28-12-2025, 09:07 AM
El animal se abalanza sobre el anciano. Una masa de músculo de más de 150kg moviéndose a toda velocidad contra un hombre que no debía de superar los 70kg. El resultado estaba cantado y la tragedia, predestinada, pero en medio de ese sendero decidiste interponerte tú, Juan, y saltar a la acción. Tus afilados reflejos fueron suficiente para ver venir al león y colocar tu cuerpo, transformado en la forma híbrida de tu fruta, como un muro de más de ochocientos kilos que protegía al anciano.
Koda, mientras tanto, ni se mosquea. Se detuvo al percibir el sonido de pasos haciendo crujir la maleza y su mirada, desenfocada, se dirigió al orígen del ruido. También sintió la vibración en el suelo y eso lo puso en alerta. Después de todo, un gyojin de tu tamaño moviéndose a esa velocidad hacía temblar el suelo como un pequeño sismo.
—¿Sucede algo, mijo?
Los instintos te asaltan. Hilas, en un instante de máxima adrenalina, la información que tienes, lo que acabas de escuchar, y de tu boca sale un nombre. Preparado para recibir el impacto de la bestia y lidiar con sus consecuencias, te permites un segundo de duda, un brevísimo instante para probar una teoría.
El león, al escucharte, se detiene. Sus cuatro patas tocan el suelo y su mirada, afilada como una daga, se distiende. Las pupilas engordan a medida que una resolución llega a su cabeza, y la bestia, tan enorme e imponente, maulla.
«Miau»
—¿Miti? —exclama Koda.
El león se echa al suelo, panza arriba, y sus enormes patas, tan peligrosas como podían ser, empiezan a moverse en el aire, como tratando de atrapar un ovillo de lana invisible. Koda lo escucha, sonríe y se acerca, rodeando tu imponente figura. Con su bastón logra tocar al animal y, tras darle dos toquecitos más en la tripa, el abuelo se deja caer de rodillas y empieza a acariciar al enorme felino en la barriga.
—¡Miti! ¿Qué haces aquí? Deberías estar cuidando la casa —dice el anciano mientras sus manos se mueven, ágiles y expertas, por el pelaje de la bestia. El león se deja hacer. Esa imagen de bestia imponente queda sepultada en sus ronroneos.
Koda se levanta después de unos segundos, da un golpe en el suelo con su bastón y el animal se cuadra, sentado en sus cuartos traseros y con la cabeza en alto.
—Lamento si mi amigo te asustó, Juan. Parece un peligro, pero es sólo un bribón cariñoso. Tiene más mañas que pelaje, ¡jojojo! —Con la mano derecha palmeó la cabeza del animal, que cerró los ojos y bufó por lo bajo—. Mi casa no debe estar lejos si este mal aprendido está aquí. ¿Te parece que te invite un poco de té? Y te hablaré un poco más de mi oficio. Estoy curioso también de qué tipo de materiales trabajas siendo manitas.
El hogar del anciano se podía apreciar cerca del horizonte. Y, como te indicó, viendo más allá podías encontrar la montaña. El volcán. Estaban lejos, a una distancia segura, pero resultaba curiosa la forma en que la pequeña cabaña parecía alinearse con la silueta del desastre dormido. Realmente, la casa del viejo Koda no tenía pérdida.
Koda, mientras tanto, ni se mosquea. Se detuvo al percibir el sonido de pasos haciendo crujir la maleza y su mirada, desenfocada, se dirigió al orígen del ruido. También sintió la vibración en el suelo y eso lo puso en alerta. Después de todo, un gyojin de tu tamaño moviéndose a esa velocidad hacía temblar el suelo como un pequeño sismo.
—¿Sucede algo, mijo?
Los instintos te asaltan. Hilas, en un instante de máxima adrenalina, la información que tienes, lo que acabas de escuchar, y de tu boca sale un nombre. Preparado para recibir el impacto de la bestia y lidiar con sus consecuencias, te permites un segundo de duda, un brevísimo instante para probar una teoría.
El león, al escucharte, se detiene. Sus cuatro patas tocan el suelo y su mirada, afilada como una daga, se distiende. Las pupilas engordan a medida que una resolución llega a su cabeza, y la bestia, tan enorme e imponente, maulla.
«Miau»
—¿Miti? —exclama Koda.
El león se echa al suelo, panza arriba, y sus enormes patas, tan peligrosas como podían ser, empiezan a moverse en el aire, como tratando de atrapar un ovillo de lana invisible. Koda lo escucha, sonríe y se acerca, rodeando tu imponente figura. Con su bastón logra tocar al animal y, tras darle dos toquecitos más en la tripa, el abuelo se deja caer de rodillas y empieza a acariciar al enorme felino en la barriga.
—¡Miti! ¿Qué haces aquí? Deberías estar cuidando la casa —dice el anciano mientras sus manos se mueven, ágiles y expertas, por el pelaje de la bestia. El león se deja hacer. Esa imagen de bestia imponente queda sepultada en sus ronroneos.
Koda se levanta después de unos segundos, da un golpe en el suelo con su bastón y el animal se cuadra, sentado en sus cuartos traseros y con la cabeza en alto.
—Lamento si mi amigo te asustó, Juan. Parece un peligro, pero es sólo un bribón cariñoso. Tiene más mañas que pelaje, ¡jojojo! —Con la mano derecha palmeó la cabeza del animal, que cerró los ojos y bufó por lo bajo—. Mi casa no debe estar lejos si este mal aprendido está aquí. ¿Te parece que te invite un poco de té? Y te hablaré un poco más de mi oficio. Estoy curioso también de qué tipo de materiales trabajas siendo manitas.
El hogar del anciano se podía apreciar cerca del horizonte. Y, como te indicó, viendo más allá podías encontrar la montaña. El volcán. Estaban lejos, a una distancia segura, pero resultaba curiosa la forma en que la pequeña cabaña parecía alinearse con la silueta del desastre dormido. Realmente, la casa del viejo Koda no tenía pérdida.
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