26-12-2025, 09:50 PM
—¡Cangrejo come mie…!
El grotesco alarido es súbitamente cortado por el impacto de una pinza roja sobre la cabeza del borracho. Inmisericorde, Juan ataca al grupo respondiendo a sus provocaciones y poniéndose como escudo, muro y barrera que mantendría a los maleantes en un plano distinto al viejo, quien, ajeno a todo lo que sucede a su alrededor, sigue caminando.
Koda parece tener una sola velocidad, por decirlo así. Su andar es sereno, constante y campante. Primero adelanta el bastón, hace apoyo y luego mueve las piernas, dando dos pasos antes de volver a mover su bastón. La pierna izquierda se mueve más lento, más frágil, y pisa con cuidado.
—Oh, que cosas, está calle nunca la han arreglado —dijo Koda al golpear con su bastón lo que creyó que se trataba de un bache en el suelo. En realidad, era uno de los borrachos inconscientes que había caído delante suyo. Koda lo rodeó cuidadosamente—. Está llena de baches y lomadas, aunque creo que esa era nueva. No recuerdo haberme topado antes con ese bache.
El viejo se rascó la barbilla, hizo una mueca confusa y acabó por encogerse de hombros. Siguió caminando, y los próximos cuerpos inertes que fueron cayendo cerca suyo los esquivó con suma facilidad. A medida que los hombres caen desmayados, atontados e incluso paralizados, el anciano Koda los esquiva, no sin antes darles un pequeño toque con su bastón. Es peculiar la manera en que su sendero se adapta a los nuevos obstáculos que aparecen en él. Lo hace tan rápido que nunca llega a detenerse por completo y en todo momento sus pies, o su bastón, se están moviendo. Es así que Juan nunca debe aligerar su paso, pues el viejo le mantiene el ritmo durante la pelea.
—¿Oh! Bueno, como todos los ancianos por aquí. Baquella es un pueblo pequeño, todos nos conocemos entre todos… —Con un dejo de nostalgia, Koda suspira—. Fui carpintero en mis años mozos. ¿Ves este bastón? Yo mismo lo hice cuando empecé a quedarme ciego.
Dejando atrás una marabunta de cuerpos que apestan a alcohol, el dúo de anciano y marine salen poco a poco de la urbanización y, cuando Juan quiso mirar, ya se encontraban atravesando un pequeño sendero que salía de la ciudad. Koda avanzaba con confianza, se había soltado de tu brazo nada más sentir la tierra en sus sandalias. Conocía el camino.
—No falta mucho —anunció—. Espero que Miti no se haya preocupado.
Al cerrar su frase, un sonido particular se abre camino en la noche. Un ronroneo grave, seguido de un leve bufido y el crujido de ramas pequeñas cediendo a la presión de una fuerza mayor.
De entre los arbustos que flanquean el sendero, una figura emerge y te mira, Juan. Cuadrúpeda, cubierta de un pelaje corto y grueso que corona una gran melena oscura. Los ojos rasgados de pronto se fijan en ti y se achican, afilando su pupila hasta convertirla en una línea delgada. Las patas delanteras se estiran hacia adelante y las traseras se extienden. Arquea la espalda, y puedes ver detrás suya una cola que se mueve de lado a lado de forma insistente.
Parece preparado para saltar. Y, en efecto, lo hace, pero no contra ti. Tus afilados sentidos e instinto de pelea, junto a la tensión remanente del último enfrentamiento, te permite discernir el instante preciso en que el león se lanza con las patas por delante en dirección al viejo Koda. Sus pesadas huellas se dirigen al anciano a toda velocidad.
El grotesco alarido es súbitamente cortado por el impacto de una pinza roja sobre la cabeza del borracho. Inmisericorde, Juan ataca al grupo respondiendo a sus provocaciones y poniéndose como escudo, muro y barrera que mantendría a los maleantes en un plano distinto al viejo, quien, ajeno a todo lo que sucede a su alrededor, sigue caminando.
Koda parece tener una sola velocidad, por decirlo así. Su andar es sereno, constante y campante. Primero adelanta el bastón, hace apoyo y luego mueve las piernas, dando dos pasos antes de volver a mover su bastón. La pierna izquierda se mueve más lento, más frágil, y pisa con cuidado.
—Oh, que cosas, está calle nunca la han arreglado —dijo Koda al golpear con su bastón lo que creyó que se trataba de un bache en el suelo. En realidad, era uno de los borrachos inconscientes que había caído delante suyo. Koda lo rodeó cuidadosamente—. Está llena de baches y lomadas, aunque creo que esa era nueva. No recuerdo haberme topado antes con ese bache.
El viejo se rascó la barbilla, hizo una mueca confusa y acabó por encogerse de hombros. Siguió caminando, y los próximos cuerpos inertes que fueron cayendo cerca suyo los esquivó con suma facilidad. A medida que los hombres caen desmayados, atontados e incluso paralizados, el anciano Koda los esquiva, no sin antes darles un pequeño toque con su bastón. Es peculiar la manera en que su sendero se adapta a los nuevos obstáculos que aparecen en él. Lo hace tan rápido que nunca llega a detenerse por completo y en todo momento sus pies, o su bastón, se están moviendo. Es así que Juan nunca debe aligerar su paso, pues el viejo le mantiene el ritmo durante la pelea.
—¿Oh! Bueno, como todos los ancianos por aquí. Baquella es un pueblo pequeño, todos nos conocemos entre todos… —Con un dejo de nostalgia, Koda suspira—. Fui carpintero en mis años mozos. ¿Ves este bastón? Yo mismo lo hice cuando empecé a quedarme ciego.
Dejando atrás una marabunta de cuerpos que apestan a alcohol, el dúo de anciano y marine salen poco a poco de la urbanización y, cuando Juan quiso mirar, ya se encontraban atravesando un pequeño sendero que salía de la ciudad. Koda avanzaba con confianza, se había soltado de tu brazo nada más sentir la tierra en sus sandalias. Conocía el camino.
—No falta mucho —anunció—. Espero que Miti no se haya preocupado.
Al cerrar su frase, un sonido particular se abre camino en la noche. Un ronroneo grave, seguido de un leve bufido y el crujido de ramas pequeñas cediendo a la presión de una fuerza mayor.
De entre los arbustos que flanquean el sendero, una figura emerge y te mira, Juan. Cuadrúpeda, cubierta de un pelaje corto y grueso que corona una gran melena oscura. Los ojos rasgados de pronto se fijan en ti y se achican, afilando su pupila hasta convertirla en una línea delgada. Las patas delanteras se estiran hacia adelante y las traseras se extienden. Arquea la espalda, y puedes ver detrás suya una cola que se mueve de lado a lado de forma insistente.
Parece preparado para saltar. Y, en efecto, lo hace, pero no contra ti. Tus afilados sentidos e instinto de pelea, junto a la tensión remanente del último enfrentamiento, te permite discernir el instante preciso en que el león se lanza con las patas por delante en dirección al viejo Koda. Sus pesadas huellas se dirigen al anciano a toda velocidad.
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