26-12-2025, 03:56 PM
(Última modificación: 26-12-2025, 03:58 PM por Akira Raito.)
Día 4 de Primavera, Año 16
El gran aclamado y respetado marine en prácticas, el flipado de Akira Raito, llevaba ya un par de estaciones en el Reino de Samba, pero una noticia bastante dulce le había llegado a los oídos por parte de varios de sus compañeros y muchos otros civiles de la ciudad. Tal vez era un rumor, tal vez no, pero la única manera que tenía que averiguarlo era comprobarlo por sí mismo.
Ese rumor era: “La Gran Caña Madre”, o como Akira prefería llamarla, la “mamá cañera”. Se trataba de una caña de azúcar de un tronco que tenía más del doble del grosor de cualquier otra caña, y que, a pesar de mantener la misma altura que el resto, que medían unos tres metros de alto, en su interior contenía el azúcar más dulce que jamás ha probado el reino. Una caña que solo crecía durante la primera semana de primavera y que, según los isleños, a quien al encontraba le traía buenas relaciones, tanto familiares como de amistad, dado su nivel de dulzura. Aunque, por su parte, Akira lo que quería era hincarle el diente.
El clima tropical de la isla hacía que a pesar de que fuera primavera, el color llegara a ser sofocante a mitad del día. El zumbido de las cigarras era lo único que competía con la respiración del rubio y el crujido de las hojas que iba apartando a su paso por los cañizales. Hoy era su día libre, así que el joven soldado vestía con una camiseta blanca de tirantes y unos pantalones cortos de color café y cubría su pelo con un pañuelo también de color blanco. Tal vez, visto de lejos, gracias a ese pañuelo que llevaba en la cabeza se podía confundir con un paisano que trabajaba las cañas, pero las chanclas y la mochila, del mismo color que sus pantalones, dejaban claro que simplemente era alguien que pasaba por allí.
En la mochila llevaba un plano de la isla para saber orientarse con propiedad, un chusco pan, un blíster con lomo, un cuchillo y una botella de agua. Sin duda, era alguien que perfectamente podría estar haciendo una ruta por la zona para descubrir lugares nuevos, salvo que ese cuchillo, no solo iba a servirle para cortar el pan y armarse un bocadillo, sino también para cortar a la mamá cañera y pegarle un bocado para comprobar lo dulce del azúcar.
Otro de los mitos sobre esta caña de azúcar era que también conseguía curar el mal humor al instante, así que tal vez podría echársela en la comida a alguno de sus superiores que tantas broncas le echaban por desaparecer sin avisar o por gastarles bromas a sus compañeros de escuadrón.
Akira avanzaba con paso decidido entre las cañas, había caminos ya hechos, pero sí quería encontrar lo que andaba buscando debía de meterse entre los cañizales apartando los troncos. Se detuvo un momento, secándose el sudor de la frente con el brazo. No estaba echando de menos el uniforme de la Marina para nada, si estaba pasando ese calor, no quería ni imaginarse con él puesto. Miró de nuevo el mapa y volvió a levantar la vista, según sus cálculos, el corazón de la plantación debía estar a unos pocos metros.
—Venga, que ya casi estamos, solo un poco más… ¡Qué calor! —suspiró mirando al cielo y pegándole un trago al agua que llevaba en la botella.
Dio un paso más, apartado una pared de tallos verdes del doble de su altura, esperando encontrar un claro entre tanto tronco con la gran caña esperándole en el centro del paisaje despejado. ¿No sería muy simple encontrarla así? Estaría llamando a cualquiera para que fuera a por ella. Poco le importaba ahora mismo, era alguien tan confiado que ni se podía imaginar si iba a ser víctima de alguna trampa de animales o cualquier cosa por el estilo. Pronto su frente se despejó de tanta caña de azúcar y en efecto, ahí estaba la gran caña madre, esperando a que Akira se acercara para cortar un trozo y llevárselo a la ciudad, si de verdad era tan dulce, su próximo movimiento sería hacer de ella una buena cachaça.
Ese rumor era: “La Gran Caña Madre”, o como Akira prefería llamarla, la “mamá cañera”. Se trataba de una caña de azúcar de un tronco que tenía más del doble del grosor de cualquier otra caña, y que, a pesar de mantener la misma altura que el resto, que medían unos tres metros de alto, en su interior contenía el azúcar más dulce que jamás ha probado el reino. Una caña que solo crecía durante la primera semana de primavera y que, según los isleños, a quien al encontraba le traía buenas relaciones, tanto familiares como de amistad, dado su nivel de dulzura. Aunque, por su parte, Akira lo que quería era hincarle el diente.
El clima tropical de la isla hacía que a pesar de que fuera primavera, el color llegara a ser sofocante a mitad del día. El zumbido de las cigarras era lo único que competía con la respiración del rubio y el crujido de las hojas que iba apartando a su paso por los cañizales. Hoy era su día libre, así que el joven soldado vestía con una camiseta blanca de tirantes y unos pantalones cortos de color café y cubría su pelo con un pañuelo también de color blanco. Tal vez, visto de lejos, gracias a ese pañuelo que llevaba en la cabeza se podía confundir con un paisano que trabajaba las cañas, pero las chanclas y la mochila, del mismo color que sus pantalones, dejaban claro que simplemente era alguien que pasaba por allí.
En la mochila llevaba un plano de la isla para saber orientarse con propiedad, un chusco pan, un blíster con lomo, un cuchillo y una botella de agua. Sin duda, era alguien que perfectamente podría estar haciendo una ruta por la zona para descubrir lugares nuevos, salvo que ese cuchillo, no solo iba a servirle para cortar el pan y armarse un bocadillo, sino también para cortar a la mamá cañera y pegarle un bocado para comprobar lo dulce del azúcar.
Otro de los mitos sobre esta caña de azúcar era que también conseguía curar el mal humor al instante, así que tal vez podría echársela en la comida a alguno de sus superiores que tantas broncas le echaban por desaparecer sin avisar o por gastarles bromas a sus compañeros de escuadrón.
Akira avanzaba con paso decidido entre las cañas, había caminos ya hechos, pero sí quería encontrar lo que andaba buscando debía de meterse entre los cañizales apartando los troncos. Se detuvo un momento, secándose el sudor de la frente con el brazo. No estaba echando de menos el uniforme de la Marina para nada, si estaba pasando ese calor, no quería ni imaginarse con él puesto. Miró de nuevo el mapa y volvió a levantar la vista, según sus cálculos, el corazón de la plantación debía estar a unos pocos metros.
—Venga, que ya casi estamos, solo un poco más… ¡Qué calor! —suspiró mirando al cielo y pegándole un trago al agua que llevaba en la botella.
Dio un paso más, apartado una pared de tallos verdes del doble de su altura, esperando encontrar un claro entre tanto tronco con la gran caña esperándole en el centro del paisaje despejado. ¿No sería muy simple encontrarla así? Estaría llamando a cualquiera para que fuera a por ella. Poco le importaba ahora mismo, era alguien tan confiado que ni se podía imaginar si iba a ser víctima de alguna trampa de animales o cualquier cosa por el estilo. Pronto su frente se despejó de tanta caña de azúcar y en efecto, ahí estaba la gran caña madre, esperando a que Akira se acercara para cortar un trozo y llevárselo a la ciudad, si de verdad era tan dulce, su próximo movimiento sería hacer de ella una buena cachaça.

