidriosos siguen fijos en puntos inexistentes mientras el casino literalmente se desmorona alrededor de ellos. Ubbe se mueve entre ellos, sus manos ejecutando un ballet de robo que podría llevarse a un teatro como la obra magna de algún artista de poca monta. Los bolsillos de los perezosos son vaciados extrayendo billeteras gordas sin despertar a sus dueños, cinturones cargados son aligerados de bolsas que contienen miles de berries. Uno de los borrachos sonríe vagamente cuando los dedos masivos del buccaneer extraen objeto tras objeto de sus bolsillos, su cerebro intoxicado interpretando el saqueo como el toqueteo de una moza más que forma parte del entretenimiento proporcionado por el establecimiento. Nadie levanta la mano para detener el robo. El botín se acumula rápidamente en los múltiples compartimentos del equipo de Ubbe.
Sigurd observa la demostración de robo de su compañero con expresión que evoluciona desde aprobación hacia algo más complejo. Un sentimiento que roza aquel territorio emocional que normalmente mantiene enterrado bajo capas de violencia. Orgullo, quizás. Reconocimiento de que este gigante no es simplemente un aliado por conveniencia sino alguien que se aproxima peligrosamente al concepto de familia. La sonrisa tonta que se dibuja en su rostro es involuntaria. Pero Sigurd no es Ubbe, y donde su compañero busca compensación monetaria, el guerrero tiene apetitos de otra calaña. Sus ojos escanean el salón buscando tipo diferente de premio, y los encuentran arrastrándose patéticamente entre escombros y cuerpos. Kaiba, ahora reducido a una cucaracha asustada está buscando escapar de la violencia que se desata en el casino. Las correas que había sostenido con tanto orgullo han sido abandonadas en algún punto durante el caos, Yugi y Bakura probablemente habiendo aprovechado la distracción de su captor para escapar hacia la libertad para afrontarlo en el futuro. Sigurd se aproxima, su mano descendiendo para agarrar la cabeza de Kaiba como si fuera melón en un mercado. Los gritos de Kaiba son música para los oídos de Sigurd. Protestas indignadas sobre cuánto dinero tiene su familia, amenazas de consecuencias legales e ilegales que vendrán cuando su familia descubra este ultraje. Todo el repertorio estándar de ricos que nunca han experimentado verdadera impotencia y que creen que estatus social es una armadura que los protege de las consecuencias físicas de sus acciones.
Los dos buccaneers avanzan hacia la salida con sus respectivos botines. Ubbe cargado miles de berries y Sigurd arrastrando a aquel humano que grita como un cerdo siendo llevado al matadero, ambos satisfechos a su manera, excepto de Kaiba cuyo futuro es tan incierto como cierto es el odio que cierta semioni de nombre Ravena empieza a sentir por Ubbe al haber sido completamente olvidada e ignorada tras los acontecimientos evocados en el casino. La pasarela que conecta al Casino Pegaso con el muelle del Reino de Sakura permanece intacta a pesar del caos interno. Los guardias que originalmente controlaban acceso han abandonado sus posiciones. Ubbe y Sigurd cruzan la pasarela sin resistencia, sus figuras recortándose contra las luces del puerto. Detrás de ellos, el Casino Pegaso permanece impasible, como si todo lo que sucedió en las últimas horas hubiese pasado en una dimensión paralela.
Sigurd observa la demostración de robo de su compañero con expresión que evoluciona desde aprobación hacia algo más complejo. Un sentimiento que roza aquel territorio emocional que normalmente mantiene enterrado bajo capas de violencia. Orgullo, quizás. Reconocimiento de que este gigante no es simplemente un aliado por conveniencia sino alguien que se aproxima peligrosamente al concepto de familia. La sonrisa tonta que se dibuja en su rostro es involuntaria. Pero Sigurd no es Ubbe, y donde su compañero busca compensación monetaria, el guerrero tiene apetitos de otra calaña. Sus ojos escanean el salón buscando tipo diferente de premio, y los encuentran arrastrándose patéticamente entre escombros y cuerpos. Kaiba, ahora reducido a una cucaracha asustada está buscando escapar de la violencia que se desata en el casino. Las correas que había sostenido con tanto orgullo han sido abandonadas en algún punto durante el caos, Yugi y Bakura probablemente habiendo aprovechado la distracción de su captor para escapar hacia la libertad para afrontarlo en el futuro. Sigurd se aproxima, su mano descendiendo para agarrar la cabeza de Kaiba como si fuera melón en un mercado. Los gritos de Kaiba son música para los oídos de Sigurd. Protestas indignadas sobre cuánto dinero tiene su familia, amenazas de consecuencias legales e ilegales que vendrán cuando su familia descubra este ultraje. Todo el repertorio estándar de ricos que nunca han experimentado verdadera impotencia y que creen que estatus social es una armadura que los protege de las consecuencias físicas de sus acciones.
Los dos buccaneers avanzan hacia la salida con sus respectivos botines. Ubbe cargado miles de berries y Sigurd arrastrando a aquel humano que grita como un cerdo siendo llevado al matadero, ambos satisfechos a su manera, excepto de Kaiba cuyo futuro es tan incierto como cierto es el odio que cierta semioni de nombre Ravena empieza a sentir por Ubbe al haber sido completamente olvidada e ignorada tras los acontecimientos evocados en el casino. La pasarela que conecta al Casino Pegaso con el muelle del Reino de Sakura permanece intacta a pesar del caos interno. Los guardias que originalmente controlaban acceso han abandonado sus posiciones. Ubbe y Sigurd cruzan la pasarela sin resistencia, sus figuras recortándose contra las luces del puerto. Detrás de ellos, el Casino Pegaso permanece impasible, como si todo lo que sucedió en las últimas horas hubiese pasado en una dimensión paralela.
Resumen
Hides
Dinamicas Casino
Belico
Dueño Casino Pegaso
Mapa del Casino Pegaso

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