27-12-2025, 12:29 AM
En mi cabeza de idiota, soy muy lo quiero aquí y ahora, porque quiero todo rápido y que sigan mis órdenes, solo porque así me da la gana, y también porque el concepto de “justicia” lo he entendido tan mal que, para mi, “justicia” es lo que veo en la botella rota que sostengo en mis manos y la uso para amenazar a cualquier idiota que creo que se merece el susto. Esa botella de vidrio es mi herramienta para equilibrar el caos y las maldades que hacen algunas de estas patéticas personas presentes en el Jungle Rumble, si alguien necesita sacarle la cresta a alguien, este es el mejor lugar. Está lleno de seres que, según mi juicio desordenado, no merecen ser tratados con la delicadeza que me enseñaron en la iglesia, sino que son perfectos para satisfacer mis patéticas necesidades de desahogo.
Había soltado a propósito a la camarera que usaba de escudo, esa pobre niña que tenía una boca deliciosa, olía a flores baratas y a miedo, para poder golpear a aquel tipo gigante con aliento asqueroso que se levanto de su mesa creyéndose el héroe de alguna historia, ¿pero de qué mierda quiere ser héroe este señor? Que risa me da, si no tuve que hacer ningun esfuerzo para ponerlo de vuelta en su asiento, lo empujé con el pie y puff, al parecer le rompí algunas costillas. Mierda, sonó como si hubiese pisado una ramita o una hoja seca, ¿es que debo tener cuidado de no quitarles la vida? Para que no joda más le enterré en su mano el tenedor metálico contra la mesa y reí.
Así fue como el grupo a quien estaba asaltando, comprendieron al fin mis palabras, pero sus caras no reflejaban miedo, solo estaban tan borrachos que eran las personas más dóciles que cualquiera se podría encontrar, y comenzaron a colocar sus pertenencias, algunas cosas brillantes y basura, que según ellos tenían algo especial, pero a mi que me importa, yo quería todo sobre sus mesas. Me dediqué entonces a recolectar el botín de los perdedores, moviéndome con un balanceo de caderas, volviendo a bailar divertida al ritmo de la música de fondo, era un baile de victoria y tarareaba con una sonrisa dibujada en mi rostro. Pasé por las mesas como una recolectora de la iglesia.
Al terminar mi cosecha, solté un beso al aire, y me fui de la sección de perdedores con el saco improvisado en mi bikini superior. Mis pasos me llevaron directamente a la zona vip, deteniéndome frente a una mesa que estaba justo al lado de un hombre con un “palo” (katana) y una mujer negra, diferente a los lugareños. Desde mi mesa, separé un poco mi bikini de la piel para vaciar y dejar caer sobre la madera todo lo que había recolectado, y como si hubiese hecho un buen trabajo, me senté como una reina y coloqué las piernas sobre la mesa, clavando mi mirada con sonrisa al hombre y a la mujer, analizando si iban a ser un problema o no.
Había soltado a propósito a la camarera que usaba de escudo, esa pobre niña que tenía una boca deliciosa, olía a flores baratas y a miedo, para poder golpear a aquel tipo gigante con aliento asqueroso que se levanto de su mesa creyéndose el héroe de alguna historia, ¿pero de qué mierda quiere ser héroe este señor? Que risa me da, si no tuve que hacer ningun esfuerzo para ponerlo de vuelta en su asiento, lo empujé con el pie y puff, al parecer le rompí algunas costillas. Mierda, sonó como si hubiese pisado una ramita o una hoja seca, ¿es que debo tener cuidado de no quitarles la vida? Para que no joda más le enterré en su mano el tenedor metálico contra la mesa y reí.
Así fue como el grupo a quien estaba asaltando, comprendieron al fin mis palabras, pero sus caras no reflejaban miedo, solo estaban tan borrachos que eran las personas más dóciles que cualquiera se podría encontrar, y comenzaron a colocar sus pertenencias, algunas cosas brillantes y basura, que según ellos tenían algo especial, pero a mi que me importa, yo quería todo sobre sus mesas. Me dediqué entonces a recolectar el botín de los perdedores, moviéndome con un balanceo de caderas, volviendo a bailar divertida al ritmo de la música de fondo, era un baile de victoria y tarareaba con una sonrisa dibujada en mi rostro. Pasé por las mesas como una recolectora de la iglesia.
Al terminar mi cosecha, solté un beso al aire, y me fui de la sección de perdedores con el saco improvisado en mi bikini superior. Mis pasos me llevaron directamente a la zona vip, deteniéndome frente a una mesa que estaba justo al lado de un hombre con un “palo” (katana) y una mujer negra, diferente a los lugareños. Desde mi mesa, separé un poco mi bikini de la piel para vaciar y dejar caer sobre la madera todo lo que había recolectado, y como si hubiese hecho un buen trabajo, me senté como una reina y coloqué las piernas sobre la mesa, clavando mi mirada con sonrisa al hombre y a la mujer, analizando si iban a ser un problema o no.
