Narrador / María Merlot / Carlisle Pramklurrt
Verano, año 11.
……………………………………..
El reloj…
Gira a la inversa…
Nos llevará…
A un pasado distante…
Verano, año 11.
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El reloj…
Gira a la inversa…
Nos llevará…
A un pasado distante…
La tormentosa noche solo servía como escenario perfecto para aquel enfrentamiento pirata. Las olas iban y venían, los cañonazos surcaban el cielo y se estrellaban de uno a otro navio. Los gritos y el caos dominaban cada cubierta, las velas y mástiles se agitaban con fulgor, y los hombres y mujeres defendían con voluntad lo que llamaban “casa”. El olor a sangre y humo, la muerte y la crueldad, solo uno saldriá victorioso… y lamentablemente, no era aquel dónde ella estaba.
— ¡ABRAN ESTA JAULA! LOS AYUDARE, BASTARDOS — gritaba un hombre de piel gris y agallas en el cuello, mientras sostenía su diestra en el costado, una herida que le había sacado las vísceras pero con una calma jamás vista por ella se las volvió a meter y hacerse una especie de vendaje con su misma ropa. ¿Cómo tenía fuerzas para siquiera estar de pie?
Habían dos jaulas en ese barco. Una dónde se encontraba el hombre “gris”, que tenía cuatro personas más con él. Otra dónde se encontraba ella, había solo dos personas acompañándola. ¿Por qué estaban en jaulas? Porque eran prisioneros, mercancía que sería vendida como esclavos o entregada a algún cuartel de la marina por una recompensa. El hombre se dejó caer luego de un rato, con su respiración entrecortada, nadie le estaba prestando atención, sólo aquellos orbes ámbar.
La batalla naval continuó, dos tripulaciones piratas enfrentadas entre sí en las cercanías de una isla del South Blue. Cuando todo se calmó, solo quedaba destrucción. Y un barco hundiéndose con pobres almas en desgracias atrapadas sin salida. Los prisioneros en las jaulas gritaban suplicando liberación, si caían al mar atrapados sería el final de su existencia.
— ¡ABRAN ESTA JAULA! LOS AYUDARE, BASTARDOS — gritaba un hombre de piel gris y agallas en el cuello, mientras sostenía su diestra en el costado, una herida que le había sacado las vísceras pero con una calma jamás vista por ella se las volvió a meter y hacerse una especie de vendaje con su misma ropa. ¿Cómo tenía fuerzas para siquiera estar de pie?
Habían dos jaulas en ese barco. Una dónde se encontraba el hombre “gris”, que tenía cuatro personas más con él. Otra dónde se encontraba ella, había solo dos personas acompañándola. ¿Por qué estaban en jaulas? Porque eran prisioneros, mercancía que sería vendida como esclavos o entregada a algún cuartel de la marina por una recompensa. El hombre se dejó caer luego de un rato, con su respiración entrecortada, nadie le estaba prestando atención, sólo aquellos orbes ámbar.
La batalla naval continuó, dos tripulaciones piratas enfrentadas entre sí en las cercanías de una isla del South Blue. Cuando todo se calmó, solo quedaba destrucción. Y un barco hundiéndose con pobres almas en desgracias atrapadas sin salida. Los prisioneros en las jaulas gritaban suplicando liberación, si caían al mar atrapados sería el final de su existencia.
Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiií-íiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiccc
El sonido agudo del metal deslizándose por el piso de madera, fue el sonido blanco que captó la joven, por encima de los gritos, el llanto y la desesperación. En una esquina de la jaula, la más joven de las prisioneras intentaba hacerse bolita, con las manos sujetando sus piernas y su cabeza medio escondida entre estas. También quería gritar, también quería vivir pero estaba muy asustada como para ser partícipe de la histeria colectiva. Hacía menos de un año había despertado en el barco del Capitán Borracho, quien a pesar de todos los maltratos la mantuvo viva pero hacía apenas tres meses había muerto, con su protector fuera de este mundo, ella fue vendida a un mercader y este a su vez fue estafado por un ladronzuelo que pertenecía al barco que ahora se estaba hundiendo, atacado por alguien a quien “intentaron timar”.
Pluuuuum Gluuuuuu
La primera jaula cayó, luego la segunda. Los gritos cesaron cuando el agua los arropo. ¡IBA A MORIR! La chica salió de su letargo, el pánico la invadió también, nunca había estado en el agua, no sabía nadar… y aunque siempre sintió admiración por el mar nunca se atrevió a sumergirse, y ahora iba a morir ahogada. Se sujeto de una de las barandas, imitando a los demás intento romperlas, pero resultó inútil. Cuando volteo a ver a los dos individuos que estaban ahí, tenían las manos en sus bocas, los ojos llenos de terror y resignación a la muerte. Por inercia se llevó las manos a la boca… ¡SE IBA A MORIR!
Cuando tocaron el fondo, en la penumbra de la noche, sus ojos le permitieron ver como escapaban las últimas burbujas de aire de ambos individuos… ¡Pronto ella también moriría!
Cuando tocaron el fondo, en la penumbra de la noche, sus ojos le permitieron ver como escapaban las últimas burbujas de aire de ambos individuos… ¡Pronto ella también moriría!
En cualquier momento…
Dejará de respirar…
Iba a ahogarse…
Quedaría flotando como ellos…
Muerta en el fondo del mar…
Dejará de respirar…
Iba a ahogarse…
Quedaría flotando como ellos…
Muerta en el fondo del mar…
Pero la muerte nunca la alcanzo, luego de varios minutos se dio cuenta que ella… no se estaba ahogando, ella… continuaba viva. ¿Por qué? No lo sabía, tal vez todo era un sueño o el preámbulo de sus pesadillas. Se dejo caer a la esquina de su jaula, dónde estuvo antes, volviendo a la posición que había adoptado desde el inicio. Sus orbes detallaron, lo que la oscuridad le permitió, a sus dos compañero muertos: Una hermosa mujer de largos cabellos negros, y un individuo con orejas de gatos…
— MALDICIÓN — aquel grito lleno de ira la hizo desviar la mirada, más allá de dónde ellos habían caído se encontraba la otra celda. La que tenía al hombre gris, hombre que como ella aun continuaba vivo a pesar de estar bajo el agua.
María solo se hizo más pequeña en su esquina, no quería llamar su atención, no entendía nada y continuaba asustada. Los minutos se convirtieron en horas, y en la superficie se veían la claridad del día. La noche tormentosa había dado paso a una luminosa mañana, que dejaba caer los rayos del sol hasta cierto nivel por debajo del mar, suficiente para que los ojos ámbar de la semi-sirena percibieran mejor su entorno.
— MOCOSA. Vives, quien lo diría, bajo esa inútil apariencia — la voz del hombre gris se internó por sus oídos y reboto contra su cerebro. Él ya se había dado cuenta que ella, por alguna razón, no podía ahogarse — Una mestiza, por eso pareces más humano que cualquier otra cosa — escupió, como si se tratase de una aberración para la raza. Ella no recordaba nada de hace más de un año, menos iba a recordar qué cosa era, porque humana 100% ya sabía que no — ¿No tendrás las llaves que abren estas jaulas, verdad? — pregunto con un deje de esperanza y dolor en su voz, ella no tenía absolutamente nada que pudiera abrir esa prisión ni la suya.
La niña no le respondió, solo se quedo ahí sentada abrazando sus piernas y esperando la muerte, porque en algún momento iba a ahogarse ¿no?
Dos días después, seguía viva… con hambre, pero viva. El hombre gris hablaba cada vez menos, y cuando lo hacía parecía costarle mucho, como si sintiera tanto dolor que mejor era no hablar — No pienso morirme — lo escucho musitar al tiempo que abría sus fauces y mordía uno de los cuerpos que estaban en la jaula con él. Lo vio arrancar un tajo de carne que dejo flotando a su alrededor sangre, roja oscura. Repitió el mordisco varias veces, comiéndose ese cadáver sin nombre — No vamos a morir ahogados, pero de inanición, es muy posible — le dijo clavando sus ojos rojos sobre los suyos ámbar al tiempo que masticaba aquella carne cruda — … no sabe tan mal, es hasta un manjar considerando nuestra situación actual — le indico seguido soltó una carcajada que le genero escalofríos.
Al día cuatro, lo supo… él hombre gris tenía razón, su estomago le estaba exigiendo alimento y lo único que tenía cerca eran los cadáveres. Ella no tenía los dientes afilados pero… pero podría morder y romper, era carne… ella había comido muchas veces carne. Con un suspiro, y la luz de la luna llena reflejada en la superficie se acercó al cadáver de la hermosa mujer de cabello negro (una muñeca blanca y flácida), tomo su brazo y sin remordimiento le clavo los dientes, resultó más fácil de lo que imagino, luego de estar todo ese tiempo debajo del agua la piel estaba desprendiéndose por si sola de los tejidos haciendo que comérsela fuera más… fácil. Tajo a tajo, poco a poco, el hambre fue desaparecido; y bajo la luz de la luna llena, se dio cuenta que no sabía tan mal como imagino al principio. Tontos sus prejuicios.
— Cuando salgamos de aquí, te enseñare a ser un gyojin de verdad y no una patética humana. Tienes potencial, Celestita — le dijo una vez el hombre gris, quien le explico como eran los de su especie, y aunque ella no tenía salvación por ser mestiza él podría intentarlo, solo porque le había caído bien.
Al sexto día, el movimiento del hombre era nulo. A diferencia de ella, él tenía una grave herida que debió llevarlo a la muerte inminente pero solo su fuerza de voluntad lo mantuvo vivo — Si algún día vas a la Grand Line, al Paradise. Hay un sitio llamado Archipiélago Sabaody, busca a Sasha Ostra, y dile por favor, que Carleslie se arrepintió cada día de su vida. ¿Harías eso por mí, Celestita? — fue la ultima vez que escucho al hombre gris, y con él el silencio se apodero del fondo del mar.
Al séptimo día bajo el mar, con un cuerpo a medio comer y sin esperanzas de salir de ahí, vio algo acercándose a su jaula, un pequeño cangrejo que caminaba de ladito de una manera muy graciosa, la chica se entretuvo viéndolo hasta que estuvo lo suficientemente cerca para sacar la mano con rapidez y agarrarlo con fuerza, el animal intento defenderse con sus pinzas pero fue en vano. De un movimiento se lo llevo a la boca, lo mastico con la fuerza que sus dientes planos le permitieron, se trago lo tragable y escupió el caparazón. Un sabor diferente al del cuerpo que estuvo comiéndose y que ya parecía putrefacto, también se había zampado peces despistados y un pulpo que se la quiso dar se listo. Ahora ella sabía pertenecía a una especie llamada “gyojiones/sirenas” ¿Eso significaba que estaba siendo caníbal? Tal vez pero a esa altura que le podía importar.
¿Cuánto tiempo más iba a vivir así? No lo sabía, pero el hombre gris tuvo razón: mientras este alimentada no moriría.
Mientras tanto, en la isla cercana: Reino de Samba, luego de casi diez días del enfrentamiento pirata, es que apenas se empezaron a escuchar los rumores sobre un posible naufragio en aquella noche tormentosa. A la orilla del lado menos habitado, restos de un barco fueron arrastrados por las olas siendo evidencia de que algo había sucedido más allá de la bahía.
— MALDICIÓN — aquel grito lleno de ira la hizo desviar la mirada, más allá de dónde ellos habían caído se encontraba la otra celda. La que tenía al hombre gris, hombre que como ella aun continuaba vivo a pesar de estar bajo el agua.
María solo se hizo más pequeña en su esquina, no quería llamar su atención, no entendía nada y continuaba asustada. Los minutos se convirtieron en horas, y en la superficie se veían la claridad del día. La noche tormentosa había dado paso a una luminosa mañana, que dejaba caer los rayos del sol hasta cierto nivel por debajo del mar, suficiente para que los ojos ámbar de la semi-sirena percibieran mejor su entorno.
— MOCOSA. Vives, quien lo diría, bajo esa inútil apariencia — la voz del hombre gris se internó por sus oídos y reboto contra su cerebro. Él ya se había dado cuenta que ella, por alguna razón, no podía ahogarse — Una mestiza, por eso pareces más humano que cualquier otra cosa — escupió, como si se tratase de una aberración para la raza. Ella no recordaba nada de hace más de un año, menos iba a recordar qué cosa era, porque humana 100% ya sabía que no — ¿No tendrás las llaves que abren estas jaulas, verdad? — pregunto con un deje de esperanza y dolor en su voz, ella no tenía absolutamente nada que pudiera abrir esa prisión ni la suya.
La niña no le respondió, solo se quedo ahí sentada abrazando sus piernas y esperando la muerte, porque en algún momento iba a ahogarse ¿no?
Dos días después, seguía viva… con hambre, pero viva. El hombre gris hablaba cada vez menos, y cuando lo hacía parecía costarle mucho, como si sintiera tanto dolor que mejor era no hablar — No pienso morirme — lo escucho musitar al tiempo que abría sus fauces y mordía uno de los cuerpos que estaban en la jaula con él. Lo vio arrancar un tajo de carne que dejo flotando a su alrededor sangre, roja oscura. Repitió el mordisco varias veces, comiéndose ese cadáver sin nombre — No vamos a morir ahogados, pero de inanición, es muy posible — le dijo clavando sus ojos rojos sobre los suyos ámbar al tiempo que masticaba aquella carne cruda — … no sabe tan mal, es hasta un manjar considerando nuestra situación actual — le indico seguido soltó una carcajada que le genero escalofríos.
Al día cuatro, lo supo… él hombre gris tenía razón, su estomago le estaba exigiendo alimento y lo único que tenía cerca eran los cadáveres. Ella no tenía los dientes afilados pero… pero podría morder y romper, era carne… ella había comido muchas veces carne. Con un suspiro, y la luz de la luna llena reflejada en la superficie se acercó al cadáver de la hermosa mujer de cabello negro (una muñeca blanca y flácida), tomo su brazo y sin remordimiento le clavo los dientes, resultó más fácil de lo que imagino, luego de estar todo ese tiempo debajo del agua la piel estaba desprendiéndose por si sola de los tejidos haciendo que comérsela fuera más… fácil. Tajo a tajo, poco a poco, el hambre fue desaparecido; y bajo la luz de la luna llena, se dio cuenta que no sabía tan mal como imagino al principio. Tontos sus prejuicios.
— Cuando salgamos de aquí, te enseñare a ser un gyojin de verdad y no una patética humana. Tienes potencial, Celestita — le dijo una vez el hombre gris, quien le explico como eran los de su especie, y aunque ella no tenía salvación por ser mestiza él podría intentarlo, solo porque le había caído bien.
Al sexto día, el movimiento del hombre era nulo. A diferencia de ella, él tenía una grave herida que debió llevarlo a la muerte inminente pero solo su fuerza de voluntad lo mantuvo vivo — Si algún día vas a la Grand Line, al Paradise. Hay un sitio llamado Archipiélago Sabaody, busca a Sasha Ostra, y dile por favor, que Carleslie se arrepintió cada día de su vida. ¿Harías eso por mí, Celestita? — fue la ultima vez que escucho al hombre gris, y con él el silencio se apodero del fondo del mar.
Al séptimo día bajo el mar, con un cuerpo a medio comer y sin esperanzas de salir de ahí, vio algo acercándose a su jaula, un pequeño cangrejo que caminaba de ladito de una manera muy graciosa, la chica se entretuvo viéndolo hasta que estuvo lo suficientemente cerca para sacar la mano con rapidez y agarrarlo con fuerza, el animal intento defenderse con sus pinzas pero fue en vano. De un movimiento se lo llevo a la boca, lo mastico con la fuerza que sus dientes planos le permitieron, se trago lo tragable y escupió el caparazón. Un sabor diferente al del cuerpo que estuvo comiéndose y que ya parecía putrefacto, también se había zampado peces despistados y un pulpo que se la quiso dar se listo. Ahora ella sabía pertenecía a una especie llamada “gyojiones/sirenas” ¿Eso significaba que estaba siendo caníbal? Tal vez pero a esa altura que le podía importar.
¿Cuánto tiempo más iba a vivir así? No lo sabía, pero el hombre gris tuvo razón: mientras este alimentada no moriría.
Mientras tanto, en la isla cercana: Reino de Samba, luego de casi diez días del enfrentamiento pirata, es que apenas se empezaron a escuchar los rumores sobre un posible naufragio en aquella noche tormentosa. A la orilla del lado menos habitado, restos de un barco fueron arrastrados por las olas siendo evidencia de que algo había sucedido más allá de la bahía.
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Karma Fanático: Hyakinthos.
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