26-12-2025, 08:06 AM
Simplemente me deje llevar por la música, mis movimientos eran un vaivén lento y a veces eran erráticos, dentro iba cautelosamente pensando en una cuestión que podría desafiar a que la situación se convirtiera en algo más peligroso. Este es un lugar pretencioso y lo necesitaba usar para mis malditos caprichos. Mi cabello se movía con cada giro desordenado que daba y observé desde mi transe al rededor, por la escasa iluminación, no podía notar los rostros, solo diferenciaba a los presentes de los camareros y mozos por su forma de vestir, sin embargo eso era perfecto para mostrar mi confianza con más descaro y realizar lo que he estado planeando desde que entré.
Entre tanto baileson, la garganta se me secó y la sed volvió, pero esta vez no quería esperar a que el idiota me regalara un trago desde la barra, por lo llame a una camarera que se abría paso en el salón, cargando con elegancia una bandeja de plata donde reposan varios vasos de cristal y una botella de cuello largo, llena del licor blanco que se parecía al que había tomado recientemente. Eso estaba perfecto.
Sin dejar de mover las caderas, esperé que ella se acercara a mi y cuando ella se detuvo, creyendo que yo era una borracha más buscando otra dosis. me tambaleé hasta que tomé la botella en vez de los vasos y sin decir una palabra, solo con un movimiento en donde alzaba mi brazo hacia arriba con la botella, la estrellé contra el borde de una de las piedras que estaban de decoración y la parte inferior voló en mil pedazos, dejando en mi mano un arma afilada.
Quedé encantada con el estallido del cristal y antes de que la camarera pudiera salir corriendo si ella quisiera por el susto o lo que fuera que le causara ver a una loca como yo con algo peligroso en la mano, me acerqué y la rodeé con mi brazo, presionando su cuerpo contra mis pechos, hundía el filo de la botella rota cerca de su carita hermosa presiona, lo suficiente para que entendiera la situación.
La música seguía escuchándose, por lo que no sé si todos los que estaban allí se percataron de lo yo que estaba haciendo, de hecho uno de los que estaban sentados, un señor que parece ce de unos 40 años, con un cuerpo gigante, de los que estaban sentados en la mesa, se atrevió a preguntar.
Entre tanto baileson, la garganta se me secó y la sed volvió, pero esta vez no quería esperar a que el idiota me regalara un trago desde la barra, por lo llame a una camarera que se abría paso en el salón, cargando con elegancia una bandeja de plata donde reposan varios vasos de cristal y una botella de cuello largo, llena del licor blanco que se parecía al que había tomado recientemente. Eso estaba perfecto.
Sin dejar de mover las caderas, esperé que ella se acercara a mi y cuando ella se detuvo, creyendo que yo era una borracha más buscando otra dosis. me tambaleé hasta que tomé la botella en vez de los vasos y sin decir una palabra, solo con un movimiento en donde alzaba mi brazo hacia arriba con la botella, la estrellé contra el borde de una de las piedras que estaban de decoración y la parte inferior voló en mil pedazos, dejando en mi mano un arma afilada.
Quedé encantada con el estallido del cristal y antes de que la camarera pudiera salir corriendo si ella quisiera por el susto o lo que fuera que le causara ver a una loca como yo con algo peligroso en la mano, me acerqué y la rodeé con mi brazo, presionando su cuerpo contra mis pechos, hundía el filo de la botella rota cerca de su carita hermosa presiona, lo suficiente para que entendiera la situación.
—Escuchen bien maricas de mierda, y ojalá me escuchen bien, porque si me piden repetir algo les voy a romper las caritas hermosas que cada uno de ustedes tienen… seré directa, vacíen sus bolsillos y denme todo lo que tengan, tírenlo al suelo o déjenlo sobre sus mesas, hagan lo que quieran. Miau jisjisjis—
Alcé la voz y reí como desgraciada, dirigiéndome especialmente a los que estaban sentados en las mesas, quienes estaban más cerca.
La música seguía escuchándose, por lo que no sé si todos los que estaban allí se percataron de lo yo que estaba haciendo, de hecho uno de los que estaban sentados, un señor que parece ce de unos 40 años, con un cuerpo gigante, de los que estaban sentados en la mesa, se atrevió a preguntar.
—Hija de puta, ¿por qué te haríamos caso?—
Se paró de su asiento con la cara enrojecida, los puños apretados y en cuanto se paro frente a mí para golpearme, quizás, lo miré con una ceja levantada y como pude lo empujé con mi pierna para que se sentara de vuelta. Por su culpa solté a la camarera y le enterré un tenedor en la mano del señor.—Dije… que vaciaran sus bolsillos y dejaran sus cosas sobre la mesa o en el suelo. Jisjisjis—
Volví a reír como desquiciada.
