29-12-2025, 02:39 PM
Qué sentido conserva la palabra justicia cuando se invoca únicamente a favor del criminal, en nombre de una omisión nacida del miedo a la muerte. Qué sentido tiene cuando solo se ejerce cuando resulta posible ejecutarla y no cuando es necesaria. Qué valor guarda cuando siempre arriba tarde. Qué dignidad puede reclamar si quienes la custodian parecen olvidar que no habitan un cuento moral, sino un mundo erosionado por la AUSENCIA de educación...
Se repite con frecuencia que los héroes son aquellos que previenen únicamente mediante la palabra, que encauzan sus actos a través de golpes que jamás desembocan en fatalidad; sin embargo, pocas afirmaciones resultan tan perniciosas. Los malos seguirán siendo malos incluso si, de manera circunstancial, alguna de sus acciones parece buena; del mismo modo, los buenos continúan siéndolo aun cuando se equivoquen o recurran a una fuerza mayor para sofocar ideas nocivas. La realidad es más áspera de lo que el ideal permite admitir, pues no siempre es posible alcanzar el consenso de permitir que alguien continúe con vida cuando el bienestar de la víctima y su salud mental pesan infinitamente más que la preservación de un cáncer social que corrompe a la humanidad. Aquí no hay sadismo ni deseo de ascenso mediante el ejercicio de la violencia; lo que existe es un medio orientado a un fin tan sencillo como rehabilitar el mundo y volver intolerables actos como aquellos.
Zalik no es el héroe de páginas premeditadas por un autor que delimita al villano y confía en que la palabra baste para mermar sus actos. Zalik es el héroe que una víctima anhela cuando su vida pende de un hilo tan frágil como la autoestima de un maltratador. Así se percibe él mismo; aquello que habría deseado contemplar antes de la masacre de su familia. Aquello que habría querido ver normalizado como respuesta ante una injusticia sin excusa posible. Sin embargo, ya no es Zalik; es una máscara que cualquiera podría portar, de colores neutros (blanco, negro y gris), adherida a una vestimenta voluminosa que simula una silueta "activa" cuando los testimonios descansan. No desea ser el rostro de la justicia; aspira a demostrar que todos pueden encarnarla y que, ante actos macabros, ante la presencia de un cáncer, es necesario destruirlo incluso cuando se lo califique de benigno, por la molestia que acarrea. Otros, como él, pueden "vestir" dichosa máscara; ella es su herramienta. Y como cualquier cazador o militar, precisa de un ropaje específico para ejecutar sus actos.
El frío lo acompaña; el desplazamiento se vuelve automatizado, avanza hacia donde debe ir y poco le importa que sus acciones no sean celebradas como hazaña. Busca eficacia. Romper un ciclo. La vida es cruda y el mundo, todavía más; por ello, el mensaje ha de ser severo. O acotas la ley o mueres; fin. Ahí reside su prevención, en el miedo a delinquir. Cuando llega, cuando atraviesa el umbral de la puerta, el escenario responde a lo esperable en un mundo saturado de mierda. Su gesto siquiera se agria; Zalik, tras la máscara o sin ella, mantiene siempre dicho semblante medianamente imperturbable que solo permite ciertas expresiones de forma muy esporádica. Ahora, oculto tras su identidad, sigue siendo el mismo; no hay gesto alguno, ojos despojados de brillo y una daga oculta bajo la manga, dispuesto a MATAR. Se encuentra a unos dos metros de la entrada cuando sus ojos perfilan la escena; vaya, los marines parecen compartir una calaña similar, aun cuando su indumentaria les otorgue una apariencia de pulcritud.
No obstante, y lejos de lo que cualquiera supondría, su arrebato no se dirige hacia ellos. Sí, son omisores por tolerancia, pero no ejercen directamente el delito, aunque su deber sea detenerlo; tampoco logrará abrir un diálogo, pues si antes de su presencia nada les importaba, menos aún lo harán bajo presión. Resulta preferible la humillación de no haber actuado; demostrar que la hazaña fue cometida por alguien bajo una máscara cualquiera y no por quienes representan la imagen de la protección gubernamental. Es, además, una cuestión de lógica; a esos marines les importa poco la víctima y, por extensión, también los piratas. En caso de intervenir contra ellos, mantendrían una actuación neutral; Zalik estaría ejerciendo una presión que reforzaría esa neutralidad o incluso su favor, dado que un marine, por alianza, ha de oponerse al pirata y nunca al civil. Sea neutral o favorable la respuesta, el peor escenario consistiría en enfrentarse únicamente a los victimarios, no a ambos bandos. Así pues, no planea aplacar a la marina, sino extraer a la víctima del escenario con ánimo de protegerla, aun cuando la muerte sea el medio. Comprendido esto desde su perspectiva, desde su lectura de la sociedad y de los múltiples escenarios que pueblan su mente, avanza un par de metros hasta situarse en un punto relativamente neutro, la barra, colocándose al lado de los maleantes y dando la espalda a la víctima, aunque su oído permanezca intensamente atento a cualquier palabra o movimiento sonoro que pudiera delatarla.
Llegar y matar no es un acto intelectual; primero es preciso disuadir atenciones, tensiones, obtener información y lograr que, aunque la víctima aguarde, la situación no resulte letal ni escale. Cuanta más atención recaiga sobre él, menos se desviará hacia quien sufre el abuso y, en ese instante, en ese descuido provocado por convertirse en objeto de miradas aun sin revelar sus intenciones, atacar cuando la circunstancia se invierta, actuando desde atrás.
Se aproxima y se planta ante la barra, propinando leves golpecitos con una voz cálidamente suave, más femenina que masculina. Su ropa es voluminosa; la silueta sugiere una identidad de género difícil de precisar y juega con ello, con la ambigüedad de no saber quién es en realidad. Antes de hablar, desplaza el chicle de menta hacia la mejilla derecha para facilitar la vocalización y se rasca la muñeca izquierda, aquella donde no se oculta la daga. El aroma a incienso de canela está presente, sí, pero en un lugar de mala muerte, donde proliferan olores más intensos, queda opacado por el moho y otras sustancias que se amalgaman en el ambiente.
⸻Hola, guapo⸻mira tras la máscara a la persona que limpia algo que jamás volverá a estar limpio. Qué casualidad, eh. Puta escoria.
⸻Te veo un poco tenso, feich, y más con esa carita que tienes; apostaría todo mi dinero a que de normal no eres tan serio⸻su voz se inclina hacia la de una mujer extremadamente joven, aunque sea alta; eleva el tono coqueto para que quienes se hallan a su espalda puedan escuchar.
⸻¿No será por los de detrás mío, verdad? Hay un cliente mío muy común de ahí; son una monada⸻para fingir el canturreo, sonríe.
⸻¡Oh!⸻se gira, como si reconociera a alguno de los presentes; no al matón principal, sino al de la cara más parguela. Lo señala con la mano enguantada e inclina la cabeza hacia un lado.
⸻¡Ese, ese es! Hola, mi amor; ¡oh! ¿Interrumpo algo? ¿A quién tenéis sujeto?⸻se dirige primero al de la izquierda de la víctima y luego al conjunto, buscando atraer la atención; conceder un respiro a quien, con toda probabilidad, desearía que la tierra la tragase.
DATOS DE INTERÉS.
