26-12-2025, 01:08 AM
(Última modificación: 26-12-2025, 02:19 AM por Akira Raito.)
El insulto del calvo de Diosdado no le sorprendió lo más mínimo, Akira sabía que, en efecto, tanto él como su amigo eran idiotas, pero eso no significaba que fueran débiles. Tras esto, el rubio sonrió confiado y reaccionó casi a la par que su enemigo, quién se lanzó de nuevo hacia Juan para propinarle un nuevo puñetazo en la cara. Esto lo aprovechó Akira, que con todas sus fuerzas le lanzó tres golpes rápidos con los puños bien apretados a las costillas, partiéndole o haciéndole fisuras, seguramente, en alguna de ellas.
Sin duda se comió la ráfaga de tres golpes de lleno, lo que no se esperaba Akira era su próximo movimiento. De un veloz salto de unos 9 metros de longitud, se volvió a colocar en la puerta del bar—. ¡Oye, ¿pero de qué vas?! ¡Vuelve aquí! ¡¿Quién te crees que eres?! —respondió devolviéndole el grito al villano D.C., nombre que correspondía a una buena marca cómics, seguramente que Juan la conocía de tantos cómics que leía el cangrejo.
Se intentó acercar corriendo a la entrada del bar cuando le volvió a escuchar gritar desde fuera, llamando a refuerzos que pronto llegarían al lugar donde se encontraban—. ¡Y encima llama a más mugrientos de esos! ¡Será cobarde el mierdas este! —su compañero crustáceo afirmó con su frase. Ahora volvían a estar en problemas.
—Menos mal que traidores nunca… ¡Si el traidor es él! —miró a su compañero que le había llamado con la poca energía que le quedaba—. Si, no te preocupes, que menudos dos madrazos te has llevado amigo —le vio dirigirse a la barra del bar y sentarse a tomar un refresco de algo amarillo que parecía limón y esperó a que llegaran aquellos maleantes—. ¡Venga cobardes, de uno en uno y con la cara descubierta! —y sin saber ni cómo y haciéndole caso al rubio, se iban acercando a la puerta de uno en uno y con paso firme. Akira por su parte, iba repartiendo puñetazos y patadas con una sonrisa a todo aquel que se intentaba acercar a la puerta del bar. Estaba de oferta.
Pero había tantos que se terminó haciendo una montaña de cuerpos que desbordaban el canto roto de la puerta, y que se metían dentro del bar como si fueran la espuma de una ola llegando a la orilla. Los diez que quedaban saltaron por las ventanas rotas situándose en su espalda, pero allí estaba Juan con su pinza para cubrirle y acabar con ellos con un fuerte placaje.
—Bueno, creo que ya hemos terminado. Estos seguramente estarían esperándonos en el camino central —dijo mientras se sacudía las manos y se limpiaba la sangre de los guantes en el pantalón, como buen cerdo que podía llegar a ser a veces. ¿Podría haber sido mejor coger un trapo de la barra del bar? Sí. ¿Tenía ganas de hacerlo? No.
Se acercó a la barra y se cogió también un refresco de limón, y después se aproximó a la vera de su compañero, que estaba tumbado en el suelo, sin apenas fuerzas para hacer ningún otro tipo de esfuerzo bélico. Se sentó en el suelo a su lado, se abrió el refresco y le dio un sorbo—. Se nos ha escapado, Diosdado Caballo se nos ha escapado —giró la vista y vio la escampada de gente que había allí tirada por los suelos—. Fíjate en todo esto… Somos geniales Juan, mira cuantos delincuentes hemos neutralizado —le puso la palma de la mano en el hombro. Sin duda su amigo estaba agotado, pero con un poco de descanso y tal vez con ayuda de Akira, podrían regresar de nuevo al cuartel e informar de lo sucedido. Quizás su compañero era bastante grande como para cargarlo, nunca lo había intentado llevar en brazos o a la espalda, pero si lo subía a una mesa podría arrastrarlo.
Dentro de lo malo, tal vez no habían atrapado a D.C., pero sí que habían acabado con muchos de sus secuaces. Y eso era un punto muy a favor para dos soldados rasos que apenas estaban empezando a trabajar juntos.
Sin duda se comió la ráfaga de tres golpes de lleno, lo que no se esperaba Akira era su próximo movimiento. De un veloz salto de unos 9 metros de longitud, se volvió a colocar en la puerta del bar—. ¡Oye, ¿pero de qué vas?! ¡Vuelve aquí! ¡¿Quién te crees que eres?! —respondió devolviéndole el grito al villano D.C., nombre que correspondía a una buena marca cómics, seguramente que Juan la conocía de tantos cómics que leía el cangrejo.
Se intentó acercar corriendo a la entrada del bar cuando le volvió a escuchar gritar desde fuera, llamando a refuerzos que pronto llegarían al lugar donde se encontraban—. ¡Y encima llama a más mugrientos de esos! ¡Será cobarde el mierdas este! —su compañero crustáceo afirmó con su frase. Ahora volvían a estar en problemas.
—Menos mal que traidores nunca… ¡Si el traidor es él! —miró a su compañero que le había llamado con la poca energía que le quedaba—. Si, no te preocupes, que menudos dos madrazos te has llevado amigo —le vio dirigirse a la barra del bar y sentarse a tomar un refresco de algo amarillo que parecía limón y esperó a que llegaran aquellos maleantes—. ¡Venga cobardes, de uno en uno y con la cara descubierta! —y sin saber ni cómo y haciéndole caso al rubio, se iban acercando a la puerta de uno en uno y con paso firme. Akira por su parte, iba repartiendo puñetazos y patadas con una sonrisa a todo aquel que se intentaba acercar a la puerta del bar. Estaba de oferta.
Pero había tantos que se terminó haciendo una montaña de cuerpos que desbordaban el canto roto de la puerta, y que se metían dentro del bar como si fueran la espuma de una ola llegando a la orilla. Los diez que quedaban saltaron por las ventanas rotas situándose en su espalda, pero allí estaba Juan con su pinza para cubrirle y acabar con ellos con un fuerte placaje.
—Bueno, creo que ya hemos terminado. Estos seguramente estarían esperándonos en el camino central —dijo mientras se sacudía las manos y se limpiaba la sangre de los guantes en el pantalón, como buen cerdo que podía llegar a ser a veces. ¿Podría haber sido mejor coger un trapo de la barra del bar? Sí. ¿Tenía ganas de hacerlo? No.
Se acercó a la barra y se cogió también un refresco de limón, y después se aproximó a la vera de su compañero, que estaba tumbado en el suelo, sin apenas fuerzas para hacer ningún otro tipo de esfuerzo bélico. Se sentó en el suelo a su lado, se abrió el refresco y le dio un sorbo—. Se nos ha escapado, Diosdado Caballo se nos ha escapado —giró la vista y vio la escampada de gente que había allí tirada por los suelos—. Fíjate en todo esto… Somos geniales Juan, mira cuantos delincuentes hemos neutralizado —le puso la palma de la mano en el hombro. Sin duda su amigo estaba agotado, pero con un poco de descanso y tal vez con ayuda de Akira, podrían regresar de nuevo al cuartel e informar de lo sucedido. Quizás su compañero era bastante grande como para cargarlo, nunca lo había intentado llevar en brazos o a la espalda, pero si lo subía a una mesa podría arrastrarlo.
Dentro de lo malo, tal vez no habían atrapado a D.C., pero sí que habían acabado con muchos de sus secuaces. Y eso era un punto muy a favor para dos soldados rasos que apenas estaban empezando a trabajar juntos.
Resumen
Karmas
Bélico

